La jugada que sigue


Es muy simplista decir que la angustia es el exceso de futuro en nuestra mente, lo cierto es que está fundamentada en la profunda inquietud de no saber lo que va a suceder, es una manifestación de una carencia profundamente ligada con el ser de la persona, una carencia en la capacidad de tener control sobre el entorno, sobre sus actores y sobre la relación de uno mismo con esa realidad compleja. 

• Algo verdaderamente sobresaliente sobre esa incapacidad para tener control total sobre la vida propia es que al hacerse consciente de esta carencia puede transitarse con facilidad hacia la angustia y hasta la infelicidad. 

• El estudio de las emociones humanas tiene orígenes diversos que han sido vetos de explotación de múltiples disciplinas, entre ellas la psicología y desde luego la neurología, que basadas en hallazgos sorprendentes, como el caso del desafortunado Phineas P. Gage, han registrado hipótesis y conclusiones basadas en experimentos y técnicas, algunas difíciles de entender, en el intento de comprender la compleja realidad del cerebro humano, de las emociones que influyen en la vida de las personas y de su importancia en lo que pareciera ser el fin último de ser humano, ser feliz.

• Una de las conclusiones de dichos estudios es que la capacidad de planear y de angustiarse por el futuro son funciones de una parte del cerebro humano, el lóbulo frontal. Basta dar un recorrido por la historia para conocer los hallazgos científicos y los esfuerzos por hacer mejor la vida humana, aunque esos pasajes históricos incluyen segmentos como el de António Egas Moniz y la lobotomía como terapia médica de rehabilitación.

• No es extraño escuchar que las personas y las organizaciones hacen planes con horizontes lejanos y ambiciosos, dejando asomar resquicios de la soberbia condenatoria de nuestra especie. Nadie tiene, nadie, control sobre lo que no ha sucedido ni en el corto ni en el largo plazo. Los planes son necesarios para administrar y dirigir el rumbo, pero no son definitivos, porque se enfrentan con una realidad independiente, cruda, bella y abrumadora, el mapa no es igual que el territorio.

• Aunque desde que nacemos estamos sujetos a esta realidad, somos mucho más conscientes de ella a medida que el tiempo transcurre, de ahí las famosas crisis de la edad mediana y de la tercera edad.

• Según Gallup, el 90% de las personas que actualmente trabajan en Estados Unidos no se encuentra comprometida con lo que hace, con todo lo que esto implica en el terreno laboral y en el personal, incluyendo la infelicidad y la pérdida de sentido. Esta realidad no es muy diferente en otras regiones del mundo, incluyendo a Latinoamérica. 

• Jenny Blake, co-creadora del Programa “Gurú de Carrera” de Google, se adentra en esta temática con un enfoque proactivo en su segundo y reciente libro Pivot y lo hace proponiendo un modelo de “pivoteo” y cambio planeado de la carrera profesional y personal. Blake propone cuatro etapas en el ciclo de pivote hacia un nuevo rumbo: 1. Plantar, creando una base desde los valores personales, fortalezas e intereses y una visión a un plazo no mayor a un año. 2. Escanear, investigando habilidades nuevas y relacionadas, hablando con otros y mapeando oportunidades potenciales. 3. Pilotear pequeños experimentos de bajo riesgo para probar la nueva dirección planteada y 4. Lanzar grandes decisiones que marcarán el nuevo rumbo tomado.

• Lo único cierto es que el cambio ha sido siempre la constante y lo es ahora de forma más notoria con las condiciones del mundo actual; depende de cada uno el hacer de este cambio uno excitante, pleno y lleno de experiencias de vida o uno trágico y plagado de sufrimientos propios de una víctima por esencia. ¿Está dispuesto a intentar vivir plenamente? Yo sí.

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