Mi día sin auto 2016


Esta semana se celebra la Semana de la Movilidad en cuando menos 2,444 ciudades del mundo (http://bit.ly/1qy5sad). En América Latina lo celebran cuando menos 42 ciudades y en México sólo se registraron tres. Uno de los eventos estrella es el Día Sin Auto, que se celebra en la mayor parte de las ciudades el día 22 de septiembre, ayer.

¿Por qué es importante está celebración? Tiene un poderoso efecto lúdico y de posicionamiento en la agenda de la sociedad civil y, en algunos casos, en la gubernamental. Pero, además de eso, bueno por sí solo, ayuda a visibilizar las razones que le dieron origen: sustentabilidad, economía de las ciudades, entornos saludables e incluso equidad.

¿Equidad? Por supuesto, la movilidad o su carencia, es un fenómeno transversal que impacta poderosamente los segmentos de la sociedad con menos ingresos, los que viven en las periferias, en espacios inaccesibles. Los más afectados por la ausencia o carencia de servicios para la movilidad son los más pobres, los que se ubican en la franja de pobreza o pobreza extrema. En Nuevo León eso significa por ahí del 20 % de toda la población, entre 800 y 1,000,000 de habitantes. Por definición, el ingreso de las personas en estos segmentos no es suficiente para sus necesidades básicas, así que moverse es un impulso por alimento, trabajo, servicios de salud, etc. Si no se pueden mover se condenan a espacios reducidos, sin oportunidades ni servicios.

Pero ¿se pueden mover en una ciudad hecha para los autos y con servicios de transporte público en donde prima la rentabilidad de los prestadores? ¿Se puede vivir sin automóvil?

Vivo en Monterrey (México). Monterrey es en realidad un conjunto de municipios, todos tienen baja densidad y usos de suelo desagregados; el espacio “urbano” es muy extenso (70 km x 40 km aprox.) y tiene casi 2 millones de autos registrados. El servicio de transporte público tienen amplia cobertura (más del 95%) y una política tarifaria alcista. El resultado: la partición modal ha estado en franca caída desde hace 30 años y en 2016 el transporte público se ubicó con una participación del 33 por ciento.

Para tratar de responder a la pregunta ¿se puede vivir sin auto?, comparto mi experiencia del día sin auto 2016.

Salgo de casa a las 7:45 a.m., en bicicleta, en 15 min. recorro 3 km. Espero tres minutos para abordar el bus de Ecovía (es un Bus Rapid Transit) y viajo ocho minutos, bajo y camino 100 m, espero cinco minutos y a bordo un minibús del sistema tradicional (ruta 326), en este caso el recorrido es de 6 km y dura 15 minutos (a pesar de que utilizo Moovit me equivoque y debo tomar un taxi, Uber), otros 3 km y ocho minutos y finalmente llego a mi primer destino: 54 minutos de casa a mi primer destino.

El segundo viaje del día inicia a media mañana, elijo hacerlo en Uber y resulta que el conductor es un amigo muy distinguido (PhD en Biología Molecular por la Universidad de Texas), el recorrido es de 16 km y tiene un tiempo de viaje de 22 minutos.

En el siguiente tramo aprovecho y hago raid (carpool con un amigo), 14 km y 21 minutos. Hora de lunch. Otra vez Uber, 12 km y 22 minutos; luego otro Uber con distancia de recorrido de 19 km y 29 minutos.

Este último tramo me lleva a la estación Terminal de Carga de Ecovía, ahí recojo la bicicleta y pedaleo 3 km (15 minutos) para llegar a casa... son casi las 9 de la noche.

En el resumen del día: 9 segmentos de viaje, 2 horas con 40 minutos en traslado o espera y 89 km. Tiempo medio por segmento de viaje de 18 minutos, más o menos 9.9 km por segmento.

¿El costo? Sólo lo que salió del bolsillo, sin considerar el valor del tiempo, $334 pesos (USD$17). ¿Es poco o es mucho? Bueno, depende, esa cifra equivale a 4.5 salarios mínimos de 2016. ¿Cuántas personas del área metropolitana de Monterrey podrían gastar esa cantidad todos los días? Me considero afortunado, ese día tuve el dinero para pagarlo, y evité un buen número de segmentos de viaje en transporte público (>60 minutos tiempo medio de viaje).

¿Se puede vivir sin auto? Con la política de provisión de infraestructura para los autos y pocos y malos servicios en medios sustentables no, sólo se sobrevive.

La vida de los que menos tienen se ve fuertemente limitada, sus movimientos se restringen a las distancias posibles en caminata y por la cantidad que pueden destinar para comprar boletos de transporte público. Por ende, alcanzar el goce de derechos plenamente reconocidos (educación, salud, trabajo, entre otros) queda en entredicho y, por supuesto, también la posibilidad de movilidad social, la posibilidad de que dejen la franja de pobreza. De ahí la idea del derecho a la movilidad, un derecho instrumental, y de ahí el argumento para que los municipios intervengan en la producción de servicios para la movilidad sustentables: transporte público y medios no motorizados. Si tienen o no la competencia para hacerlo, es irrelevante. Es un imperativo moral crear las condiciones para que los más pobres puedan transitar a una vida más digna y productiva.



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