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Ingeniero, ¿podría usted decir que uno de los problemas más serios que tenemos en nuestra vida comunitaria es la pérdida de valores que ha generado una cultura de corrupción en muchas de nuestras organizaciones y gobiernos? Así de sopetón me preguntó un exalumno vía el nuevo medio de comunicación, el Internet.

Al reflexionar sobre tu pregunta, le respondí a mi exalumno, vino a mi mente un artículo que escribí hace tiempo y que titulé: ¿Adiós a las virtudes?

Escribí en ese mensaje que cada vez con más frecuencia se escuchan comentarios relacionados con la pérdida, ausencia, degradación o deterioro de los valores personales, familiares y comunitarios, y que se reflejan en conductas que la comunidad reprueba: asaltos, secuestros, robos, violencia –personal, intrafamiliar y comunitaria–, drogadicción, narcotráfico, corrupción y corrimiento de los límites permitidos en nuestro actuar.

En ese tiempo me pregunté , ¿qué induce a tener esas conductas que la comunidad reprueba? Yo creo que cuando los niños y las niñas nacen, ninguno lo hace con su futuro ya definido, nadie nace predestinado a ser malo o bueno, a ser educado, a ser analfabeta, a casarse, a ser emprendedor, o un maleante o drogadicto.

Creo también que el medioambiente en el que se nace y se vive, de los padres de quienes se nace, de su nivel educativo y su esfuerzo o su falta de esfuerzo en hacernos hombres y mujeres de bien, nos afecta mucho, para bien o para mal.

Para mí es claro que si se nace en un ambiente en el que impera la pobreza, la ignorancia, la insalubridad, la inseguridad, la violencia intrafamiliar y el consumo de sustancias prohibidas, la posibilidad de seguir "el mal camino" es altísima.

Desde luego, siempre han habido circunstancias que influyen negativamente en el comportamiento de las personas, basta incursionar en los reportes históricos de los malos comportamientos para darnos cuenta que "la maldad" ha perdurado al paso del tiempo, aunque las herramientas que usa sí han mejorado mucho al paso del tiempo. No es lo mismo agredir con una piedra que con una pistola, una granada o una AK-47.

Comenté en el mensaje una pregunta de un exalumno: ¿qué ocurría en sus años de escuela cuando dos niños pactaban tener un pleito fuera de la escuela, o qué hacían cuando sonaba el timbre de salida, o cuando la maestra era interrumpida por las burlas del "payaso del salón", o cuando al niño nuevo del salón el malo le decía prieto, porque venía del sur del país?

Sin esperar mi respuesta, un amigo profesor me dice: en un mensaje que recibí por Internet dicen que en el caso del pleito no pasaba nada, se juntaba un buen grupo de espectadores, eso sí, todos compañeros de los peleoneros, ellos sólo se empujaban y se mojaban la oreja o se lanzaban retos, a lo más se escupían el uno al otro.  

Pero al día siguiente se les veía jugando juntos de nuevo, como si nada hubiera pasado. La salida de clases era libre, salíamos, comprábamos una paleta de hielo y caminábamos rumbo a casa, jugando y platicando con los compañeros del rumbo. Cuando un alumno interrumpía a la maestra, lo dejaba castigado en un rincón y a la hora de salida ella le decía a la mamá lo que había pasado, la mamá lo regañaba y lo dejaban sin domingo por un par de semanas. Y santo remedio, se acababan las burlas en el salón.

Cuando un alumno se burlaba de un compañero, la profesora lo paraba enfrente del salón para que pidiera disculpas a su compañero y le encargaba de tarea tres planas con la frase: "debo de respetar a mis compañeros de clase" y le pedían que las planas las firmara la mamá.

La reflexión anterior me recordó un mensaje del buen agricultor: "no son las malas hierbas las que ahogan la buena semilla, sino la negligencia del agricultor". No son las malas influencias las que ahogan a un buen hijo, sino la negligencia de los papás y el mal o buen ejemplo que les damos.


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