Mover la historia


El pasado domingo, nuestro país experimentó una aceleración en su progresión histórica que, en términos generales, coloca nuevamente al votante en un sitio privilegiado del acontecer nacional. La voz de las mayorías fue clara y contundente: el modelo elegido en los últimos sexenios ha fracasado estrepitosamente.

Lo valioso de este proceso electoral no radica exclusivamente en la figura del ganador de la elección, sino en la ciudadanía que se lanzó a las calles para tomar en sus manos el derecho a relanzar la historia con su voto. Ese ejercicio democrático, impensable hace algunos años, es ahora posible. El ciudadano tomó en sus manos la posibilidad de generar nuevas atmósferas políticas y ha sido capaz de redirigir el rumbo de todo un país; si consideramos la historia electoral reciente, lo que hemos vivido demuestra que la sociedad civil está lista para la madurez política. El voto, a partir de hoy, podrá interpretarse como una herramienta de los pueblos y no como un botín político. Así, los diferentes actores sociales, las comunidades rurales, los trabajadores y los obreros,  las partes menos favorecidas de la sociedad podrán utilizar las urnas como una forma de visibilidad social, como una plataforma de lanzamiento en la que pueda reclamar lo que históricamente les pertenece. Esta herramienta de la voluntad de los pueblos debe defenderse de todo aquel que quiera hacer un uso miserable de esta parte sagrada las sociedades contemporáneas. 

En contraparte, quienes ha defraudado notablemente han sido los partidos políticos, es obvio que, a todas luces, no están a la altura de este momento histórico. Hemos sido testigos de candidatos de un nivel lamentable, los debates han arrojado esperpentos mediáticos que  generaron la burla y el rechazo de los votantes. Afortunadamente, y después de la participación que experimentamos, los partidos tendrán que reformarse a fondo si no quieren acabar sepultados por una marea de lucidez democrática que ya se presiente en el horizonte.  Hemos tenido que educarnos a nosotros mismo después de muchos ejercicios fallidos, es momento de poner en su sitio a todos aquellos candidatos que falten el respeto intelectual a los votantes. Son los pueblos y no los partidos los que mueven la historia.

Ante el desamparo que significaron las propuestas políticas, el ciudadano ha entendido que sólo nos tenemos a nosotros mismos, que en la fila de la casilla estaba aquel que le ayudó a salir de entre los escombros en el terremoto del 19S, o quien que le ayudó a reconstruir su casa después del huracán "Alex", que en la fila para votar estaba la madre que busca a su hija desaparecida y la luchadora por los derechos de los animales. El tejido social empezará a restablecerse desde las comunidades, esas mismas comunidades que hoy decidieron el futuro del país; si somos constantes, podremos decir que en México habrá llegado por fin la hora de los ciudadanos, y que estos ciudadanos han logrado situarse por encima de sus instituciones. Sólo así lograremos superar la tremenda oscuridad que nos circunda. 

No es el momento de "me dueles México", es el tiempo de reflexionar sobre el poder de la persona que logró ejercer sus posibilidades democráticas, del que aprendió a hacer uso de su derecho a mover la historia. A medida que esto penetre en la conciencia colectiva, asistiremos a un verdadero renacimiento social.

Hoy, México se coloca en el centro del debate mundial por su capacidad para organizar unas elecciones gigantescas, por el alto nivel de participación, y también, por qué no decirlo, porque el triunfador de las elección representa un giro hacia la izquierda que es bien recibido por las partes menos favorecidas de la sociedad tanto en el contexto nacional como internacional. Durante los últimos sexenios nuestro país fue sinónimo de horror y de muerte. Si bien, es cierto que parece imposible que esto se revierta en tan sólo seis años, ahora se habla de nuestro país gracias a que la ciudadanía ha salido a la calle a expresar su voluntad y esto es un inicio alentador. Es momento de despedir a uno de los gobiernos más nocivos de nuestra historia y de exigir nuestro derecho a un mejor país desde el primer día del nuevo mandato. 

Parafraseando a Mahatma Gandhi, México ha demostrado un principio imperdible para las sociedades de hoy: no hay camino para la democracia, la democracia es el camino.


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