Los japoneses: viejos y empobrecidos


Mientras se decide el ganador a corto plazo de la actual durísima guerra mundial entre globalistas y nacionalistas (a largo plazo es claro que alguna forma de globalismo, ojalá no totalitario como el globalismo actual, tendrá que imponerse, o la humanidad simplemente desaparecerá en un hongo nuclear... y me pregunto si alguien en la galaxia lo lamentará), han proliferado las supuestas “claves” del éxito de las naciones. Desde el remanido libro de Adam Smith (Una Investigación sobre la Naturaleza y Causas de la Riqueza de las Naciones, 1776), abundan las recetas.

Una de esas claves es la demografía: la cantidad de población, su distribución geográfica, su composición de edades, de sexos, de nivel educativo y laboral, de coherencia grupal, de valores sociales, políticos y religiosos, etc. Un caso dramático de todo esto es Japón (hay otros, típicamente Alemania, Suecia, etc., por algo receptores de la marea musulmana y norafricana): una población disciplinada, educada, homogénea, de primer mundo como reacción salvadora a las mega nalgadas de Hiroshima y Nagasaki... que se perfeccionó, se pulió y se refinó, pero no se renovó.

Japón tiene todo para el éxito. Bueno, “tenía”, antecopretérito del verbo “y tú que te creías el rey de todo el mundo”. Se dice que Brasil es el país del futuro y lo será siempre. En ese marco sarcástico, Japón es el país que fue el futuro. (Pero seamos realistas: todos los países, ciudades y barrios, como todos los individuos y todas las familias, oscilan permanentemente entre el presente, el pasado y el futuro: unos son, algunos fueron, otros serán y la mayoría ni son ni fueron ni serán en el porvenir visible. ¿O no se dice de la aristocracia potosina que ahí abundan los marqueses del Tubo, porque ya no tienen?).

Todavía recuerdo cuando los ingenuos temíamos que Japón se iba a tragar la enchilada completa: compraba todo (fue un asombro mundial la adquisición por Mitsubishi en 1989 del Rockefeller Center en Nueva York (por unos cómplices y prestanombres de don David Rockefeller, se dice ahora); el mejor hotel de México era el Nikko, hoy Hyatt Regency, etc.). Japón fabricaba todo, visitaba todo, exudaba dinero, su bolsa era explosiva (llegó a 40,000 puntos en 1989 y languidece desde entonces: escasamente ha superado los 20,000 puntos en estos 30 años, hoy anda en 20,400 y presume de muy recuperada). Sus bienes raíces eran, por mucho, los más costosos del planeta.

Todavía no se decía abiertamente que Japón ha sido desde 1942, por fuerza o por engaño, un país vasallo de EUA (leíste bien: 1942, Pearl Harbor, no Tokio 1945: Yamamoto, el bombardero de Pearl Harbor, estudió dos años en Harvard y fue agregado naval en Washington). Etc.

No hace tanto de todo ello: 30 años. Rusia (bueno, la Unión Soviética de Gorbachov) era un desastre quebrado financiera, tecnológica y políticamente; China era todavía una broma, y el presidente mexicano enviaba a sus hijos a un colegio japonés a prepararlos para conquistar la cima (me imagino que los hijos de esos hijos ahora están aprendiendo mandarín).

La edad se le vino encima

Como en la cansina canción de Alberto Cortés, ahora es precisamente la demografía la que ha puesto a Japón contra la pared (y no poco tendrán que ver los globalistas, que supuestamente exprimen sus dineros desde el infame yen-carry-trade hasta la extracción de su fondo postal). La población japonesa no se reproduce lo suficiente (y el modelo económico actual, insostenible, aunque los economistas no quieran aceptarlo, es de crecimiento infinito en un planeta finito), la pirámide de edades está de cabeza (menos jóvenes productivos y sanotes, más viejos improductivos y achacosos), y la inmigración es controlada a cuentagotas (lo cual, como todo en esta vida, es bueno y malo a la vez).

Las consecuencias son terribles. Leo. “La señora F tenía 84 años la primera vez que fue a prisión. ¿Su crimen? Hurto hormiga en una tienda. Robó un paquete de arroz, uno de fresas y una medicina para el resfriado. Se fue a la cárcel un par de años. Salió. De inmediato fue a otro supermercado y hurtó de nuevo, a la vista de las cámaras de vigilancia. La volvieron a mandar a prisión. Ahora tiene 89 años y cumple otra sentencia de dos años y medio.

“La señora F no es la única en esta extraña situación. Una de cada cinco mujeres presas en Japón es anciana, y casi todas han sido condenadas por delitos menores como el hurto hormiga. Las mujeres mayores en Japón son económicamente vulnerables. La mitad vive debajo del umbral de la pobreza. Muchas viven solas y no tienen a nadie que las atienda y cuide.

“Ergo, hay una tendencia creciente de que las mujeres mayores cometan delitos de forma deliberada, esperando ser atrapadas y enviadas a prisión, donde son alimentadas, vestidas, alojadas y su salud atendida por el estado. Es un lastimoso último recurso de bienestar que empeorará a medida que la población de Japón siga envejeciendo. También es un triste ejemplo de lo que sucede cuando la economía de una nación fracasa tras un boom artificial, explosivo e insostenible”.

¿Velada alusión a China, de explosivo crecimiento detonado por créditos masivos? Mmmm, ¿quién es libre de lanzar la primera piedra? ¿Qué país no está hundido hasta los ojos en deudas? La deuda de China es impagable, cierto, pero también lo es, y más aún, la de EUA y la de casi todos los demás países. La cifra global anda en 250 anglotrillones de dólares: $250,000,000,000,000.

Y deja tú que muchos deban esa montaña de dinero y la apunten en sus libros como pasivo; eso tiene solución gordiana: cortar de tajo y ya, borrón y cuenta nueva, jubileo universal. El problema grave es que muchos otros la consideran activo, parte de su riqueza, guardan en sus cajas fuertes esos papelitos (típicamente T-Bills) y confían que su futuro está blindado por esos “ahorros”. Y si aquellos deudores borran de sus libros sus deudas (lo que sin duda tendrán que hacer algún día) otros tantos ahorradores (como también les pasará) se verán de pronto encuerados en plena calle. 

Como los viejitos (y viejitas) japoneses.

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