Óscar TamezMonterrey
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La elección extraordinaria de Monterrey donde el Trife anuló la democracia de manera ilegal, es una segunda vuelta electoral de facto, el ejercicio puede servir para dimensionar si este recurso electoral es viable en México.

Las segundas vueltas son los mecanismos utilizados por las democracias pluripartidistas, en donde ninguna de las preferencias electorales alcanza la mayoría relativa en la elección.

Maurice Duverger señala que es una forma de legitimar al gobernante electo ante la falta de una mayoría evidente. La otra forma de hacerlo es mediante las coaliciones de gobierno que, si bien empiezan en una coalición electoral, son diferentes.

La aplicación de este recurso electoral es socorrido para los cargos del poder ejecutivo, aunque no restrictivo para ello. Desde hace años se ha planteado la segunda vuelta electoral para la democracia mexicana ante la falta de mayorías relativas en el poder ejecutivo.

No existe receta única para las segundas vueltas, pero hay un elemento coincidente en las democracias donde se ejerce. Consiste en una nueva contienda electoral inmediata a la anterior entre los dos candidatos con mayoría de votos.

En los casos estudiados, como Francia, se da el fenómeno donde los partidos que no contenderán, se aglutinan con una de las dos fuerzas punteras, generalmente la que mayor identidad ideológica guarda con las chiquilladas excluidas, al menos esto es en la teoría, lo real es que se unen para descarrilar al candidato que más odio despierta, más rencores o menos beneficios propone.

La segunda vuelta en su praxis es una perversión de la democracia, favorece que el valor de los partidos y candidatos de la chiquillada se cotice muy alto.

En Monterrey, la elección es una segunda vuelta de facto y así se demuestra con el desayuno convocado por el candidato priísta, Adrián de la Garza para "un pacto" de civilidad y a donde concurren los candidatos de la chiquillada, excepto, evidentemente, el candidato rival.

No hay duda que hubo pacto, lo más seguro es que lo sea por resentimientos,  fobias, rencor o de sobres pachones, todo menos ideológico, no imagino a Adalberto Madero identificado con el PRI, a Iván Garza, meses atrás líder del PAN regio, ahora hermanito de su verdugo en 2015, tampoco a Sandra Pámanes quien otrora fue líder del PAN estatal. A otro perro con ese hueso, decía mi abuela Juana cuando desconfiaba de la honorabilidad de en las acciones.

Las segundas vueltas pactadas con adhesiones de la chiquillada a uno de los contendientes, siempre tienen acuerdos pragmáticos, de reparto o compromisos que no benefician a la democracia, aunque dan puntos que pueden ser el triunfo de uno de los dos contendientes.

El ejercicio de Monterrey debe ser laboratorio para las segundas vueltas ante el peligro de componendas y prebendas que contaminen nuestra ya séptica democracia.

Soy negado a tal herramienta electoral, de aceptarla sería sólo frente a la posibilidad de confrontar a los tres mejores contendientes, con lo que se elimina la venta de votantes y patentes partidistas por jugosas ganancias.

Una segunda vuelta de tres, obligaría al electorado a madurar el voto, pues la dispersión causaría la falta de legitimidad.

La posada de Monterrey, perdón, elección extraordinaria prenavideña, es una segunda vuelta donde se debaten PRI y PAN.

Habrá que esperar la actitud que asumen los actores no electorales que influyen en el proceso. Por ejemplo, el papel del gobierno estatal quien, al no tener un partido formal en contienda, apostará por el mejor candidato según sus intereses, algo entendible.

También hay que ver el papel que juegan Morena y el presidente de México, quienes ya dijeron no a su participación. Lo mismo que el papel del empresariado y actores como Waldo Fernández, Tatiana Clouthier, Alfonso Romo y Judith Díaz, quienes, aunque tienen jefe, son estelares de la política local.

¿Podrá Felipe de Jesús con la cargada que le aplicó la chiquillada en su contra o al mejor estilo Houdini se librará de esta trampa?


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