Ron RolheiserMonterrey
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Los altibajos de la fe


El poeta Rumi sugiere que nosotros vivimos con un secreto profundo que a veces conocemos, luego no, y en seguida conocemos de nuevo. Esa es una buena descripción de la fe. La fe no es algo que uno concreta y posee de una vez por todas. Es algo así: a veces caminas sobre el agua y a veces te hundes como una piedra.

Los Evangelios dan testimonio de esto más gráficamente, en la historia de Pedro caminando sobre el agua: Jesús le pide a Pedro que salga de una barca y que camine sobre el agua hacia él. Al principio funciona: Pedro, sin pensarlo, camina sobre el agua; luego se vuelve más consciente de lo que está haciendo y se hunde como una piedra. Vemos esto también en las intensas fluctuaciones en su creencia que los discípulos de Jesús experimentan durante los "40 días" después de la resurrección. Jesús se les aparecería, confiarían en que estaba vivo, luego desaparecería de nuevo, y perderían su confianza y volverían a la vida que habían llevado antes de conocerlo, la pesca y el mar. Las narraciones posteriores a la resurrección ilustran la dinámica de la fe con bastante claridad: usted cree. Después desconfía. Enseguida cree de nuevo. Al menos, así parece en la superficie.

Vemos otro ejemplo de esto en la historia de Pedro traicionando a Jesús. En el Evangelio de Marcos, Jesús nos dice que hay un secreto que separa a los que tienen fe de los que no: a ustedes se les da el secreto del reino, pero los que están afuera reciben todo en parábolas. Eso suena como gnosticismo, es decir, la idea de que hay un código secreto en alguna parte (por ejemplo, el Código Di Vinci) que algunos saben y otros no, y estás dentro o fuera dependiendo de si lo sabes o no. Sin embargo, eso no es lo que Jesús está diciendo aquí. Su secreto es abierto, accesible para todos: el significado de la cruz. Cualquiera que entienda esto entenderá el resto de lo que Jesús quiere decir, y viceversa. Estamos dentro o fuera, dependiendo de si podemos entender y aceptar el significado de la muerte de Jesús.

Ahora bien, estar dentro o fuera no es una vez y para siempre. Por el contrario, nos movemos hacia adentro y hacia afuera. Después de que Pedro negó a Jesús, se nos dice: "salió". La intención de esto es tanto literal como metafóricamente. Después de su negación, Pedro salió por un portón hacia la noche para estar lejos de la multitud; sin embargo, también se salió del significado de su fe.

Nuestra fe también oscila con sus altas y sus bajas por otra razón: no comprendemos cómo funciona. Tomemos como ejemplo al joven rico que se acerca a Jesús con esta pregunta: "Buen maestro, ¿qué debo hacer para poseer la vida eterna?". Esa es una elección interesante de un verbo: poseer. ¿La vida eterna como una posesión? La gentil corrección de Jesús al joven sobre el verbo nos enseña algo vital acerca de la fe. Jesús corrige amablemente el verbo que utiliza el joven: "Ahora si deseas recibir la vida eterna", lo que significa que la fe y la vida eterna no son algo que poseas y que puedan almacenarse y guardarse como grano en un granero, dinero en un banco o joyas en un joyero. Sólo pueden recibirse, como el aire que respiramos. El aire es gratis, está en todas partes, y nuestra salud no depende de su presencia, porque siempre está ahí, sino más bien del estado de nuestros pulmones (y del estado de ánimo) en un momento dado. Algunas veces respiramos profunda y apreciativamente; sin embargo, algunas veces, por varias razones, respiramos mal, jadeamos, estamos sin aliento o nos estamos ahogando. Al igual que la respiración, la fe también tiene sus modalidades.

Y entonces, necesitamos entender nuestra fe no como una posesión o como algo que logramos de una vez por todas, que sólo puede perderse mediante un cambio enorme, dramático y transformador dentro de nosotros, donde pasamos de la creencia al ateísmo. "La fe no es un estado de creencia constante", sugiere Abraham Heschel, "sino más bien una especie de fidelidad, una lealtad a los momentos en que hemos tenido fe".

Y eso provoca algo más: para ser real, la fe no tiene que ser explícitamente religiosa, sino que puede expresarse simplemente en fidelidad, lealtad y confianza. Por ejemplo, en un libro intenso de memorias escrito cuando ella está muriendo de cáncer, The Bright Light ("La Luz Brillante"), Annie Riggs comparte su fuerte e implícita fe, mientras enfrenta tranquilamente su muerte. Al no tener una fe religiosa explícita, una enfermera la desafía en cierto momento y le dice: "¡Fe, tienes que tenerla, y la vas a necesitar!". El comentario desencadena una reflexión de su parte sobre lo que ella cree o no cree. Ella llega a la paz con la pregunta y su propia participación en ella con estas palabras: "Para mí, la fe implica mirar al abismo, ver que está oscuro y lleno de lo desconocido, y estar acorde con eso".

Necesitamos confiar en lo desconocido, sabiendo que vamos a estar bien, sin importar que en un día determinado podamos sentir que estamos caminando sobre el agua o hundiéndonos como una piedra. La fe es más profunda que nuestros sentimientos.


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