La violencia electoral


A la fecha han muerto más de 80 candidatos o políticos vinculados a los procesos electorales, ésta como ninguna otra elección se ha teñido de sangre, de amenazas y coerción a los candidatos a elección popular.

La violencia tiene muchos rostros, la que ejerce la delincuencia organizada, la aplicada entre candidatos, la anónima que se presenta en la guerra sucia vía redes y medios de comunicación y finalmente, la que se da soterrada al amedrentar a los candidatos durante su proselitismo de campaña.

El problema inicia con una autoridad electoral incompetente, dispuesta a responder políticamente lo que debiera resolver jurídicamente. Su falta de compromiso motiva a que los candidatos incrementen las patadas debajo de la mesa.

Los actores políticos poco dimensionan que la violencia electoral aplicada por su ambición de triunfo, contribuye a enrarecer y enardecer el ambiente, lo que deriva en ciudadanos contra ciudadanos, amigos contra amigos y matrimonios discutiendo más con pasión que con razón sobre las preferencias electorales.

El entorno está crispado, en las redes sociales los debates políticos salen de niveles aceptables y se trasladan a los insultos, las descalificaciones y la agresión virtual.

Junto a esta irritación las fake news contribuyen a enrarecer el ambiente, infunden miedo, ira, desesperanza o simplemente decepción entre los electores no cercanos a uno de los candidatos. La guerra sucia utilizada por los políticos y sus equipos, lejos de ganar adeptos a alguna campaña, logra enfurecer a los ciudadanos quienes se sienten manipulados por un sector de la población que considera ingenuos a las mayorías.

Existe una violencia ajena a los políticos, pero no ajena a la política, la que ejercen los poderes fácticos. Entre ellos, la delincuencia organizada. 

La delincuencia organizada tiene intereses en muchas zonas del país, sin embargo, resulta difícil entender que la democracia quede sujeta a la represión de estos grupos, a la falta de contundencia en las autoridades de los tres órdenes de gobierno para garantizar un proceso democrático que sea eso: democrático, equitativo y donde gane el que más votos obtenga.

Este tipo de violencia es el más noticiado, pero no por ello el más peligroso, también lo es la ejercida por grupos de poder, quienes buscan influir en el proceso. Imponer su voluntad por el simple hecho de que difieren de uno de los cuatro candidatos, ya sea de partido político o independiente.

Es momento de que los candidatos y sus partidos políticos, así como los grupos de poder con interés en la política, entiendan que la violencia electoral en cualquiera de sus expresiones lesiona la democracia.

La primera víctima en cada asesinato de un candidato es la democracia misma, es la sociedad en su conjunto quien debe someterse a voluntades ajenas que intimidan o manipulan.

Estamos obligados a replantear el daño que se le hace al Estado mexicano y a la sociedad cada vez que nos convertimos en factor de la violencia electoral, no me refiero a la delincuencial, ésa es reprobable siempre. Me refiero a la violencia verbal, a la expresada en redes sociales, a la intolerancia frente la divergencia de pensamientos.

La solución a la violencia se reduce a tres factores: primero, la autoridad debe garantizar seguridad a los candidatos y sus equipos de trabajos, que no sean víctimas de amenazas al realizar proselitismo en las calles, que no sean intimidados por un anónimo en los cruceros o los barrios.

Segundo, la autoridad electoral que debe poner un freno a la violencia entre candidatos, la de los spots televisivos, la de grupos de poder intentando influir en el proceso por filias o fobias.

Tercero, ésta solución es la más fácil y nos compete a todos, evitar la confrontación que nos lleva a la violencia verbal, física o emocional, cancelar las confrontaciones motivadas por los disensos en las ideologías y tendencias electorales.

La solución se concentra en una palabra sencilla: tolerancia, tolerancia a la diversidad, a la pluralidad y a la multiculturalidad en que se divide el mosaico llamado México.

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