Las Fuerzas Armadas, modelo institucional a replicar


Constantemente estamos en la búsqueda de modelos institucionales en el extranjero, lo cual es prudente ya que resulta fundamental aprender del camino recorrido por otros. Sin embargo, podemos aprender también de nuestra propia experiencia, pues tenemos un caso de éxito institucional que nos costó, literalmente, mucha sangre, y que por lo tanto tenemos una obligación aún mayor de aprender: las Fuerzas Armadas mexicanas.

El orden y la paz, o el desorden y la guerra, al interior de una sociedad depende en primer lugar del monopolio de la violencia, y en segundo de su correcto uso. Por ello, no resulta raro que en el México del Siglo XIX haya existido un estado generalizado de caos, ya que las Fuerzas Armadas eran incipientes y, además, el desorden a su interior hacía que la poca violencia que ejercían se hiciese de manera errónea: golpes de estado, guerras civiles, asonadas, etc. El gran problema en el Ejército era estructural, y por dos vías: primero, era un instrumento de clase, donde los altos grados militares estaban reservados a las clases altas; segundo, era poco meritocrático, ya que el ascenso entre sus rangos se debía más a lealtades políticas y actos de traición que a méritos personales.

Por ser profundamente clasista, el Ejército era profundamente político… y conservador. Los liberales del Siglo XIX tenían como principal fin la destrucción del Ejército oficial (también llamado santannista, por razones obvias) por ser el principal obstáculo para la implementación de las reformas liberales. Lo anterior lo hicieron a través del levantamiento de guardias estatales, de voluntarios que se identificaban con el lado juarista y que desde distintos estados del país acudían a los siempre cambiantes campos de batalla. Sólo después de diez años de guerras que dejaron asolado al país, el Ejército santannista pudo ser aniquilado,  e implementadas –hasta cierto punto– las reformas liberales.

Durante el largo gobierno de Porfirio Díaz, el Ejército se profesionaliza y jubila de la política nacional, aunque con un pequeño detalle: sigue siendo esencialmente un instrumento de las clases altas. Por ello, no es raro que haya sido Bernardo Reyes –de histórica clase acomodada– quien diera el golpe de estado a Francisco I. Madero, y que el moderno Ejército mexicano vea su fundación en las cenizas de la Revolución Mexicana, específicamente el 19 de febrero de 1913… precisamente el año en que es asesinado Francisco I. Madero y firmado un decreto por Venustiano Carranza que da origen al Ejército Constitucionalista.

Desde 1913 hasta la fecha, los cambios en las Fuerzas Armadas mexicanas han sido profundos. Hoy en día sus oficiales se preparan en conocidas academias militares nacionales (e internacionales), han dejado de ser un instrumento de las clases acomodadas, y el mérito es el rasgo principal para ingresar y ascender entre sus filas. Las consecuencias han sido claras: a diferencia de lo sucedido en otros países latinoamericanos, en México tuvimos nuestra última rebelión militar en 1938; el mundo militar se ha mantenido completamente al margen de la política, y la identificación de la población con éstas –y de éstas con la población– es sumamente estrecha, siendo una de las instituciones más confiadas y respetadas en el país (sólo por debajo de las universidades y la Iglesia Católica, según distintas encuestas).

En el pasado, la falta de profesionalización en nuestras Fuerzas Armadas le trajo problemas mayúsculos al país, y hoy la falta de profesionalización en otras áreas del gobierno –como la impartición de justicia– está trayendo los suyos. Sin embargo, la posterior historia de éxito en una de las instituciones nacionales claves nos ha traído claros beneficios, y su historia puede, y debe, de ser replicada a lo largo y ancho del Estado mexicano.

Volver arriba