La mente y sus tipos


Las personas tienen formas distintas de relacionarse con la información disponible en sus cerebros. Existen mentes que parecen de piedra: inmóviles, duras, impenetrables y rígidas, donde la experiencia y el conocimiento se han solidificado de manera sustancial e irrevocable con el paso de los años. Hay mentes que podríamos llamar ‘‘líquidas’’, que no se interesan por nada y se acomodan a las demandas de la vida sin fijar posiciones de ningún tipo; mentes sin cuerpo propio, informes, incoloras, sin constancia ni sustancia e indolentes.

Y también existen las mentes flexibles, que funcionan como la arcilla; no son insustanciales como las mentes líquidas, pero tampoco están definidas de una vez para siempre como las mentes de piedra. Pueden avanzar, modificarse, reinventarse, crecer, actualizarse, revisarse, dudar y escudriñar en las mismas sin sufrir traumas.

1. LA MENTE RÍGIDA

El mecanismo básico de las personas rígidas es la resistencia a cambiar cualquiera de sus comportamientos, creencias u opiniones, aunque la evidencia y los hechos les demuestren que están equivocadas.

La mente rígida vive en un limbo facilista, distorsionado y altamente peligroso. Facilista porque tapa el sol con el dedo y se atrinchera en la lógica: “Si siempre fue así, por algo es”.

Distorsionado, porque los procesos de toma de decisión están saturados de sesgos y errores cognitivos, de los cuales no suelen ser conscientes.

Y peligroso porque cuando las personas rígidas son confrontadas con argumentos sólidos, se vuelven profundamente irascibles, autoritarias e impositivas.

2. LA MENTE LÍQUIDA

¿Quién no ha estado alguna vez con alguien que lo único que hace es no tomar partido de nada o adopta alternativamente posiciones contradictorias sin intentar resolverlas o siquiera comprenderlas? Una mente indefinida y apática es una mente voluble y despersonalizada que no es capaz de reconocerse a sí misma. Es líquida: se escapa, se derrama, toma la forma del recipiente que la contiene o permanece indefinida e inconsistente. Vaciada de toda idea, no fija posición ni se compromete.

La mente líquida pone todo el control afuera, se deja llevar por la marejada y, por eso, es mediocre y trivial. La motivación se convierte en algo tan instantáneo y volátil, que la sola idea de profundizar produce molestia, pero no por miedo a que las ideas tambaleen, como haría el dogmático, sino por simple y llana pereza.

3. LA MENTE FLEXIBLE

No está fija en un punto ni se desliza por cualquier parte sin rumbo, sino que posee una dirección renovable. A la mente flexible le gusta el movimiento, la curiosidad, la exploración, el humor, la creatividad, la irreverencia y, por sobre todo, ponerse a prueba.

La mentalidad amplia o abierta utiliza el pensamiento crítico como guía de sus decisiones. Se opone al dogmatismo en tanto es capaz de dudar de lo que ya cree cuando hay por qué dudar, es decir, cuando la lógica (buenos argumentos) y la evidencia (el peso significativo de los hechos) la obligan a examinar en serio los propios esquemas.

¿Y la fe? ¿Existe la fe flexible? Para mí, existe la buena fe. En la buena fe, la razón no muere, se mezcla con el corazón y genera una decisión que implica el ser total.

Tres principios de la mente flexible

1. La excepción a la regla: buscar la excepción, la irregularidad de ciertas pautas establecidas, sugiere aterrizar las ideas, someterlas a contrastación y humanizarlas.

2. El camino del medio: lo que intenta la mente flexible es establecer una carretera por donde transitar con moderación, sin asfixiarse ni darse contra las paredes.

3. El pluralismo: la mente flexible es responsiva y sensible a otros puntos de vista sin verse necesariamente en la obligación de aceptarlos.

Como pueden leer, hay diferentes estilos para abordar las mismas situaciones; que nos identifiquemos con alguno no quiere decir que sea inmodificable, pero la propuesta del artículo es poder ayudarlos a la identificación y a la oportunidad de moldear nuestras respuestas para que sean más satisfactorias.



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