La eterna tentación: inflar, inflar, inflar


Parece mentira que esta babosada ancestral siga atrayendo adeptos desesperados. Ahora, en Sudáfrica, el patito feo de los BRICS. Su nuevo ministro de finanzas, el honorable Nhlanhla Nene, recurre hoy a esta trampa inmemorial quesque para “ayudar a los pobres” de su país. ¿Generando capacitación y empleos que les permitan obtener ingresos legítimos mediante la producción de bienes y servicios reales para el uso o consumo de sus congéneres? No, para qué andarse con rodeos: ¡dándoles dinero directo!

Bueno, no exactamente dinero verdadero (oro y plata) sino currency, divisas fíat, billetes y monedas (papelitos y rondanas, vales o pagarés) sin valor intrínseco alguno, o bits electrónicos, dígitos etéreos en una pantalla de computadora. O sea, no riqueza real sino meros símbolos de riqueza.

Hay que arrodillarse ante este señor que demuestra que su corazón es cien veces más grande que su cerebro: devaluará su moneda hasta mandarla al cesto de basura. Eso siempre despierta el aplauso de las masas y los políticos populistos.

El genial Nhlanhla ha declarado: “Los sudafricanos continúan siendo pobres a pesar de que nosotros (el gobierno) podemos imprimir dinero y repartirlo para garantizar que todos lo tengan. Nuestra gente sigue siendo pobre porque hay una escasez de dinero en la sociedad. No es la escasez de trabajos lo que hace pobre a nuestra población; es la escasez de dinero. Tenemos papel y tinta, de modo que imprimiremos más billetes y los distribuiremos entre los pobres. ¡Los haremos billonarios!

Billonarios

¿Por qué tan modesto, Nhlanhla? ¡Hazlos trillonarios y hasta cuatrillonarios, como tus vecinos zimbabuenses! No importa que sus billetes por $100,000,000,000,000 cada uno (dato real: https://bit.ly/2G6EWlf) apenas le alcancen para comprar una pieza de pan. Lo importante es la sensación de potentado que te embarga al aventarle al panadero un puñado de billetes de 100 billones cada uno. Bueno, al menos eso es lo que dicta la teoría keynesiana: la llaman, muy serios ellos, “incrementos a la demanda agregada”.

Ah, qué don Nhlanhla, ¿no estás enterado de que durante milenios enemil genios antes que tú han probado la misma receta y todos, absolutamente todos ellos, han fracasado? Si la riqueza instantánea fuera posible de manera tan sencilla como echar a andar la maquinita de imprimir billetes, como pareces creer tú (o, más probable, si no eres taaaaaan idiota, parece que quieres que crean tus jefes y tus compatriotas), ya todos seríamos riquísimos desde hace mucho.

Pero no son sólo sus vecinos zimbabueanos quienes sucumbieron a tan simplona falacia. Los dizque civilizados franceses se tragaron ese sapo en 1790 (assignats) y sus vecinos los alemanes en 1923 (y también la Fed gringa desde 2008 con sus “estímulos QE”, pero como ese gigantesco castillo de naipes todavía no truena en hiperinflación, nadie la menciona todavía). Todos ellos corean la misma consigna: “¡Lo que hace falta es más dinero!” Y sí, eso es verdad en cierto sentido (cuestión ampliamente debatible). El problema es que el dinero fíat… no es dinero.

Weimar

La diferencia, dicen, es que los revolucionarios franceses de 1790 creyeron de veras en esa fantasía voluntarista, mientras que los derrotados alemanes de 1923 no la creían un carajo, pero se vieron obligados a aplicarla porque el inicuo Tratado de Versalles (denunciado por el inglés Keynes mismo en su “Consecuencias Económicas de la Paz”, de 1919) les exprimió hasta su último centavo real mediante las brutales “reparaciones de guerra” exigidas a Alemania por varios jerarcas aliados, especialmente el primer ministro francés Georges Clemenceau (1841-1929, médico, periodista y político socialista que vivió en EUA de 1865 a 1869), al que por algo le decían “El Tigre” (un siglo antes que a Emilio Azcárraga Milmo).

¿Pero qué problema hay? Los alemanes echaron a andar la maquinita de imprimir billetes, y en un par de años ¡listo! El problema había quedado resuelto: todos los pendientes monetarios (principalmente los domésticos) se cubrían cabalmente. Cierto que los chavos alemanes deambulaban famélicos y desempleados, los bebés se morían de hambre, los viejos no podían comprar las medicinas más elementales y las muchachas se veían forzadas a prostituirse para sobrevivir, pero esas eran minucias. Lo importante era que las cifras macroeconómicas cuadraban a la perfección.

Me imagino que don Nhlanhla habría declarado que su política era un éxito completo y el Banco Central de Suecia consideraría su candidatura para otorgarle el espurio “Premio Nobel de Economía” de ese año (claro que perdería ante otros candidatos patrocinados por Wall Street, más rentables financiera e ideológicamente). Y la indeseada avalancha de refugiados económicos zimbabuenses, que ya comenzó, será detenida en seco porque las cosas en Sudáfrica se pondrán igual de malas que en Zimbabwe. Nadie podrá acusar a don Nhlanhla de poco patriotismo. Eso es tener visión demográfica a mediano lazo.

Zimbabwe

Hoy la situación en ese pobre país es tan lamentable (peor que en Venezuela, imagínate) que el precio de las criptomonedas (específicamente el Bitcoin) es casi del doble que la ya de por sí elevadísima tasa vigente en el mercado internacional. ¿Por qué? Porque la rejega hiperinflación ha dejado al país esencialmente sin moneda propia, forzando al gobierno a adoptar el dólar gringo o el rand sudafricano (tranquilos, que ahí viene don Nhlanhla a exterminar el rand y así equilibrar los momios).

Pregunta incómoda: ¿Esa inesperada burbuja entusiasmará o alarmará aún más a nuestro compatriota Agustín Carstens en su refugio de Zúrich en la cabina del control del Bank of International Settlements? Después de todo, don Agus ya mostró su pavor al respecto: https://bit.ly/2ugv4E4.

Esto sugiere otra pregunta: ¿son de veras tan estúpidos los que implantan estas medidas, o lo hacen perversamente a fin de exterminar las economías nacionales, imponer mayores controles, empobrecer a la población y así mantenerse hasta arriba de la cadena alimenticia global? Es una simple pregunta conspiranoica.

En fin, no importa tanto si los feligreses tipo Nhlanhla son imbéciles o malvados. Probablemente son las dos cosas al mismo tiempo o en secuencia alternada. Al parecer a la humanidad se le ofrecen hoy, gracias a la tecnología y al descrédito académico y popular de las habituales fantasías keynesianas de “dineros” fíat, algunas alternativas monetarias aparte del eterno retorno a los metales preciosos como dinero real.

gfarber1948@gmail.com

www.farberismos.com.mx



Volver arriba