Peña Nieto dice que la corrupción es cultural; a mí se me hace que no


El conductor de aquél auto con placas mexicanas tomó carretera apenas amaneció. No llevaba puesto el cinturón de seguridad y fácil iba a 160 kilómetros por hora... o más. Rebasaba sin usar las luces direccionales, muchas veces por el carril derecho y de las ventanillas volaban pedazos de comida y más basura. No paraba de utilizar su celular y la mujer que iba en el asiento del copiloto, llevaba a un niño en su regazo.

En el puente internacional, poco antes de llegar a la garita de Laredo, Texas, aprovechando una parada de la larga fila, la mujer colocó al bebé en su asiento especial en la parte trasera del auto.

Ambos ocupantes se colocaron su cinturón de seguridad y la basura que tiraban por las ventanas dejó de volar. Cuando leyeron la prohibición del uso de celulares a pocos metros del punto de revisión, dejaron de usarlos. Iban a San Antonio y durante todo el trayecto, aquél vehículo no rebasó los 100 kilómetros por hora.

Ambos ocupantes llevaron puesto su cinturón de seguridad y el bebé siempre ocupó el asiento trasero en su sillón especial.

No tiraron basura por las ventanillas ni utilizaron sus celulares. Mayormente circularon por el carril derecho y cuando se topaban con algún vehículo más lento, el conductor encendía las luces direccionales a mínimo 100 metros de distancia y rebasaba, siempre por la izquierda.

Tras una semana de estar en San Antonio, regresaron a Monterrey y durante todo el camino por la carretera del lado americano, fueron a máximo 100 por hora, circulando por la derecha, rebasando por la izquierda con sus direccionales puestas, no tiraron basura, sus cinturones de seguridad bien puestos, celulares sin usar y el bebé atrás en su sillón.

Pero apenas tomaron la carretera del lado mexicano, el auto volaba otra vez a 160 kilómetros por hora... o más. Rebasaba por un lado, por el otro, si usar las direccionales; el conductor y su acompañante dándole duro al celular y tirando por las ventanas los desechos de lo que comían y el bebé volvió al regazo de su mamá, en el asiento del copiloto.

¿Qué fue todo aquello?

¿Esas personas cambiaron su cultura apenas sintieron en su frente el "aire acondicionado" del lado norteamericano? Caray, eso no fue un cambio, ¡fue una mutación!, porque en unos cuantos días, cuando se supieron de nuevo en su terruño, volvieron a cambiar.

¿Por qué infringieron todas las reglas al circular por el lado mexicano? Porque saben que nadie les sanciona y, si algún federal les detiene, ahí mismo "se arreglan".

A ver, ¿por qué no subieron de 100 kilómetros por hora en la carretera americana? Porque saben que si los sorprenden circulando a más de la velocidad permitida, por portar placas mexicanas se los llevan a la Corte y la multa anda arriba de los $1,000 dólares.

A ambos lados de la carretera de Laredo a San Antonio, hay unos letreros que dicen "Don´t mess with Texas. $10-$1,000 fine for littering", por eso no se atrevieron a tirar basura por las ventanillas.

¿Y sobre el uso del celular mientras conducen y bebés sin ocupar sus asientos especiales en la parte trasera de los vehículos? En muchos Estados de la Unión Americana estas prácticas están catalogadas como actos criminales y las penas son severísimas... y más para los extranjeros.

Entonces, no es "culpa" de la cultura ser como somos.

Un ciudadano disoluto en un país donde la ley es letra muerta, se convierte en un modelo de comportamiento cuando "pisa" terrenos donde las leyes son severas y sí se cumplen.

Si le dejamos a la "cultura" el paquete para que las cosas cambien para bien en México, mejor sentémonos, porque los de esta generación no lo vamos a ver... y a lo mejor ni la que nos sigue.

La cultura no es responsable de que actuemos como actuamos o seamos como somos. Una cosa es la cultura y otra el comportamiento.

Dejemos en paz –pues– a la cultura, y hablemos del comportamiento, que se rige y se regula por el entorno. El ser humano es corrupto cuando se mueve en un ambiente laxo, tolerante, permisivo, donde nadie lo castiga por lo que hace.

La corrupción se resuelve no por la vía cultural, sino a través de un entorno que penaliza de la forma más severa posible, sin llegar –obvio– a la barbaridad de andar cortando manos.

Intentar cambiarle la cultura a la gente es otra barbaridad. A ver, intente alguien acabar con la cultura de llevarle comida a los muertos en los panteones de Janitzio, para que vean cómo le va.

La evolución que México necesita no viene por el lado de un cambio de nuestra cultura, que casualmente, es lo que nos hace más ricos como país, y que se manifiesta en los colores, en los sabores, en los aromas, en las tradiciones.

Entonces, que me perdone Peña Neto, pero la corrupción en México no es cultural. Que no se cure en salud.

placido.garza@gmail.com


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