Luchar a brazo partido


A mi abuelo le encantaba contar lo difícil que fue para él llegar a tener su tienda de abarrotes. Para hablar de sus esfuerzos, solía decir una y otra vez que nunca dejó de “luchar a brazo partido”, frase que siempre me resultó intrigante y que me hacía imaginarlo con el brazo colgando.

Cuando me atrapó la obsesión por conocer el pasado de las palabras, “luchar a brazo partido” fue una de las primeras frases de las que quise saber, y bueno... lo que encontré está aquí en esta historia.

Está en la naturaleza humana luchar unos contra otros. Las excusas sobran: un agravio, la disputa por una propiedad, los favores de una dama o simplemente por el placer de saberse más fuerte que otros. No pocas veces estos enfrentamientos han llevado a la muerte a los rijosos y, en otras, todo termina con unos dientes menos, unos ojos morados y unos labios reventados que duelen menos que los golpes en el orgullo del perdedor.

Para no llegar a daños mayores, en tiempos muy antiguos se inventó un tipo de lucha cuerpo a cuerpo que consistía en tomarse de los brazos y, con movimientos bruscos, tratar de derribar al contrario metiéndole una zancadilla. A este enfrentamiento lo llamaron “lucha a brazo partido”, nombre que pudo resultar de que, con frecuencia, alguno de los oponentes resultara con el brazo fracturado, como hoy suele pasar entre quienes juegan a “las vencidas” y “no dan su brazo a torcer” (otra expresión que ya se ha hecho metáfora). Aunque también cabe la posibilidad de que lo de “brazo partido” solo se refiera a la posición angular de los brazos, por no decir “brazos doblados”.

De la antigüedad de estas luchas, encontramos huella en un texto de 1438, escrito por Alfonso Martínez de Toledo. En castellano viejo se lee este párrafo: “Aquesta villana, de torno de brazos, con un gayón, de pura fuerza, la avré de derrocar. Cometióle, más no pudo algo en ella mellar. Provola con un desvío si pudiera con ella maestramente en tierra dar; quisiera a brazo partido algund tanto de la tentar con algund arte de pies, por se poder della honrrar; pero ya a mal nin a byen non la podía sobrar, nin lo peor que era, de sý desviar”.

Un par de siglos después, Miguel de Cervantes en la segunda parte de El Quijote también hizo referencia a esta lucha: “... viendo lo cual Sancho Panza, se puso en pie y, arremetiendo a su amo, se abrazó con él a brazo partido y, echándole una zancadilla, dio con él en el suelo boca arriba, púsole la rodilla derecha sobre el pecho y con las manos le tenía las manos, de modo que ni le dejaba rodear ni alentar”.

Sin duda, con este tipo de lucha no se pretendía ocasionar daños mayores al oponente, por eso Gonzalo Correas, en 1627, escribió esta curiosa definición: “A brazo partido. Ansí se hacen los que luchan en paz”. Además, el primer diccionario, el de 1726, daba esta definición: “A brazo partido: phrase adverbial que denota el modo de contender, luchar y batallar uno con otro, con los brazos, igualmente y sin otras armas ofensivas”.

De la intensidad con que seguramente se enfrentaban estas luchas, quedó que, cuando enfrentamos con entereza una lucha contra una situación difícil, por metáfora digamos que luchamos a brazo partido. Así como, mientras pudo, luchó mi abuelo para tener y mantener su tienda de abarrotes.

cayoelveinte@hotmail.com

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