´Lo esencial es invisible a los ojos´


La celebración de la Eucaristía la empezamos siempre con un "acto penitencial", acto de humildad en el que reconocemos nuestra debilidad y pedimos la clemencia de Dios. En las lecturas, especialmente en las de hoy, la Palabra de Dios nos ayuda a discernir dónde está el camino del bien y dónde el del mal. En el Padrenuestro le pedimos que nos "libre del mal" y cuando se nos invita a comulgar se nos dice que vamos a recibir "al que quita el pecado del mundo". Vamos por buen camino para ser dignos miembros de la familia de Jesús. Este domingo ubicamos algunos aspectos interesantes para nuestro crecimiento espiritual. Nos centraremos en el pecado, causante de la ruptura en la familia y la sociedad. El pecado y la sociedad chatarra están destruyendo el alma del mundo, a base de construir cosas sólo visibles y superficiales

Una de las experiencias más dolorosas que sufrimos todos en la vida es la profunda ruptura en las relaciones humanas. Esto se capta en los hogares, en la vida social y en todo lugar de trabajo, más aún, en toda relación que tenemos, así sea con las personas más queridas, descubrimos siempre una distancia o una barrera que impide que cualquier relación personal sea plena o completa. En el libro del Génesis, el autor sagrado nos advierte que desde los orígenes ha habido una desintegración en nuestras relaciones con Dios, luego entre el hombre y la mujer. Y, aunque parezca alarmante, el Evangelio de San Marcos no calla aquel episodio no muy agradable que se dio en la misma familia de Jesús, quienes pensaron de él que no estaba en sus "cabales". Les importa lo exterior, no la invitación que hacía Jesús de un profundo cambio interior.

El pecado está destruyendo a nuestra sociedad, comenzando por su núcleo principal: la familia. Cuando Dios creó al hombre, a Adán, se dio cuenta que a éste le hacía falta un ser semejante a él, con quien compartir y convivir. Entonces crea a Eva. Pero el pasaje del génesis que hemos escuchado hoy nos muestra aquel terrible episodio en el que Adán, después de pecar y verse descubierto, echa la culpa a Eva y ésta traslada la responsabilidad a la serpiente. La relación entre el hombre con Dios se desintegra, lo mismo que con su mujer. Más adelante nos encontraremos con el problema entre los hermanos Caín y Abel: una armonía familiar rota, producto del pecado que entró en el corazón del género humano. Lo externo, la ambición y las envidias, destruyen lo más hermoso: la armonía interior.

San Pablo en su carta a los Corintios expresa como la vida humana está tejida de males y fracasos. Incluso quien cree en la esperanza no tiene por qué ser el más afortunado, ni está inmune ante las tragedias humanas, ni tampoco está  dispensado de luchar. Ésta es, en efecto, la profunda convicción de san Pablo en el pasaje de su Segunda Carta a los corintios. El apóstol no se defiende ante los que le acusan de ser un "débil" o un "fracasado" en su ministerio. Reconoce simplemente que la debilidad, el sufrimiento, incluso el fracaso humano, son una condición inevitable de la fragilidad de la naturaleza, de nuestra condición física, de nuestro ser carnal y corruptible. Hay que ir al interior y no quedarnos estacionados en lo externo.

El pecado, el materialismo, las marcas, los excesos de la cultura actual van minando la armonía familiar, destruyendo los valores y generando conflictos que luego se trasladan a la sociedad misma. Los medios de comunicación, tienen detrás a grandes monstruos que van dictando las pautas de conducta de cada miembro de la familia, y desde ahí, construir la sociedad que ellos quieren. Lo anormal se va volviendo normal, lo sano y bueno se va volviendo "anticuado" y fuera de lugar. Lo que se ve pasa, lo que no se ve permanece.

Desafortunadamente el pecado se ha instalado en nuestra sociedad, generando conflictos, produciendo muerte y ruptura de la armonía entre los hombres. Pero de Dios procede el perdón. Por eso hemos clamado esa misericordia de Dios con el salmista. Y, en medio de la confusión y división que genera el pecado, el Evangelio se nos presenta con un mensaje de esperanza: el reino de Satanás es evidentemente un reino de división: el mal está dividido contra sí mismo y por eso mismo no podrá subsistir.

"Lo esencial es invisible a los ojos, dijo el zorro...". Todos hemos escuchado o leído alguna vez esta frase de El Principito de Antoine de Saint-Exupéry. Ubiquemos en nuestra vida lo importante, que no siempre es lo que se ve. En esta sociedad de las apariencias, del presumir y del fantochismo corriente no nos fijemos en lo que se ve, sino en lo que no se ve. "Lo que se ve es transitorio; lo que no se ve es eterno", nos dice hoy la segunda lectura, en una llamada a no quedarnos en los superficial sino ir a lo profundo.

Santa María Inmaculada, de la Dulce Espera, Ruega por nosotros.


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