Lo que hacemos o lo que somos


Desde la primaria hasta casi saliendo de la carrera, algunas personas me hicieron esa gran pregunta que me hacía pensar horas, días, semanas y hasta meses para descubrir qué quería ser yo de grande.

No fui de esas personas que de inmediato han sabido cuál es la misión de su vida. No, mis respuestas variaron con el tiempo entre estas opciones: revolucionaria, maestra, trapecista de circo, ingeniera química, doctora en física, activista, socióloga, productora de TV, directora de documentales, fotógrafa, escritora y animadora digital.

Extrañamente y por azares del destino, he llegado de manera independiente a una empresa de un rubro al que difícilmente se le puede encontrar la poesía y en un área relacionada a lo que estudié, pero que jamás había sido “my dream job”. Sin embargo, lo disfruto en plenitud y me siento satisfecha por mis logros.

El problema empieza cuando me preguntan “¿y eso era lo que querías hacer?” y mi recorrido por todas las profesiones que había según yo elegido previamente me confirma que no, lo que me provocaba cierta frustración, que después de mucho pensar me ha hecho replantear dos cosas.

Uno: ¿por qué diablos todos asociamos el “ser” con la profesión? Como si uno fuera doctor, abogado o bombero, antes que persona. ¿Cómo hemos llegado al punto en que lo que hacemos en horas laborales nos define como individuos?

Dos: en realidad, ¿qué porcentaje de la población tiene la profesión que anheló desde su infancia o adolescencia? Recalco que mi pregunta no está justificando la mediocridad, ni la falta de aspiraciones, sino que hace hincapié en la extraña relevancia que le hemos dado a una decisión tomada años atrás, con un contexto, ideales y creencias quizá ahora muy diferentes a una nueva realidad.

Con esto no estoy diciendo que está mal seguir los sueños planteados, sino que se vale cambiar de opinión sin remordimiento de por medio. Y en realidad, sin esa auto-opresión mental que produce una total liberación, el siguiente paso se vuelve muchísimo más claro para retomar sueños o seguir el mismo camino.

En mi opinión, la pregunta mágica tiene una palabra incorrecta. La pregunta no es “¿qué quieres ser?”, sino “¿cómo quieres ser?”. Y apuesto que la respuesta de cualquiera sería: “Yo lo único que quiero es ser feliz”.



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