Nuevo León ante la Crisis Migratoria


Hace tres días, en la madrugada, autoridades estatales y federales rescataron en General Bravo a 336 migrantes que se estaban asfixiando al interior de las cajas de tres diferentes tráileres. Ellos viajaban hacinados hacia Estados Unidos. Para algunos, no es el primer intento de cruzar hacia al país del norte. Después de ser liberados, fueron detenidos y puestos a disposición del Instituto Nacional de Migración. Del total del grupo 131, casi un tercio, eran menores de edad; de los cuales 37 viajaban completamente solos. El INEGI informó en este año que la migración a Nuevo León aumentó en un 50% del 2010 al 2015. Las autoridades locales han hecho poca labor de concientización con respecto a este fenómeno que cada vez adquiere más relevancia pública.

El día de ayer concluyó el traslado del grupo de migrantes hacia la estación migratoria de Iztapalapa, para posteriormente ser repatriados. Estas no son buenas noticias. Una política de cero tolerancia a la migración de Centroamérica en México no es necesariamente la mejor solución del problema. El Salvador, Guatemala y Honduras son, en general, países pobres, profundamente afectados por el crimen organizado y las mafias locales. En el 2015, los tres figuraban en las clasificaciones más altas de tasas de homicidio a nivel mundial, de acuerdo con la UNICEF. En el caso de Honduras y Guatemala, en las mediciones que publicó la ONU en agosto del año 2016, destaca que más del 60% de la población vive por debajo del umbral de la pobreza.

A la cifra de migrantes centroamericanos que son detenidos en México y repatriados, habría que agregarla la de los que sí logran llegar a Estados Unidos y después son deportados. Tan sólo en el año 2015, aún en época de la administración de Barak Obama, 75,000 centroamericanos fueron repatriados. La ONU reconoce que para algunos de ellos la deportación podría terminar siendo una sentencia de muerte. Numerosas investigaciones han documentado la tortura que constituye la decisión de viajar ilegalmente hasta Estados Unidos.

En Netflix, el documental La Bestia resume en una hora y media las principales implicaciones de este viaje. Les adelanto que, en realidad, la travesía es terrible; toma meses y los puntos clave de las rutas migratorias están densamente vigilados por organizaciones criminales.

¿Qué tan miserable y desalentadora tiene que ser la situación para que uno se anime a pasar de tres a seis meses caminando, siendo asaltado, agredido sexualmente y mendigando para buscar una mejor vida en Estados Unidos?, sobre todo a sabiendas de que el final no es seguro, sino más bien una posibilidad remota en un camino plagado de riesgos. A ninguno de los migrantes detenidos el pasado siete de septiembre en General Bravo les caía en gracia estar hacinados en la caja de un tráiler. Pero en un viaje de tres a seis meses, sólo les faltaban cinco horas para llegar hacia su destino final. Dice el reportaje que, desde adentro, intentaron abrir la puerta trasera del tráiler. Seguramente en un punto en el que este se detuvo. Su sorpresa ha de haber sido tan terrible como la realidad que enfrentaban adentro, ahí hacinados, al descubrir que quienes acudieron en su auxilio eran policías mexicanos: ahí se acabó el sueño americano o, al menos, se pospondría por un tiempo.

No está clara cuál debe de ser nuestra postura como país ante la crisis migratoria. Como seres humanos, sin duda es ayudarles. Nadie hace nada para merecer haber nacido en una familia que no vive las atrocidades que enfrentan quienes deciden emigrar de Centroamérica. Si no hemos ni siquiera considerado esa opción, como una alternativa viable. Si tenemos oportunidades de trabajo de desarrollo en nuestras ciudades y si nuestra integridad física está, en buena medida, garantizada; tenemos una razón para estar agradecidos, viendo a lo que se enfrentan muchos otros. Sin embargo, la postura de la autoridad es más difícil. El gobierno mexicano tiene que navegar con la presión de cuidarle la espalda a Estados Unidos, respaldando la política migratoria de este país por nuestra dependencia económica; pero también la de respetar los derechos humanos de los migrantes, de darles un trato digno y, creo yo, también la de darles la oportunidad de aspirar a una mejor vida. No estoy seguro de que la deportación así, a secas, sea la mejor opción. Pienso que un programa social regional, entre nuestro gobierno y los gobiernos de Centroamérica, puede hacer el trato migratorio más humano. Que quienes sean detenidos en México puedan acceder automáticamente a algún tipo de protección y vigilancia del gobierno de Honduras, por ejemplo. Creo que el futuro está en tener mayor empatía y abrazar una política migratoria un poco más abierta.


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