México y la indigna vejez


"Existen poco más de 7 millones de mexicanos mayores de 60 años, pero esa cifra va en aumento y esa transición demográfica hacia el envejecimiento poblacional en el país obliga a mover las estrategias en materia de empleo, pensiones, jubilaciones y seguridad social".

No hace muchos años, los viejitos gozaban de su retiro viendo TV en la sala de la casa, bajo la sombra de un gran árbol en el patio, en una mecedora en la acera frente a su casa, viendo jugar a los chiquillos del barrio, en la banca de la plaza de la colonia o en la Alameda, conviviendo y compartiendo recuerdos con otros amigos de su camada.

Para matar el tiempo escuchaban música de tríos, danzones, leían algún libro, el periódico completo –incluidos los avisos de ocasión y la cartelera de cine– , veían alguna película de Pedro Armendáriz en riguroso blanco y negro y por ahí escapaban al caer la noche a jugar un dominó con el vecino o compadre.  

Hoy es impensable quedarse a gozar de la vejez en casa viviendo de recuerdos. Los hombres mayores de 60 años deben "corretear la chuleta" porque la pensión que reciben tras su jubilación apenas rebasa los $1,000 pesos mensuales.

Esta pensión es insuficiente cuando se trata de cubrir gastos primarios, básicos como son alimentación, renta, pagos de servicios como agua, luz, gas, impuesto predial y transporte.

Ya no digamos comprarse sus zapatos, ropa, ir al cine o tomarse un café con una pieza de pan en el AL, el Palax o el Manolín.  

En este tiempo, de hecho, ya ni se les puede llamar viejitos o ancianos. Se les llama "personas de la tercera edad", o "adultos mayores", pero cambiarles la denominación no determina un respeto para brindarles una vida digna.

Los señores sesentaytantos deben guardar su dignidad en lo más recóndito de sus ser, vestir de pantalón color caqui y camisa blanca, como en la secundaria otra vez, para empacar el "mandado" de los clientes en los supermercados.

Antes eran chicos los que ocupaban para esa labor, les llamaban paqueteritos o "cerillos", pero hoy casi no existen más. Son los abuelos que deben dejar su merecido descanso para ir a ganarse el pan, empacándole el suyo a un ama de casa y rogando porque se conmueva y le regale unas monedas para completar para el gasto. 

Y los ves también vendiendo tiendas, elotes, dulces, paletas, de guardias en las tiendas, de "viene-viene" en los estacionamientos o en las calles, lavacoches o taxistas, compitiendo en desigualdad de circunstancias con la fuerza laboral tradicional.   

México vive una dinámica de envejecimiento acelerado de su población y es obvio que se necesita hacer algo. 

Una proyección de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) pinta un escenario preocupante. A partir de 2020, más del 10% de los mexicanos tendrá una edad superior a los 65 años. En la actualidad, casi 7 millones de personas se encuentran en dicho rango, 10 millones habrá dentro de cinco años y 23 millones se estima que serán los "los viejos" en 2050.  

Para este Vigía, el diagnóstico no sería tan dramático si el país estuviera en condiciones de amortiguar semejante contrapeso poblacional. 

Si las políticas públicas no se fortalecen en torno a la vejez –urgen más programas de empleo para adultos mayores, infraestructura hospitalaria y amplios presupuestos para abastecer de medicina, entre otros detalles– este fenómeno social podría ser devastador para el país en menos tiempo de lo previsto.

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