Palabras norestenses


“Aunque ya casi amanecía, a doña Antonia el susirio la tenía recargada en la puerta, esperando a su retoño, que no regresaba del baile”.

Susirio, es ese sentimiento que oprime el pecho por la posibilidad de que haya ocurrido una desgracia. La palabra es descomposición de susidio, que justo en el diccionario tiene esa definición ‘inquietud, zozobra’. A su vez, susidio es acortamiento de subsidio, que procede del latín subsidium ‘ayuda, apoyo’, pero adoptando el significado de ‘preocupación’, que es la que siente quien requiere de un subsidio.

“Cuando apenas se asomaba el Aol, llegó Nabor, el muchacho de doña Antonia, con todo el rabiate de amigos para seguir el guateque en su casa”. 

En los pueblos del noreste de México, todavía se oye decir que alguien llegó “con todo el rabiate” cuando el susodicho llega acompañado por mucha gente. Es metáfora de rabiate, palabra de arrieros, del verbo rabiatar ‘atar por el rabo’. Cuando un arriero tenía que transportar varias mulas, la cabeza de una la ataba a la cola de otra y así formaba un tren de dos, tres o más acémilas, que formaban un rabiate.

El guateque, o su forma abreviada ‘guato’, se refiere a una reunión muy ruidosa. La palabra es de origen taíno, pueblo que habitaba las islas del Caribe cuando llegaron los españoles a este continente. Para ellos, guateque era exactamente lo mismo: ‘reunión escandalosa’.

“¡Muchacho, me tenías con la reconcomia!, qué bueno que ya llegaste, pero dile a tus amigos que acomoden bien los muebles para que no les tapen las cocheras a los vecinos”.

La reconcomia es un mal presentimiento, un desasosiego por no saber cómo están los seres queridos. La palabra tiene parentesco con comezón, esa molesta sensación que nos hace imaginar que bichos invisibles “nos comen” la piel y sólo rascándonos aliviamos la molestia.

En el noreste es frecuente referirse a un vehículo de motor como ‘un mueble’ y no está mal, porque los muebles son las pertenencias que se mueven, en contraposición con los que no y que por eso llamamos bienes inmuebles, como una casa o un terreno que se quedan siempre quietecitos en su lugar.

“¡Amá, estos ‘pelaos’ tienen hambre, ayer había un bonche de huevos y ya no hay ninguno!, ¿Qué les pasó?”.

En el noreste, pelado o ‘pelao’ se usa para referirse a cualquier persona del sexo masculino. No es peyorativo, al contrario, si de alguien se dice que es un peladazo, es que se le admira por sus cualidades. Una variante es “mondado o mondao”, de mondar ‘quitar la cáscara’ o sea… pelar.

Un bonche es un montón. Este localismo norestense viene del inglés “ bunch”, que también significa ‘montón de cosas’, pero que antes significó ‘chipote’, pudiendo ser bunch la onomatopeya del golpe que lo produjo.

“En la mañana tuve que tirar todos los huevos porque ya todos estaban engüerados. Al rato que abran la tienda voy a comprar más”.

Del “gor, gor, gor” que hace la gallina cuando se echa para empollar sus huevos, en castellano antiguo nació el verbo engorar. De ahí que los huevos en proceso de hacerse pollo, los llamaran huevos engorados, que después se dijo “engüerados” o huevos güeros, que desde luego, ya no sirven para prepararse un almuerzo.

“No ma, ya no te preocupes, estos mondaos se quedaron súpitos”.

Quedarse súpito es quedarse profundamente dormido. Quizá metáfora de un desmayo que por lo común ocurre de súbito. De quedarse dormido de súbito, se diría después de súpito y luego ya solo súpito. Esta voz norestense aún es de amplio uso.

Bueno, aquí le paramos, porque doña Antonia y su huerco Nabor, que tampoco habían pegado los ojos en toda la noche, también se quedaron súpitos y de sus bocas ya no salieron más palabras norestenses.


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