Lo de dentro y lo de fuera


Da lo mismo si fue rodeando una fogata, en las plazas de las ciudades-estado griegas, en el silencio de una montaña sagrada del Tíbet o mientras se resiste el tráfico de las ciudades del Siglo XXI, las preguntas rebotan repitiéndose: ¿qué hago aquí?, ¿de dónde vengo?, ¿a dónde voy?

"El número de suicidios se ha elevado a 7,000 por año a nivel nacional", leo en las páginas de El Horizonte. "Nuevo León tiene un promedio de 25 mensuales. Faltan acciones para combatir el origen". La depresión nos preocupa. The World Health Organization (WHO) pronostica que para el año 2020 la depresión será la segunda causa de discapacidad en el mundo, después de las enfermedades del corazón.

Una epidemia de tristeza profunda que provoca la pérdida de interés en actividades que antes se hacían con gusto; que provoca cambios de peso, falta de apetito, insomnio o exceso de sueño; también fatiga, falta de energía, sentimientos de culpa o desvalorización, falta de concentración, hasta pensamientos suicidas. Si los síntomas pasan las dos semanas, el diagnóstico es depresión. Eso en la definición oficial de desórdenes depresivos (MDD) del DSM (Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales).

Sin embargo, hacemos y sentimos lo mismo con una tristeza (que también es profunda) cuando perdemos a algún ser querido, cuando terminamos una relación sentimental o nos comparamos con el espectáculo de felicidad de las redes sociales. La definición es confusa porque la insatisfacción, la desesperanza y las penas también desgastan la voluntad de vivir.

Buscar el sentido de la existencia pertenece a la esencia del hombre. Y plantar un árbol, escribir un libro o tener un hijo, no basta. La ciencia y Google nos resuelven muchas dudas. La tecnología hace la vida más cómoda. Aún así, nos deprimimos. Más Platón y menos Prozac resume Lou Marinoff con el título de su libro. Hasta en los casos en que la depresión tiene orígenes biológicos, el espíritu que se vacía del para qué vivir puede estar agravando la situación.

Pero el espíritu puede aprender a ser más inteligente. Puede sumarse a la medicina y la psicología para rescatar la ilusión de vivir. Habría que hacer espacio a esas preguntas repetidas por la humanidad. Nos hace tanta falta. Porque si la depresión va a la alta; la espiritualidad, a la baja.

El espíritu, ese elemento invisible y misterioso nos inyecta vida. Howard Gardener lo presenta como otra de las muchas inteligencias que tenemos junto con la musical, la interpersonal, la emocional o la lingüística. Entonces, la espiritualidad no es cuestión de fe, y no es lo mismo que religiosidad. Se puede ser ateo o agnóstico o creyente y buscar en las experiencias de la vida el sentido de ser persona. Espiritualidad es búsqueda del Misterio; la religión, el vínculo con Él. Soy católica, el camino de mi espiritualidad es Cristo. Leo, medito, oro, contemplo. Aún así, a veces experimento una tristeza profunda. Y es que, cerca de la alegría, está la tristeza participando en la vida. No sé, quizá experimentarla tenga sólo ese propósito, sentirla y salir de ella.

Ignorar el espíritu enferma el alma. Tenemos tan pocos silencios para encontrarnos con nosotros mismos, tan pocas oportunidades de enfrentarnos al Misterio para insistir en las preguntas repetidas de la humanidad.

La epidemia depresiva es síntoma de nuestro tiempo. Y sí, tenemos un "fuera" que se adapta a dormir dos horas menos que hace cien años, que olvida el pronóstico del tiempo disfrutando los microclimas del aire acondicionado, que puede ser vegano y extender su capacidad de memoria usando la computadora; pero también tenemos un "dentro" que necesita aprender a reconciliarse consigo mismo y con la vida, necesita soledad y silencio, preguntarse y ser.

El hombre puede vivir en cualquier lugar del planeta porque su fuera se adapta con inteligencia a las condiciones de lo externo, pero necesita también hacerse inteligente por dentro, preguntarse y descubrir una historia que le cuente por qué vale la pena vivir.


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