La siesta


Cuando nos entregamos a ese sueñecillo vespertino que suele invadirnos después de la comida –narcolepsia postprandial, llámanle los entendidos–, decimos que nos echamos una siestecita. Esta pestañeada diurna, desde antiguo ha sido llamada siesta y es sorprendente cómo el origen de esta palabra, se entreteje con la historia del afán humano de medir el tiempo. 

Una antigua cultura, cuyas huellas permanecen en diferentes ámbitos de nuestro actual saber, fue la de los babilonios. Su pasión por observar el cielo pronto les hizo percibir doce constelaciones que los indujo a dividir la noche en doce periodos, para luego hacer lo mismo con el tiempo de luz solar. Así nacería el día de veinticuatro horas, rasgo que habría de extenderse a otras culturas en diferentes tiempos y en diferentes lugares. 

Para no ser la excepción, el antiguo pueblo hebreo también adoptó el día de veinticuatro horas y crearon, desde tiempos anteriores a Cristo, la práctica de orar en ciertas horas establecidas. Después, en tiempos medievales, la Iglesia cristiana tomó esta tradición y poco a poco la fueron formalizando hasta que, en el Siglo VI, nacieron las llamadas Horas Canónicas. En estas horas, las campanas de las iglesias repicaban para que los fieles hicieran la oración correspondiente. Al paso de los años, esta obligación quedó sólo para los clérigos. 

Muy didáctica definición de estas Horas Canónicas dio, en 1726, el llamado Diccionario de Autoridades: “Horas Canónicas: Las partes en que se divide el Oficio Divino que rezan los Clérigos, los Religiosos, y los que gozan renta Eclesiástica, compuestas de Psalmos y preces, instituidos por la Iglesia: y se llaman Maitines, Láudes, Prima, Tercia, Sesta, Nona, Vísperas y Completas. Dixéronse Canónicas porque son las que cantan los Canónicos en el Choro, y Horas porque estas Preces están destinadas para ciertas horas del día, según la división que hacían los Judíos. La intención de la Iglesia, nuestra Madre, es loar a Dios por ser quien es y por los beneficios que dél hemos recibido”. 

Los nombres de las horas canónicas fueron tomados de antiguas denominaciones romanas. Maitines, se tocaba en la madrugada y su nombre viene del latín “matutinus” que son las horas tempranas del día; Laudes, se tocaba entre 5 y 6 de la mañana y su significado es “alabanzas”; Prima, se llamó así porque, para los romanos, era la primera hora del día y se tocaba cerca de las siete de la mañana. 

La Tercia, se tocaba a las nueve de la mañana; la Sesta era el mediodía; la Nona cerca de las tres de la tarde; las Vísperas, del latín “vesper” que significa “al atardecer”, se tocaba al caer el sol; y las Completas, se tocaban ya avanzada la noche. Al no haber relojes, las horas canónicas se tocaban según el juicio del cura del lugar y llegaron a convertirse, durante siglos, en todo un sistema para la programación de las actividades de los pueblos medievales. Su larga permanencia dejó en el lenguaje huellas que podemos identificar. 

Una de ellas la encontramos en el inglés “afternoon”, palabra que se refiere a “la tarde” y que literalmente significa ‘después de la nona’. En español, la voz vísperas hoy se usa para referirse al tiempo que antecede a un evento o un día de especial interés, esto como metáfora de las vísperas canónicas que anunciaban la terminación del día. 

La hora llamada “sesta”, era el tiempo del mediodía, cuando pegaba más duro el sol y el intenso calor invitaba a suspender las agotadoras tareas campiranas; se hizo costumbre, en este momento del día, buscar una sombrita y “dormir la sesta”. Con mucho tino, en 1330 la pluma del Arcipreste de Hita describió esta circunstancia: “Buscava cassa fría, fuía de la sesta: la calor del estío doler fázel la tiesta”. 

Así, de la costumbre de dormir “la sesta”, nació la palabra siesta, que hoy seguimos usando para nombrar a esa pestañeada diurna que solemos echarnos después de la comida. 

cayoelveinte@hotmail.com

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