"La Eucaristía puede quitar todas las enfermedades"


El pan Eucarístico que Jesús nos da está prefigurado en el pan que un mensajero de Dios ofrece a Elías, "con la fuerza del cual caminó cuarenta días y cuarenta noches hasta el monte de Dios, el Horeb". El pan del que Jesús habla en el Evangelio es el pan bajado del cielo, es el pan de vida, de una vida que dura para siempre, es su carne por la vida del mundo. Esa carne ofrecida como oblación y víctima de suave aroma, que da fuerza a los cristianos "para vivir en el amor con que Jesús amó", como escribe San Pablo. El gran beneficio de acercarte a la Eucaristía es, como dice San Juan Crisóstomo, remedio que "puede quitar todas las enfermedades". Cuatro aspectos para nuestra reflexión:

1. El Pan que hace fuertes. Elías se encuentra en una situación algo desesperada. Jezabel le ha amenazado de muerte. Para evitar lo peor se echa a la fuga. Al llegar a Berseba de Judá no sabe qué hacer, está sin orientación. Angustiado se desea la muerte. En ese momento Dios interviene mandándole por medio de un ángel pan del cielo. El pan que Dios le da le saca primeramente de su angustia y de su descarrío, y luego le da fuerzas extraordinarias para marchar hasta el monte Horeb, hasta las fuentes mismas del yahvismo, donde Dios se reveló a Moisés como Yahvéh, donde Dios hizo alianza con su pueblo y donde Dios entregó a Moisés las dos Tablas de la Ley. Ese pan del cielo que fortificó a Elías es prefiguración del pan bajado del cielo, que es el mismo Jesús. Es tal la fuerza de ese pan divino que puede cambiar radicalmente al hombre, haciéndole "amable, compasivo, capaz de perdonar y de amar como Jesús". Ese pan de vida infunde tal vigor en el alma que vence "toda amargura, ira, cólera, maledicencia y cualquier clase de maldad". Ese pan del cielo ha sostenido y dado fuerza a millones de millones de seres humanos en el transcurso de los siglos. La Eucaristía no sólo es el centro de todos los sacramentos y de la misma vida cristiana, sino también la mayor fuerza del cristianismo.

2. El Pan de vida. A Elías el pan que el ángel le ofrece le hace olvidarse de su hastío de la vida y le infunde nuevas ganas de vivir para ser propagador y defensor de la fe en Yahvéh. Jesús es el pan vivo, bajado del cielo; es decir, el pan que da la vida nueva, cuyo poder insospechado obró maravillas en los primeros cristianos que se reunían semanalmente para la fracción del pan. Fortalecidos con ese alimento celestial difundieron la Buena Nueva de Jesucristo en todos los ángulos del imperio romano, se esforzaron por vivir una vida moral que llamaba la atención de los paganos, estuvieron dispuestos a sufrir persecuciones e incluso el martirio. Cuando en el corazón del hombre habita Jesús, haciéndole partícipe de su propia vida divina mediante el pan de la Eucaristía, entonces "ya no soy yo quien vivo -usando palabras de san Pablo-, es Cristo quien vive en mí". Por otra parte, el pan que da la vida de Jesús al creyente, es también el pan que hace vivir. Hace vivir al hombre desanimado, infundiéndole razones para vivir; hace vivir al hombre desorientado, abriéndole horizontes de futuro y esperanza; hace vivir al hombre descarriado enderezando sus pasos por el camino del amor para ser como Jesús un pedazo de pan para sus hermanos los hombres; hace vivir al hombre desesperado de la vida mostrándole que es bello entregarse a Dios y a los demás, con Jesús, como oblación y víctima de suave aroma. Ese pan divino nos da la vida, nos hace vivir y además nos enseña el arte de vivir. Arte que consiste en ser grano de trigo que muere, se pudre, revive, se convierte en espiga, es triturado para llegar a ser harina, es amasado y puesto al fuego para convertirse en pan dorado para saciar el hambre de Dios que tienen tantos hombres. San Agustín expresa de manera muy hermosa lo que significa participar de la Eucaristía: "La Eucaristía es un banquete en el que comemos con Cristo, comemos a Cristo, y somos comidos por Cristo". Remedio a nuestros males.

3. Los frutos de la Eucaristía. En primer lugar, la Eucaristía acrecienta nuestra unión con Jesús. Recibiendo la comunión, recibimos al mismo Jesús y estrechamos nuestros lazos de amor y de unión con Él. En segundo lugar, la Eucaristía nos separa del pecado, a nosotros que tan fácilmente nos vemos inclinados al mismo. Jesús Eucaristía borra nuestros pecados veniales, haciéndonos capaces de romper los lazos desordenados con las criaturas. Jesús Eucaristía nos preserva de futuros pecados mortales, porque nos hace experimentar la dulzura de su amistad. Jesús Eucaristía nos hace Iglesia, es decir, nos da conciencia de estar unidos en la fe de la Iglesia y de ser todos hermanos porque todos nos alimentamos con un mismo Pan. Jesús Eucaristía nos pide un compromiso en favor de los pobres, para demostrar con la vida nuestra fraternidad y para hacer visible entre los hombres que el amor a Jesús no sólo no nos exime, sino que nos obliga a amar a los más necesitados. Jesús Eucaristía es, finalmente, prenda de la gloria futura o, como dice san Ignacio de Antioquía: "remedio de inmortalidad". Remedio a nuestras oscuridades.

4. La Eucaristía no da frutos de modo automático. Aunque su eficacia provenga no del hombre, sino del sacramento. Como todo don divino fructifica sólo en la tierra de la fe y del amor. Si somos pobres de fe y de amor, pidamos al Señor que acreciente en nosotros las virtudes teologales. Si tenemos dudas sobre los frutos de la Eucaristía, estemos seguros de que nuestra fe y nuestro amor no son todavía lo suficientemente grandes para hacer florecer y fructificar en nosotros el cuerpo y la sangre de Cristo. La Eucaristía tiene en sí toda la fuerza de Dios, somos nosotros con nuestra pequeñez, con nuestro orgullo, con nuestra poca fe los que impedimos a la fuerza de Dios que se manifieste en nuestras vidas. Digamos a Jesús con toda el alma: "Señor Jesús, creo en la Eucaristía, aumenta mi fe", "Señor Jesús, amo la Eucaristía, aumenta mi amor". Pidamos al Señor una fe y un amor fuerte, para que en nuestra vida se haga verdad la eficacia de la Eucaristía y así ser testimonio vivo de esa eficacia en nuestro ambiente de familia y de trabajo. La Eucaristía será remedio a nuestras tristezas e impulso de ilusión.


Volver arriba