Norton I, el loco que quiso protegernos


En un cementerio de San Francisco, Ca., hay una tumba cuyo epitafio reza: «Norton I, Emperador de los Estados Unidos y Protector de México, 1819-1880». ¿Quién fue el misterioso personaje que ahí yace y por qué tal afirmación?

Sucedió un día de septiembre de 1859, en esa ciudad. Un indigente de nombre Joshua Abraham Norton, vistiendo un raído uniforme azul y oro de coronel, se presentó ante el director del San Francisco Bulletin y con la mayor naturalidad proclamó: " Soy el emperador de los Estados Unidos". La declaración pareció graciosa al periodista y publicó lo dicho por su visitante en primera plana. Así inició el reinado, que duraría cerca de veinte años, de quien sería conocido como Norton I.

En otros tiempos, Norton había sido un acaudalado empresario que apostó su fortuna en un mal negocio que lo dejó en la ruina. La depresión pudo orillarlo al suicidio, pero fue rescatado por la locura y se construyó una realidad en la que pudo seguir viviendo convencido de que era el emperador de Estados Unidos. 

Sus proclamas eran publicadas con escarnio por la prensa y, en una de ellas, hizo saber que a causa de la corrupción, el presidente era destituido y el Congreso disuelto. A partir de ese momento, él, personalmente se encargaría del gobierno.

Otro famoso decreto, que nos involucra a los mexicanos, fue en el que dijo: " siendo evidente la incapacidad de los mexicanos para regir sus propios asuntos, el emperador asume el papel de Protector de México" (¿nos conocería algo?).

Mientras tanto, todo San Francisco estaba fascinado con Norton I. Lo adoptaron y nunca le faltó alojamiento, alimentación y transporte gratuito. En las calles la gente lo saludaba con respetuosas caravanas. En cierta ocasión, «abolió» la compañía de ferrocarriles Central Pacific cuando le negaron comida gratis en el vagón restaurante, y sólo se dio por satisfecho cuando le dieron un pase vitalicio y le ofrecieron una disculpa pública.

Para subsanar su constante falta de dinero, implantó un sistema de impuestos: de 25 a 50 centavos semanales los tenderos y tres dólares semanales los bancos. Todo San Francisco se rió, pero... ¡la mayoría pagó!

En una ocasión, cayó en cuenta de lo deslucido y harapiento de su uniforme y dictó una proclama: " Sabed que yo, Norton I, tengo varias quejas contra mis vasallos por el estado de mi imperial guardarropa que constituye una desgracia nacional". Al día siguiente, el Ayuntamiento aprobó una partida para equiparlo de nuevo.

Norton I fue de ese tipo de locos que nos fascinan, como lo es don Quijote que en este género ocupa un lugar de privilegio, sin importar que no haya sido de carne y hueso porque, en el terreno de la locura eso es lo que menos importa. Tal vez vemos en ellos un poco o un mucho de lo que quisiéramos ser.

Los habitantes de San Francisco de aquella época se mostraron como leales y fieles súbditos. Cuando Norton I murió, el 8 de enero de 1880, más de 10,000 ciudadanos, con sincero pesar, desfilaron ante su ataúd para rendirle tributo póstumo. A pesar de los años, el emperador no fue olvidado, fue en 1934 cuando se colocó la lápida con la frase que guarda su memoria: «Norton I, Emperador de los Estados Unidos y Protector de México, 1819-1880».  

¿De dónde tanta fascinación por este personaje? No lo sé, pero es la misma que se siente cuando te montas en las ancas de Rocinante y acompañas a Don Quijote en sus andares, bebiendo un poco de su locura.


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