Los días de Saramago


La reciente crisis de la gasolina en México me recuerda a la obra del escritor portugués José Saramago.  En su obra, la realidad se viene encima como una gran ola, sus personajes se encuentran desamparados ante una caída de la que sólo la dignidad y el amor profundo por la vida logrará levantarlos en medio de un caos de dimensiones absurdas.

Saramago es un poeta de la fragilidad, su visión deja desnudas a las instituciones, a la fe, a la moral, a las tradiciones. Nada resiste la ola de una realidad ciega y envolvente que amenaza con disolver el mundo. La balsa de piedra, Todos los nombres, Las intermitencias de la muerte, entre otros, son bellas y profundas reflexiones que lanzan al espectador al necesario abismo de la duda. No hay sitio para la comodidad y el reposo, no hay sitio para la certidumbre ni para la armonía. La obra de Saramago es un fuego abrasador que incinera a quien se atreve a abrir sus páginas. Este fuego puede ser también una purificación.

En la novela de 1995, Ensayo sobre la ceguera, Saramago nos enfrenta a un mundo roto en el cual los personajes son forzados a experimentar un horror sin precedentes, en donde la conciencia se presenta como el último reducto de la humanidad. La novela plantea una tragedia de la cual nadie queda exento, la maldad que toca a uno nos toca a todos.

El libro explora la aparición de una pandemia, la enfermedad se adquiere misteriosamente a través de la mirada, la oscuridad avanza por todo el orbe conocido provocando un caos de dimensiones apocalípticas. En su obra, Saramago apunta a la fragilidad de la civilización, exponiendo al individuo al horror de la violencia sin límites en donde únicamente el sentido de la fraternidad logrará generar un microespacio en donde habitar.

La narración es imponente, el escritor tiene la virtud de cortarnos la salidas y de colocarnos ante un abismo que está justo al doblar la esquina. En este contexto, un personaje, la mujer del médico, es la única que no resulta afectada por la enfermedad, es la única que puede ver; asistimos pues con ella a la caída del orden, presenciamos cómo la humanidad se revuelca en sus propias miserias, vemos en sus ojos el nacimiento de la esperanza y la exposición de las pasiones en toda su crudeza. Es ella quien debe guiar a sus compañeros de tragedia, quien debe fungir como una luz intranquila. Su capacidad de ver cobra un significado existencial: sin ella la vida no puede continuar.

Al establecerla como heroína, Saramago se enfrenta a las religiones y mitologías de occidente, a las Evas y a las Pandoras, a las Liliths y a las Astartes de nuestro imaginario conocido. La mujer del médico logra vencer el pecado inherente en la mujer que plantean las religiones monoteístas y la forma en la que los griegos presentan a personajes como Pandora o Helena de Troya.  La mujer del médico es un heroína, se atreve a enfrentar al mundo, no carga en ella las culpas ni los terrores que la fe o la mitología imprimen en sus personajes femeninos. Este personaje tiene una fuerza distinta, la fuerza de su mirada que se impacta en la cruda realidad para retarla y reconfigurarla.

En uno de los episodios más conmovedores de la novela, los personajes encuentran agua. Luego de horas de angustia y de locura generalizada, por fin encuentran un instante de paz. En este momento de serenidad alguien propone brindar, el agua será entonces un elemento de unión y de reflexión sobre aquello que realmente vale la pena. En medio del caos, los personajes tienen el acierto de volver a lo esencial, a aquello que nos confirma como seres fraternales.

Nuestro país lleva mucho tiempo viviendo en una novela de José Saramago, el caos y el descontrol habitan nuestros pueblos y ciudades. La gente se siente agobiada por una realidad abrasiva que parece estar a punto de disolverlo todo. Hemos vivido pandemias, violencia, desapariciones, muertes, represión, tormentas, huracanes; el país parece estar tomado por los violentos. La escasez de gasolina, el robo a gran escala y la angustia que esto provoca sigue sólo la estela de maldad que vivimos en este país y en la civilización occidental.

En estos días que parecen salir directamente de la pluma de Saramago, nos haría bien volver a lo esencial. Al agua fresca, a la luz de la luna, a la música sabia, al rumor del río, a la brisa, a la mirada que descubre el mundo. La ceguera está al acecho.

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