La Roma se repara nada más porque aquí vive el presidente


"En esta esquina me quedé parada un día con mi hija de la mano por más de 10 minutos, esperando a que los coches nos dejaran pasar, pero ninguno se paraba. Teníamos 23 años solicitando de perdido unos topes y nunca nos hicieron caso. En cambio ahora, nos pusieron semáforos, altos, cámaras de vigilancia, señalizaciones por todos lados y hasta agentes de tránsito y patrullas de Policía tenemos las 24 horas. Entonces resulta que para que se arreglen nuestros problemas debemos esperar a que uno de los vecinos llegue a Presidente de la República".

Doña Alicia Vargas Martínez nos contó lo anterior al recibirnos en su casa de Chihuahua número 215, y el vecino suyo a quien se refiere "vive" desde hace varios meses en la esquina de esa calle y la de Monterrey.

Les platico: este sector de la Roma se divide en antes y después del 1 de julio. Anterior a esa fecha, los robos a personas, casas, comercios y de vehículos sucedían todos los días y a todas horas. El pavimento estaba resquebrajado; las banquetas destrozadas; el alumbrado público se encendía de día y se apagaba de noche; y los negocios que abrían, para hacerlo le pagaban piso a las bandas de delincuentes que actuaban amafiadas con las autoridades.

En dos kilómetros a la redonda del cruce de Chihuahua y Monterrey, todo eso está pasando a la historia.

El choque diario de vehículos que se registraba antes en esa esquina, dejó de ocurrir gracias a tanta señalización, semáforos y agentes de tránsito que cuidan la zona. Los asaltos pararon y los pedidores de piso se fueron a otras colonias a seguir haciendo de las suyas.

Febriles cuadrillas de trabajadores bachean calles, remedian banquetas, pintan carriles de circulación, resanan grietas de casas y edificios "con cargo a la Delegación", y cuidan a familias y comerciantes día y noche.

Tal despliegue de eficiencia de los servicios públicos, tiene muy contentos a los vecinos de esa zona, y a otros no tanto. Doña Alicia está medio nerviosa, pues todo el tiempo está esperando a ver qué más va a pasar ahí.

Hasta donde sabe, el inquilino de la esquina de Monterrey y Chihuahua, tarde o temprano se va a cambiar de casa. "No creo que vaya a atender desde aquí sus pendientes, ahora que lo nombren Presidente de México, por más que algunos ingenuos digan que su estirpe es de pueblo y entre el pueblo va a vivir".

El problema que ella ve venir es que tanta mejora de los servicios públicos en su barrio, tarde o temprano se esfume y vuelvan a quedar desamparados, porque si en 23 años nunca los escuchó el gobierno en sus reclamos, ahora que lo hicieron no fue para cumplirles a ellos, sino al notable vecino que despacha sus asuntos en esa esquina.

"Lo único que están haciendo con nosotros es llevarnos de gane, pero ya ve como es la gente que a lo bueno se acostumbra bien pronto y cuando nos quiten el dulce, nos va a doler más que antes que estábamos jodidos", dice doña Alicia.

Estas son las paradojas e incongruencias del servicio público en México. Los beneficios se dan bien pronto cuando algún notable de la política se vuelve vecino de una comunidad.

Años de lucha infructuosa pugnando por la calidad de vida que todos los mexicanos merecemos se convierten en lustros cuando ese tipo de "notables" no sienta sus reales o sus intereses cerca de nosotros.

Tenemos que ser vecinos de un presidente electo para que las cosas se arreglen. Nuestras casas, bardas, calles y banquetas tienen que estar próximas a las de él para que sean reparadas.

Nuestra inseguridad tiene qué ser vivida en carne propia por ese tipo de vecinos poderosos, para que se revierta como por arte de magia.

Puede más la investidura de un poder político, que 23 años de estar rogándole al gobierno que cumpla con sus obligaciones.

Y ante todo esto, ¿dónde está la sensibilidad del próximo presidente para evitar que se siga dando en México el síndrome de "pintar los camellones" nomás cuando por esa calle va a pasar el gobernante en turno?

Para apaciguar los nervios de doña Alicia, mi Gaby le contó lo que pasó en el municipio de Aquismón, en plena selva potosina. Ahí se encuentra uno de los abismos más profundos del mundo, el "Sótano de las Golondrinas", con un escalofriante rapel de más de 500 metros mediante el cual descendemos hasta las entrañas de la Tierra. La primera vez que lo bajamos, tuvimos que recorrer una penosa brecha de 35 kilómetros desde el poblado hasta la boca del Sótano.

La segunda, años después, fue una delicia, porque todo el camino era ahora una amplia avenida adoquinada de cuatro carriles. Nuestro guía Juan Valverde contó que ese "milagro" se dio cuando el expresidente Calderón supo del Sótano y quiso bajarlo. Juan y varios de sus camaradas lo descendieron y subieron en canastilla, para ahorrarle la friega del rapel y la escalada; y para evitarle también la molestia de recorrer una brecha terregosa de 35 kilómetros, meses antes de su bajada, la SCT hizo ese camino que ahí sigue, con su calidad incólume.

"Ya ve doña Alicia", le dice la mordaz e irónica de mi Gaby, "quien quita y lo mismo sucede con sus calles y banquetas, que de tan bien que las repararon, a lo mejor alcanzan a disfrutarlas sus nietos".

"No creo", responde doña Alicia. "Pero no le hace, al fin y al cabo aquí cerca vive la hermana de Martí Batres y si le paran a las obras ahora que se vaya Obrador, no creo que la carnala de Batres se vaya a cambiar a otro lado".

placido.garza@gmail.com


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