Palabras


Hoy quiero exhibir a la palabra: la palabra que se escribe, la palabra que se habla, la palabra que se calla, la que se arrebata, la que hiere, la que crea, la indiferente y la que acompaña. Porque somos lenguaje y con el lenguaje alentamos los mejores sueños o los destruimos. 

En mis años de universidad aprendí de Noam Chomsky que habíamos nacido con una capacidad innata para aprender a hablar; los niños, como pequeños lingüistas, imitan y crean, aprenden a comunicarse como aprenden a caminar y no a volar, por ejemplo, simplemente porque el cerebro en equipo con el cuerpo tiene la capacidad para hacerlo. Hoy, nuevas teorías proponen que el lenguaje es una tecnología creada por el hombre como tantas que mejoran y hacen más cómodo nuestro paso por el mundo. Dibujamos un círculo con los labios soltando el aire y tenemos el sonido de la O, si tocamos con la lengua el paladar la T, la M si juntamos los labios, o la G si cerramos un poco la garganta.  

Me gusta pensar que somos lenguaje porque junto con la soledad, la compañía es también vocación humana. En algún momento de nuestra historia, el ser con los demás exigió una tecnología de comunicación más avanzada que la mirada, los abrazos o los empujones. Hablamos. Le pusimos nombre a las cosas. Nos hicimos lenguaje. 

"Hace miles de años los toltecas eran conocidos en todo el sur de México como mujeres y hombres de conocimiento, –los naguales–", escribe Miguel Ruiz para introducir sus Cuatro Acuerdos. De ellos, los toltecas, rescata esta filosofía de vida que sintetiza en cuatro acuerdos, él mismo dice pertenecer a este linaje de sabiduría. Sé impecable con tus palabras, es el primero. Ellas son el poder que tienes para crear, con ellas comunicas y expresas armonía y belleza; pero ¡cuidado!, la palabra también puede hacer violencia, –advierte. 

Impecable con la palabra, este acuerdo podría funcionar como un límite para la libertad de expresión. Porque si la libertad no es del todo libre (hacer lo que quiera, lo que sea) porque se topa con la frontera del otro, la expresión tampoco podría ser del todo libre si no es impecable. 

La idea de que La pluma es más filosa que la espada, es muy antigua, está en los escritos del autor de los Hechos de los Apóstoles, la recita Hamlet, y se lee en Cervantes; sin embargo, la frase que perduró se le atribuye a Edward Bulwer-Lytton (1839). Una imagen en palabras que deja claro que la palabra puede hacer más daño que la fuerza física, y describe bien el concepto de violencia subjetiva de Slavoj Zizek. Nadie duda en llamar violencia a un secuestro, un feminicidio, un hecho objetivo que se ve y se siente; pero ¿y a la violencia que no se ve? ¿la subjetiva? Ésa que se genera con la palabra y rompe el acuerdo de impecabilidad del que habla Miguel Ruiz. Una violencia que es invisible a los ojos, pero que habría que tomar en cuenta para entender los brotes "irracionales" de violencia que se repiten en una sociedad.  

Ser impecable con la palabra significa no utilizarla contra uno mismo o contra los demás. Porque hay palabras que hieren, que arrebatan, que manipulan, que solo se escuchan a sí mismas, suceden en los debates y en los discursos, en las escuelas y en las reuniones familiares; suceden en las redes sociales. Porque si nos decimos "eres inadaptado, impuntual, caprichoso, deshonesto"... lo creemos. Si se lo decimos al hijo, al empleado, al ciudadano... lo cree. La palabra como hechizo, echa fuera lo que hay dentro –la ira, la duda, la venganza, el recelo o, por el contrario, el amor, la compasión, la colaboración– por eso la palabra puede ser veneno emocional o medicina del alma. 

"No confunda usted su odio o su resentimiento o su ira con tener razón. Más bien estudie las razones de su ira", pidió Enrique Krauze a los estudiantes en su visita a Monterrey. Buscar, buscar, buscar, y descubrir si la palabra que escuchamos en tiempos de elección tiene magia de creación o hechizo de destrucción.

Volver arriba