La Final: un reto para la ciudad


A la natural efervescencia que dispara el Clásico Regio se le agregará esta semana un condimento histórico y especial: una Final entre Rayados y Tigres, la definición soñada desde que ambos equipos representan el orgullo regio en el futbol mexicano. Nunca antes había ocurrido una situación similar.

Por lo tanto, dicho acontecimiento es algo impar y maravilloso para la ciudad. Monterrey será sede nada menos que de la definición por el título de Liga, un evento que por sí solo garantiza un colapso de emociones en la plaza futbolera más apasionada del país.

Es por ello que como ciudad estamos –le guste o no el futbol–, ante la oportunidad de poder demostrar que los regios, tan buenos que somos para muchas cosas, también lo somos para organizar espectáculos deportivos de gran envergadura. 

No nos olvidemos que aquí el futbol tiene un exagerado efecto social y cuyo humor de muchísima gente depende de cómo le vaya a sus colores. No serán dos partidos cualquiera y sin temor a equivocarnos, las consecuencias de estos Clásicos, por su particularidad, son impredecibles.

La locura por semejante contexto –en el buen sentido de la palabra– ya está instalada en el ambiente. La otra locura que suele llegar hasta la violencia, esperemos que ni siquiera sea una ocasional noticia. Es una fiesta deportiva, no una guerra. Son dos clubes rivales que se necesitan por competencia, negocio y folclore, pero no son enemigos.

Cuando mucha gente sepa entender que se trata solamente de un partido de futbol, seguramente habrá menos situaciones violentas en nuestros estadios provocadas por la ira, la frustración y el alcohol.

Los aficionados regiomontanos, en su gran mayoría, son nobles. Ven al futbol como un entretenimiento, como un producto de distracción y lo disfrutan por encima del triunfo o la derrota. Se autodefinen como la mejor afición de México y hacen hasta lo imposible para defender esa bandera, como pagar excesivos precios por abonos anuales, boletos para una Liguilla y TV restringida.

Es el orgullo del regiomontano el que le ha dado identidad a este Clásico. Sin el apoyo moral y económico, pero sobre todo, sin esa fidelidad masiva de sus aficionados, a Rayados y Tigres les faltaría una pata importante para trascender desde provincia en el mapa nacional. 

Habrá que ver qué tan preparados estamos como ciudad para esta fiesta que, por cierto, lleva casi medio siglo de espera y no existen precedentes en una instancia decisiva que nos ayuden a dimensionar la ebullición. 

Está en juego una estrella, pero también la carrilla. El morbo, la moda y la pasión generan una movida excepcional.

Se dispararán las ventas, el consumo trepará a límites insospechados y el factor económico se contará por millones de pesos. Juegan Rayados y Tigres, pero nos dicen desde las cámaras empresariales que, de alguna manera, ganamos todos.

Pero algo fundamental será el tema de la seguridad, un renglón donde en ambos estadios se presentaron algunos asteriscos en los últimos Clásicos. Conatos de violencia entre simpatizantes en cercanías de los inmuebles han sido la nota negativa. El último episodio lamentable se dio dentro de la modernísima casa de Rayados.

En fin, será otra prueba de fuego para directivos y autoridades, quienes tendrán la responsabilidad de cumplir con la organización y así enmendar los errores del pasado. 

Ojalá que la fiesta sea en paz. Los clubes ya avisaron que están comprometidos a que así sea. Los aficionados deben demostrar que el Clásico es regio y defenderlo desde la civilidad.


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