Nuevo ideal de plenitud personal: Otherfulness


La sociedad en Nuevo León necesita hacer un esfuerzo más grande para salir de sí misma. Por más difícil que sea reconocerlo, y aún y cuando suene contradictorio, existe una verdad innegable en que el centro de nuestras vidas no somos nosotros mismos. 

Cuando ponemos el enfoque en nosotros (en cada uno) cultivamos una cultura de egoísmo y proponemos un esquema social insostenible. Hay tendencias filosóficas que equiparan el bienestar personal y la plenitud con la salud, los hábitos sanos y el equilibrio de las emociones. Yo digo que para construir el país que queremos, necesitamos desplazar el mindfulness por el otherfulness. 

La vivencia activa de la solidaridad es lo único que puede llevarnos a un esquema de justicia social, mayor igualdad, respeto a los derechos humanos y de desarrollo de una política pública realmente efectiva. Los gobiernos de izquierda, como el de Cuba y el de Venezuela, han demostrado que la pobreza no se erradica por decreto, a través de discursos apasionados, ni mediante la supresión de libertades personales. Por el contrario, la verdadera fórmula está en formar personas y organizaciones con itinerancia permanente en la ayuda desinteresada, que puedan desenvolverse dentro de los márgenes normales de libertad. Cuando se despoja y se restringe a la población so pretexto de la justicia social, se usa el concepto de la justicia distributiva para atropellar la justicia personal. El fin no justifica los medios. El dilema de Robin Hood intentado por Chávez, Maduro, Fidel y Stalin, no está bien ni tampoco funciona. 

Las sociedades se construyen sobre la base de la ayuda mutua y recíproca. Sucede que en un ambiente de libre desarrollo individual, hay externalidades: desigualdad por diferentes decisiones de vida que cada uno elige; ambientes de competencia ardua donde no hay ni ayuda ni reciprocidad; personas que se encierran en sí mismas y proponen esquemas de intercambio comercial que no son justos pero que son aceptados por quienes más tienen necesidad, entre otros. A medida en que la organización social madura, las cosas se van complicando. Empieza a haber víctimas de las circunstancias desarrolladas a los que escapa de sí mismos las posibilidades de ellos solos alcanzar un nivel de bienestar mínimo para subsistir. Hay a quienes la pobreza de formación, la mala alimentación, la inseguridad y los problemas de salud, no les permiten aprovechar las oportunidades, ni tampoco detectarlas con claridad.

Es para estos últimos casos, que existen en todos los países en mayor o menor medida, para los que necesitamos convertirnos en militantes de la solidaridad, de la ayuda desinteresada. De esta forma, podemos empujar gradualmente la balanza del desarrollo social a un mejor equilibrio. Quiero que sepamos que si hacemos un esfuerzo consciente por salir de nosotros mismos para ir al encuentro del otro, por más que sea incómodo y nos aleje de nuestra zona de confort, estamos abonando a una cultura de paz, justicia y pleno desarrollo de nuestro propio entorno. Solemos reafirmar en su anonimato y en su miseria a aquellos a quienes la sociedad ningunea y reemplaza su identidad por categorías genéricas de menor dignidad como “vagabundo”, “limosnero”, “drogadicto”, “pandillero” o “delincuente”. Peligroso es dejar de sentir tristeza y empatía por aún aquellos autores de las escenas trágicas del presente; a quienes respaldan peores tragedias en sus vidas privadas, aunque éstas sean solamente de soberbia, vacío espiritual, materialismo y vanidad, que al final del día también son tragedias.

Observo con preocupación que se proponga el valor máximo del bienestar personal como ideal de la vida individual. Y por ese bienestar propuesto, entiendo desvivirse para comer lo estrictamente saludable, hacer ejercicio y lograr balancear nuestras preocupaciones y sentimientos de manera que “nos liberemos de aquellas”. Esa tendencia podrá ser buena base para conservar la propia vida, pero definitivamente no es buena base para una sociedad sustentable, dado que constituyen preocupaciones burguesas y alejadas del imaginario de quienes carecen de lo más básico. Es decir, veo imposible su democratización y adaptación universal en las circunstancias actuales de nuestro país. Además, siguiendo las palabras de la tradición cristiana quien quiere conserva su propia vida, la perderá. En cambio, quien pierde su vida la encuentra. La advertencia para quien se obsesiona con lo primero es clara. La verdadera plenitud no está al interior de nosotros mismos. Está al interior del otro: el miserable, el desvalido, el desamparado que nos da la oportunidad de perfeccionar nuestra naturaleza en la vivencia de la solidaridad. La plenitud del hombre está más en la conexión con su comunidad que en conectarse con sí mismo.

roberto.mtz05@gmail.com

@Roberto_MtzH




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