No culpes a la noche


De los secretos que guarda el lenguaje, hay algunos en verdad enigmáticos, a grado tal que nos parecen vestigios de antiguos cultos esotéricos. De uno de ellos, hace algunas semanas escribió Armando Fuentes Aguirre, mejor conocido como Catón. Con su fino estilo, presentó a sus lectores una extraña relación entre la “noche” y el “ocho”:

“Entiendo que en matemáticas la letra ‘n’ sirve para indicar un número indeterminado. Y entiendo también que el número 8, acostado (¿podrá usarse en matemáticas el término “acostado”?), simboliza el infinito. Veamos cómo se dice “noche” en varias lenguas. Alemán: Nacht. (N más achte, que es 8). Español: Noche. (N más oche, que suena como 8). Francés: Nuit. (N más huit, que es 8). Inglés: Night. (N más las últimas letras de eight, que es 8). Italiano: Notte. (N más otte, parecido a otto, que es 8). Portugués: Noite. (N más oite, muy cercano a oito, que es 8)”.

Luego, Catón cerró su nota con esta conclusión: “Me pregunto entonces si la noche es un indeterminado territorio que anuncia lo infinito. Todas las palabras guardan un secreto. La palabra ‘noche’ guarda muchos”.

Visto así, a bote pronto pareciera que diferentes lenguas han guardado la extraña ecuación “Noche = N+ocho”, que no deja de ser una curiosidad inquietante. Pero, antes de echarle culpas a la noche, vamos a ver qué podemos encontrar.

Vale decir que no estamos ante un nuevo hallazgo. Ya en la primera mitad del Siglo XX, diversos autores europeos hicieron notar esta extraña relación entre ”noche” y “ocho”. Toca ahora dar una explicación racional a este enigma.

Primero diremos que este par de palabras existe desde hace miles de años en primitivas presentaciones. Para no ir muy lejos, en latín eran “noctem” y “octo”, y la única relación que tenían era cierto parecido fonético producto de la casualidad (‘n-octem’, ‘octo’). Luego, la evolución de estas palabras en cada región siguió el mismo patrón (leyes fonéticas, dicen los lingüistas). Por ejemplo: En la península Ibérica los hablantes cambiaron “ct” por “ch”. Así, “noctem” pasó primero a ser “nocte” y luego “noche”; mientras que “octo” se dijo “ocho”. Para que se vea más clara la regularidad, fue lo mismo que le pasó a “pectum” que fue primero “pecto” y al final “pecho”.

Lo que pasó fue que, en cada lengua, ambas palabras sufrieron cambios similares. En otro ejemplo: en francés “noctem” se dijo “noit” y luego “nuit”, y “octo” se dijo “oit” y luego “uit” (hoy se escribe “huit”). Análisis similar podríamos hacer para cada una de las lenguas aludidas, pero este espacio no da para más.

Dejémoslo en que cada grupo de hablantes tiene su propia forma de “echar a perder” las palabras, pero eso sí, lo hace siguiendo ciertos patrones. Por eso no es raro que cada lengua diera formas semejantes a las palabras “noche” y “ocho”, que ya traían un parecido de origen, creando así la ilusión de esa misteriosa ecuación “Noche=N+ocho”.

Y para demostrar que esta rareza no es tal, podemos citar otro ejemplo que también nos puede sorprender si nos agarra descuidados: Las palabras “nueve” y “nuevo”, que en francés son “neuf” y “neuf”; en italiano “novo” y “nuovo”; en alemán “neun” y “neu” y por ahí otras lenguas se apuntan en este curioso parecido que nos puede hacer pensar que “el nueve es el guardián de los misterios de lo nuevo” o cosas así. Pero no, sólo son dos palabras que por casualidad nacieron parecidas y fueron deformadas siguiendo las mismas regularidades en las diferentes lenguas.

Sin duda, el lenguaje es misterioso y guarda muchos secretos, pero al menos de los que aquí se han comentado, ya dimos suficientes argumentos para que... no culpes a la noche.

cayoelveinte@hotmail.com

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