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Mi compañero del 3-A desayunó ayer con quien le ganó en las elecciones


Traía bigote y barba; para como se le ve usualmente, vestía un tanto informal: camisa blanca, saco sport, pantalón negro, y buscó la forma de pasar desapercibido. Su pelo, más largo que de costumbre. Pero era él. Iba solo y contra lo habitual, no viajaba en los asientos traseros de aquel avión que salía del Aeropuerto Internacional "Adolfo López Mateos".

Fue de los últimos en subir. De hecho, no recuerdo haberlo visto en la sala de última espera antes del abordaje. Sí saludó a algunas personas, pero clarito me di cuenta de que no quería detenerse para platicar con nadie. Con gesto amable rechazó las clásicas selfies que algunos despistados le pidieron y bien metido en sí mismo, se fue a sentar al 3-A que le tocó de cara a la ventanilla.

Y como yo ya estaba bien apoltronado en mi 3-B, en seguida les platico:

Al levantarme para que pasara, pronunció un casi imperceptible "gracias" y, del portafolio muy ligero que llevaba, sacó algo así como una carpeta y se puso a leer, mucho antes del despegue.

No pronunció palabra alguna ni cuando la sobrecargo le ofreció el desayuno; con un gesto –también muy cortés, acompañado de una sonrisa– le hizo saber que no y tras bajar la persiana de su ventana, se concentró en la lectura.

Lo pensé dos veces, nomás dos, antes de animarme a dirigirle la palabra. Tuve tiempo para observarlo de reojo, sin darme a notar,  tal como me enseñaron a hacerlo mis maestros en mis años del periódico y me di cuenta de cómo lo vivido durante el último año se refleja en una persona, principalmente en la expresión de su cara.

Abstraído en su lectura, fue difícil verle a los ojos, pero cuando finalmente me dirigí a él de "usted" y hablándole por su nombre, pude ver en segundos en aquella mirada, el fragor de los largos meses de una batalla que duró –quizá– más tiempo del que él hubiera querido.

Lo primero que le escuché fue: "muy bien, ¿y usted?", a mi pregunta de "¿cómo está, doctor...?"

Luego, las preguntas abreviadas, más por el respeto a su deseo de viajar discretamente, que por la duración del vuelo.

Y para poner a prueba la atención de mis amables y pacientes dos lectores, voy a presentar aquí primero las respuestas y luego las preguntas. A esto –los que saben– le llaman, pensamiento disruptivo o "pensar y actuar out of the box":

"¿Sabe usted que fui el primero en marcarle para felicitarlo? Bueno, eso fue lo que él me dijo. Tal vez no fue así, pero eso le escuché cuando hablamos por teléfono. También me dijo que uno de estos días ya pasando lo que se venía, hasta podríamos irnos a comer por ahí", respondió el doctor a mi pregunta de si ya había hablado con él.

"Lo que ocurrió en todo este tiempo, ya es historia. Ahora lo que importa, lo que interesa, la prioridad, es que al país le vaya bien", contestó a mi pregunta acerca de lo que pensaba en esta nueva etapa de su vida.

"Estoy seguro de que le va a ir bien, tiene todo para lograrlo; casi al terminar mi conversación telefónica con él le deseé la mejor de las suertes", respondió cuando le pregunté cuál era su deseo ante el gran reto que le espera a partir del 1 de diciembre.

"Lleno de proyectos, con muchas alternativas interesantes que hay qué analizar y con una familia y unos amigos a los que tengo más cerca que nunca", fue lo último que me dijo, antes de mandarme la señal internacional de "ya estuvo bueno", que consiste en ajustarse los inexistentes anteojos ante el escrito que se abre de nuevo en las manos.

Me pareció el mismo hombre bueno que tantas veces vi por televisión; ahora, con una expresión que acentuó aún más esa percepción que de él tuve a lo lejos.

En corto, sentí como una respiración de paz al otro lado de mi 3-B. Algo así como qué bien que "todo aquello ya pasó".

Mi compañero de asiento era –por mucho– la mejor opción, de no haber sido por todo el lastre que traía detrás de él. Dejó de ser "él", cuando el nefasto dedo ungidor lo convirtió en candidato de un partido hoy hecho trizas. 

De haber ido solo, sin colores partidistas, hubiera resultado la mejor alternativa realmente independiente, muy lejos del denigrante rol que jugaron el Jaguar y el "Bronco", que arruinaron con su infausto proceder esa alternativa que se nos abría como una esperanza.  

De haber corrido solo, tal vez ahora estaríamos ante un escenario político muy diferente al que nos aprestamos a vivir durante los próximos seis años.

Ahora que me entero de que mi compañero de viaje fue recibido ayer por quien le ganó la elección, pienso que éste último tiene mucha razón y espero que haya sido sincero cuando declaró públicamente, que el invitado a esa su casa, es un hombre decente, bueno y honorable.

Por primera vez en mucho tiempo, coincido con él y me uno a su deseo –que también espero sea sincero– de unirnos en busca de una reconciliación, con una salvedad: podemos reconciliarnos, sí, pero si ese esfuerzo no apunta hacia el bien y la mejora de México, de muy poco va a servir.

CAJÓN DE SASTRE:

1.- Este artículo comencé a escribirlo el viernes 27 de julio, pero por el efecto Bartlett que avasalló mis entregas de estos días, se quedó enlatado hasta ayer, que me enteré de la reunión entre los dos personajes de esta historia.

Al saberlo, la mordaz e irónica de mi Gaby nomás me dijo: "ándale, quién te manda".

2.- En el mismo vuelo viajaba la socialdemócrata Denise Dresser. Ni cuenta se dio de mi compañero de asiento. Con ella sí me tomé una selfie, pero ésa, ésa es otra historia que luego les platico...

placido.garza@gmail.com





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