´No temas, basta con que tengas fe´


Vemos en el Evangelio de este fin de semana escenas muy hermosas. Una mujer enferma, una niña muerta, hombres desconsolados y abatidos por el dolor, familias desconsoladas por la muerte, etc. Jesús llega, se pone delante de estos sucesos que son oscuros y misteriosos, los transforma. Una palabra de Jesús está por encima de los peores momentos de nuestra vida. La fe viene a sostenernos en las peores circunstancias y a fortalecernos en las mejores. Hagamos la experiencia de sentir la potencia interior de la fe en Dios. Vemos como la incapacidad de los médicos para curar a una mujer enferma responde a la fuerza curativa de la fe en Jesús; a la potencia de la muerte que se ha impuesto a la vida de la hija de Jairo responde a un poder mayor de Jesús para volverla a la vida en virtud de la fe. 

Estos dos ejemplos evangélicos evidencian que Dios no ha creado la muerte, sino que Él es El Señor de la Vida y tiene, por tanto, poder sobre la misma muerte. La fuerza de la fe y el poder de Dios se manifiestan en la vida de los cristianos, gracias a la potencia de la fe somos capaces de superar barreras étnicas y culturales, mentales y políticas, y poder expresar nuestra caridad fraterna a los demás como los primeros cristianos. La norma más hermosa la transmite Jesús con su ejemplo y los apóstoles en su predicación: el amor, la paz, la sanación, la caridad.

Algunos aspectos para nuestra reflexión:

La fe vence a la muerte. El poder de la muerte es universal. Es un poder inquietante, suscita preocupación, angustia. Es un grande interrogante clavado en el corazón de la historia: ¿Quiere Dios la muerte del hombre? ¿Tiene la muerte la última palabra? ¿Tiene algún sentido el morir? Vemos hoy una respuesta muy clara, el amor de Dios hacia nosotros es contundente y más poderoso que cualquier sombra de tiniebla, dolor, enfermedad o destrucción. La carga de angustia, de desesperación, de nihilismo que la muerte trae sobre nuestros hombros, proviene del enemigo de Dios y del hombre, del enemigo de la vida, que es el demonio. El hombre ha sido creado a imagen de Dios, Señor de la vida; por ello, el hombre ha sido creado para la vida, no para la muerte; ha sido hecho inmortal, como el mismo Dios. Quien cree en Dios, Señor de la vida, cree en su poder y en la victoria de la vida sobre la muerte. La potencia de la vida sobre la enfermedad y sobre la muerte encuentra dos ejemplos en el poder de la fe tanto de la hemorroísa como de Jairo.

Impotencia de los hombres y poder de la fe. El Evangelio presenta un altísimo contraste entre la incapacidad humana ante la enfermedad y la muerte, por un lado, y por otro la fuerza impresionante de la fe. La hemorroísa llevaba doce años enferma, una enfermedad de esterilidad, terrible para una mujer en tiempos de Jesús. Había recurrido a todos los medios humanos, pero todos habían resultado un fracaso. No sólo no mejoró, sino que había empeorado. La mujer, en su trágica situación, está desesperada. La incapacidad humana es manifiesta. La única actitud ante tal incapacidad es la fe. Lo que el hombre, con todos sus medios, no puede hacer, lo puede lograr el poder de la fe. Con esta convicción se acerca a Jesús, le toca con la mano y con la fe, y queda curada. A Jairo le sucede lo mismo. Su hija ha muerto. Ya no hay remedio: la muerte ha vencido. No pertenece a la experiencia humana el poder volver a la vida. Pero la fe es más fuerte que la muerte. Y por eso Jesús dirá a Jairo: "No temas. Basta con que tengas fe". Y Jairo con la fe dio por segunda vez la vida a su hija. Excelentes ejemplos para nosotros, hombres de tiempos salpicados de pesimismos y negativismo, de la fuerza de la fe.

El poder de la fe se llama caridad. La segunda lectura nos habla de la colecta organizada por Pablo en algunas de las comunidades por él fundadas en favor de los hermanos necesitados de Judea. La colecta muestra el poder de la fe. Pablo y los cristianos, provenientes del mundo greco-romano, tienen que vencer prejuicios raciales muy poderosos; tienen que superar un cierto antisemitismo existente ya en la cultura helenística; tienen que sobreponerse sobre todo a obstáculos culturales: mentalidad cerrada de los cristianos de Judea, idea de que todos tienen que ser como ellos, si quieren ser auténticos cristianos. El poder de la fe en Cristo Señor se impone sobre todos estos aspectos, y empuja a los cristianos gentiles a un gesto extraordinario de caridad, porque todos somos hermanos en Cristo, y nos debemos ayudar unos a otros.

La fe logra milagros. Ciertamente, la fe en Jesucristo y en las verdades que Él nos propone para creer. Pero, de modo especial, la fe como confianza y abandono en el poder de Jesucristo. No pensemos que el poder de la fe es algo del pasado, de tiempos oscuros donde la fe, la superstición y la irracionalidad caminaban al mismo paso y en mezcolanza. El poder de la fe no está limitado ni en el espacio ni en el tiempo; tampoco está limitado por el cuerpo o por el alma. El poder de la fe es total. Hoy sigue habiendo milagros, y milagros frecuentes, en gente que con una fe inmensa pide a Dios, por intercesión de la Virgen Santísima o de algún santo, la curación del cuerpo o la del alma. Y si la fe es tan poderosa, ¿por qué los hombres, en muchas ocasiones, tenemos tan poca fe? ¿Qué miedos hay agazapados en nuestro espíritu que nos impiden esa fe gigantesca capaz de hacer florecer el milagro, en el desierto de un mundo quizá excesivamente racional? 

La fe actúa mediante la caridad. La fe crea la solidaridad. Gracias a Dios, en la conciencia colectiva de nuestro tiempo, hay una sensibilidad mayor para con las necesidades de nuestros hermanos cristianos, y de todos los hombres. San Pablo ofrece el fundamento de todo amor en el ejemplo de amor para con nosotros por parte de Cristo, quien por nosotros se hizo pobre, siendo rico, para que fuéramos enriquecidos con su pobreza. Cristo elige la pobreza de la existencia humana, para trocar en la riqueza eterna de la salvación la pobreza de todos aquellos por cuyo amor se hizo pobre. Si su pobreza enriqueció a los corintios y al mundo entero, también ahora aquellos que han sido ampliamente beneficiados deben dar por auténtico amor. La acción de Cristo debe continuarse en la acción de los cristianos. Queda muchísimo por hacer. ¿Qué puedo hacer yo? ¿Qué puedo hacer por mi parroquia, por mi diócesis? 

Santa María Inmaculada, de la Dulce Espera, Ruega por nosotros.   


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