La conquista de la voluntad


Todos, en la vida, tenemos que pelear muchas batallas. Dependiendo de la etapa en la que nos encontremos, debemos afrontar diferentes tipos de retos, saltar obstáculos y alcanzar metas difíciles. Pero hay una batalla en particular, que además de subestimada solemos tener fuera del radar. 

Es la batalla que se pelea todos los días por dejar de ser la persona que somos y empezar a convertirnos en la que queremos ser. La conquista de la voluntad es una lucha ardua pero necesaria para alcanzar la felicidad y avanzar por el camino de la autorrealización personal. El enemigo por vencer, somos nosotros mismos.

En el cuento de The Great Divorce del escritor C.S. Lewis existe un personaje; un hombre joven, bello y exitoso, al que un día se le sube al hombro una lagartija roja. Esa persona, en lugar de quitársela se deja seducir por lo que la lagartija le platica, y poco a poco, ésta lo va seduciendo hasta que la lagartija se vuelve el centro de su vida y el hombre, al tiempo que adquiere un aspecto despreciable, pierde sus talentos. La lagartija no ejerce ningún tipo de presión física. Bastaría un palmazo para deshacerse de ella, pero aquel hombre no quiere dejarla porque escucharla le place. Hasta que un día otra persona lo convence de quitarse la lagartija, el hombre se da cuenta del costo al que está pagando mantener ese vicio en su vida. Y pronto, recupera sus talentos, su vigor, su vitalidad y la energía que tenía antes de caer en la trampa del animalejo rojo.

Así es la batalla por conquistar la voluntad. Todos tenemos nuestras lagartijas, y ganar es en apariencia una cuestión muy sencilla: quitarse la lagartija del hombro. Si te cuesta levantarte a la primera lo único que tienes que hacer es levantarte. Si particularmente batallas en ser eficiente en el trabajo y mantenerte haciendo cosas productivas en el día, lo único que hay que hacer es ocuparse en avanzar con los pendientes. Si batallas en moderarte con la comida o la bebida, lo único que hay que hacer es moderarse. El problema está en verdaderamente cumplirlo. La erradicación de nuestros vicios, por más que me impidan convertirme en la persona que en verdad quiero ser, es un gran reto. Pues tenerlos, si bien no es parte de nuestro ideario, sí es parte de nuestras comodidades y gustos. Igual que la lagartija, escucharlos nos place.

El mundo vende la idea de plenitud como una acumulación de experiencia excéntricas. Existe una especie de sincretismo (mezcla entre dos culturas) entre la cultura del placer y la cultura del deber. En qué punto se logra un sano balance es una cuestión de moralidad que no puede proponerse a través de una única receta, y sin duda determinar esa justa medida corresponde al fuero interno de cada uno. Lo cierto es que la verdadera plenitud se encuentra en el esfuerzo diario, en la lucha por hacer realidad un proyecto de vida tangible, pelear por él con constancia y autoexigencia, y en alcanzar el autodominio. La felicidad lograda así, no es necesariamente producto de vivir momentos agradables –como podría ser, por ejemplo, la semana de lujos para la que ahorra todo el año el personaje de Al Pacino en la película de Scent of a Woman– si no de la satisfacción con la propia vida.

En los primeros capítulos del libro de Los Miserables, Victor Hugo escribe de un personaje que es un hombre rico y avaro, que nunca practicaba la caridad. Un día va al pueblo donde este hombre vive un joven sacerdote que habla de forma muy elocuente acerca de la belleza del paraíso y lo terrible que es el infierno. Entre los asistentes a la misa, se encontraba el avaro. Después de escuchar al padre, este hombre rico cambia su comportamiento y ahora, cada vez que se acerca a la catedral, da un centavo de limosna a cada una de las personas que piden dinero afuera del templo. Cuando el obispo del pueblo lo ve, le dice a su hermana: “Ese hombre que da un centavo, está comprando un centavo de paraíso”.

Ese es el problema. Normalmente estamos dispuestos a hacer poco. Le damos centavos a la persona que somos para que con eso alcance sus metas y se convierta en la persona que queremos ser. El secreto está en vencernos a nosotros mismos. En no dejar que nuestros apetitos y sentimientos rijan nuestro actuar. Hay que anteponer la voluntad en la toma de decisiones cotidianas. La recomendación es empezar por lo más sencillo, que en apariencia no tiene ninguna relevancia. Pero poco a poco se alcanzan a ver los frutos de dominar nuestro carácter y vivir una vida ordenada, desafiante y de compromisos sanos que trascienden. La paradoja del Siglo XXI es tener al alcance una mayor amalgama de herramientas para trascender y pretender los frutos de las metas difíciles sin compromiso; el éxito personal sin sinsabores ni fracasos; grandes logros sin autoexigencia, y querer dar testimonio sin tener carácter de hierro: sin ser gente de una sola pieza.

En trabajar la voluntad está la clave para llegar a la meta. Como dice el escritor español Enrique Rojas: una persona con voluntad llega en la vida más lejos que una persona inteligente. Porque la persona inteligente, que no pone la voluntad de por medio, avanza por el camino de forma desordenada, zigzagueante, hasta salirse de los objetivos trazados. En cambio, la persona con voluntad, que, a través de la constancia, el orden, el sacrificio, la disciplina y la autoexigencia, avanza hacia sus objetivos, llega a la meta; aunque haya sido de una forma poco brillante.

roberto.mtz05@gmail.com

Twitter: @Roberto_MtzH



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