Panorama 2018


A menos de dos meses del arranque de las campañas federales, se está terminando de dibujar el panorama político que distinguirá a las elecciones de este año. De entrada, vale la pena comentar que, como había pronosticado en este espacio, a diferencia de la elección del 2012, en el 2018 habrá un mayor número de candidatos presidenciales; pero puede haber todavía cambios debido a posibles alianzas entre los que serán candidatos independientes.

La semana pasada, el independiente guerrerense Ríos Piter coqueteó con esta idea con Margarita Zavala. Por lo que hace a los partidos, hay que reconocer que, ante la ausencia de segunda vuelta electoral, las alianzas logradas ayudan a legitimar más al que resulte como presidente electo, con menos dispersión y seguramente un mayor porcentaje de votos, al que cada uno hubiera obtenido si cada partido hubiera postulado a su propio candidato.

En este punto de la contienda en la elección presidencial pasada, ya se podía ver la propuesta gris que la caracterizó. Votar por el menos peor y el voto útil en contra de López Obrador, fueron las premisas que, desde mi punto de vista, movieron al electorado. Elegir entre una candidata oficial sin carisma, débil y con una campaña fallida; la opción de la izquierda de siempre; el candidato “hippie”, y el candidato de las televisoras que no sabía leer, era una tarea ardua para los mexicanos. Recuerdo que la gente que me encontraba, que no apoyaba a López Obrador, normalmente, rechazaba a Peña Nieto, pero no terminaba de encantarse con Josefina. ¿De entre todos los 120 millones de mexicanos cómo llegamos a postular a esos cuatro? Aquel era un poco el sentimiento.

En esta ocasión, la baraja de candidatos tardó mucho más en definirse. Había en el 2015 una propuesta que ya estaba encartada; otra que se encartó sola, y el resto que bailaba al típico son político de “ni me encarto ni me descarto”, en espera de los tiempos del proceso electoral actual. Para este año, la oferta política ha mejorado sustancialmente. El PRI propuso a su elemento menos carismático, pero más honrado. Un hombre bien preparado –con posgrados en Yale– con una amplia experiencia en el sector público, que tiene fama de ser un político profesional, pero que en los últimos meses ha cargado con los negativos de emitir declaraciones muy desafortunadas para seducir a sus aliados tricolores, que dejan en claro a qué grupo de intereses sirve su proyecto presidencial. El gobierno de este hombre será sin duda una tecnocracia (un gobierno de más análisis técnico que política), que seguramente se desarrollará dándole continuidad a los procesos implementados en el gobierno actual.

La izquierda repitió candidato. En ese rubro, nunca hay mucho para comentar: en 36 años han postulado a dos personas. Esperaremos a la elección siguiente para opinar sobre el candidato de la izquierda para los próximos 18 años. El proyecto político del tabasqueño es un proyecto anticuado, de regresar a un modelo económico como el que tuvimos en la época de los 60. López Obrador es un hombre del pasado, que propone cosas que en algún punto del siglo anterior se pensaron buenas ideas, pero ya se implementaron y ya fallaron en otras partes del mundo. En política no se requiere el rigor científico de comprobar la hipótesis una vez más, para poder dar por hecho que ni construir refinerías, ni cerrar nuestras fronteras comerciales, ni perdonar delincuentes, son ideas que llevan a la prosperidad de nuestra patria. La necedad de la insistencia es una suerte de masoquismo nacional para quienes habiendo estudiado lo que producen dichos fenómenos en otras partes, de todas formas quieren intentarlos en México.

Del lado de los independientes, el gobernador de Nuevo León ha trascendido por los numerosos escándalos e irregularidades que han surgido alrededor de su proceso de recolección de firmas. Si con un papel secundario en el escenario político nacional ha logrado colgarse la medalla de salir todos los días en las primeras planas –y no precisamente por santo–, ahora imaginémoslo gobernando seis años. Margarita Zavala ha pasado de liderar las preferencias electorales, estando a la par de López Obrador como virtual candidata del PAN, a ser de las “sotaneras”, con un desplome en la intención de voto hacia su propuesta política que ahora refleja una tendencia histórica, similar a la que caracteriza a la mayoría de las criptomonedas en este momento.

En el PAN hay una alianza interesante con un candidato capaz y bien preparado, que es además un líder carismático con una carrera meteórica. Sagaz para el debate y el arte de la política, Ricardo Anaya ha consolidado sus aspiraciones presidenciales, sumando al Movimiento Ciudadano y a las corrientes moderadas de izquierda que se quedaron en el PRD al mismo barco. Es un candidato bastante joven, que tiene la bondad de ser un hombre moderno aún para esta época. Tiene una visión verdaderamente global. En materia económica, quiere un México que invierta en tecnología y que se consolida como productos de energías limpias. En materia social, quiere combatir la brecha de la desigualdad y la pobreza. En materia política, quiere combatir la corrupción –como todos–, pero tiene la ventaja de no ser parte del grupo de intereses detrás del PRI, ni detrás de la siempre presente oxidada guardia de la izquierda comunitarista, que se ha aglutinado detrás de López Obrador.

Las campañas presidenciales apenas empiezan; pero ya puede observarse que la calidad de los candidatos es mucho mejor que en la elección pasada. Esto debe de llevarnos a buen puerto. Los mexicanos necesitamos un líder con amplia visión de futuro, que impulse a México fuertemente para mejorar los pronósticos actuales, que ya nos vislumbran como una de las diez economías más grandes del mundo en las próximas décadas. Necesitan nuestros gobiernos cambiar de aire, pero no para apestarse del tufo de políticas sesenteras; sino para emular a los países desarrollados. Para la sorpresa de muchos, la realidad es que como país estamos avanzando a consolidarnos entre los líderes del mundo. El próximo presidente debe ser el más apto para encargarse de aquello.



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