Mi ego y yo


La única ocasión en que hablar de mí sea en forma de tercera persona en que no hay signos de una patología es para ilustrar algo en un artículo útil para el prójimo, creo...

Hace unos días me reuní con un compañero del Seminario, con quien no había vuelto a conversar desde hace unos quince años. Durante la conversación, que resultó por demás provechosa, surgió la reflexión de la importancia que tienen las emociones en la memoria de las personas. Me explicaba, ante mi selectiva pérdida de memoria, que cuando una persona tiene una forma de ser poco afectiva, "seca" y poco emotiva, era probable que la capacidad de recordar cosas del pasado se encontrara disminuida porque las emociones juegan un papel de "fijador" de la impresión de los recuerdos en la memoria. Así que, a mayor dosis de emoción experimentada en un suceso o experiencia, mayor será la fijación de éste en nuestra memoria. Me hizo mucho sentido y me dejó una grandiosa oportunidad para seguir trabajando en la construcción de mi mejor versión, tarea titánica que parece no tener fin luego de cincuenta años de iniciada y de la brecha que se ve hasta poder completarla. Hace poco tuve un incidente que estuvo lleno de emoción, desafortunadamente negativa, que se quedó en mi memoria como impresión clara y vívida. Aquel suceso fue desagradable y sucedió cuando una persona se dirigió a mí con prepotencia y altanería, cualidades muy frecuentes en nuestra sociedad regia que yo no recuerdo con tanta claridad en mis años de juventud pero que hoy veo en muchas ocasiones, demasiadas tal vez, en las interacciones que puedo observar entre personas que coinciden en algún ámbito social, laboral o educativo tal vez. El hombre me había confundido con un trabajador de una obra en la que yo me encontraba para supervisarla y recibirla luego de que ésta finalizara y los trabajos quedaran a mi entera satisfacción. Su Ego se había posado por encima de nuestra coincidencia y parecía reclamar un territorio frente al mío, que luego de un pequeño estímulo, salía en defensa de su dignidad con reprimida emoción. Pasado el episodio me encontré con la oportunidad de aprender de aquello y de lo que había sentido. Sin duda no comparto la forma de aquel hombre al dirigirse a un aparente trabajador porque en mi opinión no es respetuosa y parte desde una postura prepotente, de superioridad y de dominio que nadie tiene simplemente porque compartimos la misma esencia y la misma dignidad. Sin embargo, la realidad que vivimos es distante a ese pensamiento idealista y se vuelve una utopía la idea de esperar que todos los seres humanos nos veamos como lo que somos, iguales en dignidad y esencia a pesar de las diferencias de rasgos, de origen étnico, cultural, socioeconómico, geopolítico, religioso, filosófico, de creencia, de configuración biológica, de capacidades. El origen de las guerras y de los conflictos a cualquier escala está en la soberbia y el EGO que dan sustento a las demás emociones y percepciones orientadas a buscar el bien de uno mismo por encima del bien común. No puedo controlar el ego de los demás pero sí puedo controlar y gobernar el mío. Si parto de la idea de que somos iguales en esencia y dignidad, que merezco lo mismo que todos, lo que tal vez sea nada, y que es importante que todos estemos bien y que además no debo buscar mi beneficio por encima del de los demás, seguramente el conflicto existente y potencial se verá disminuido y los problemas tendrán soluciones más simples y benéficas. Me pregunto ¿cuántos de los problemas y conflictos que enfrento en mi vida cotidiana se alimentan de la soberbia y de los egos de los involucrados? Esta pregunta estimulante de la reflexión deriva en un ejercicio epifánico e inspirador que recomiendo que hagamos con regularidad como parte de la higiene mental y espiritual básica de los seres humanos. La mejor actitud en nuestra sociedad sería una parecida al escenario de vernos juntos para sentarnos a dialogar en nuestras diferencias, buscando las cosas trascendentes que una copa de un buen tinto nos ayudaran a evocar y a lubricar en nuestras mentes y nuestros espíritus al poder coincidir aquí y ahora o entonces, en una coincidencia de emociones que nos hagan capaces de resolver lo que haya que resolver resultando en una mejor situación para todos, sin altanerías, desprecios, discriminaciones egocéntricas pero con una dosis de inclusión, de tolerancia, de disfrute de la diversidad y las diferencias complementarias.

Armando Arias Hernández es Licenciado en Ciencias de la Información y Comunicación, estudió una Maestría en Desarrollo Organizacional en la UDEM y se desempeña como conferencista y consultor de negocios PYME. aarias@desarrollarte.com.mx / www.desarrollarte.com.mx / Twitter: @amicusarias


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