Perdón sin olvido


"Olvidar es violar la memoria, es privar al hombre del derecho a recordar", Elie Wiesel. 

Una Cruz de cruces, son 72, una por cada migrante masacrado en San Fernando. Porque el dolor colectivo tiene el lenguaje de las velas, las fotografías, las flores. Porque los sentimientos reaccionan ante la injusticia indignante. Porque darle memoria a un hecho que sucedió hace ocho años reclama su interpretación. Porque las historias individuales se unen para narrar la historia de un pueblo. Porque hay que repensar los hechos, recordarlos, pasarlos por el corazón para recuperarlos con una mirada al futuro. Porque el perdón no pide olvidar, ¿cómo podría?

Recorrieron caminos de tierra para llegar a la bodega abandonada. Ahí colocaron la Cruz de cruces que daba memoria a los migrantes asesinados el 22 de agosto del 2010. Eran unos cuantos que habían viajado en camioneta al lugar que todavía recordaba el olor de la violencia. Luis Eduardo Villarreal, Luis Eduardo Zavala, Pedro Pantoja, sacerdotes comprometidos con la misión del migrante, iban con ellos. La hierba estaba crecida y sobre ella recordaron; pasaron por el corazón, una vez más, la tragedia. Fueron 58 hombres y 14 mujeres. Uno de ellos esquivó las balas, resistió los golpes, fingió muerte, sobrevivió y contó. Para abril del 2011, se descubrieron más fosas clandestinas en la zona de San Fernando, 193 personas. La mayoría, migrantes. 

Perdonar es posible, libera a la persona ofendida, y también a su agresor, una opción que podría romper la cadena de víctima-verdugo que mancha nuestra humanidad. Perdón, pero sin olvido. 

Recordar permite reconocer que las decisiones dejan huellas, a veces en forma de sonrisa, a veces, de cicatriz. Perdonar es darle una mirada compasiva a esa ofensa-culpa-responsabilidad reconociéndola como una de tantas limitaciones humanas. Nos equivocamos, sí, ofendemos, sí, pero también reparamos la falta si es que queremos reconciliarnos.

Perdón, Reparación, Reconciliación. El perdón tiene su proceso: es palabra, es acto, es voluntad, pero no olvido. Soltamos el dolor para sanar las heridas del pasado, pero honrando las cicatrices del presente, son ellas las que guían el futuro. Como esa cruz a un lado de la carretera que advierte el peligro de una curva mal tomada.

El perdón tiene compañera, la justicia; también meta, la reconciliación. No la justicia vengadora que genera más violencia, ésa del ojo por ojo, mano por mano, sino la que canaliza la culpa para transformarla, la que reconstruye la dignidad del ofensor, la que puede deshacer el nudo de la sentencia atada al crimen, la que es justa para todos. 

Perdón, olvido, impunidad. ¿Porqué se perdona a una persona de sus crímenes y a otro no? Robar un celular, por ejemplo, puede resultar en "devuélvelo, aquí no pasó nada", en un juicio en espera de condena, en dos años de cárcel, o en 20. Por eso el futuro es distinto para el que piensa "me salí con la mía" y para al que se le ofrecen alternativas dignas para reparar la ofensa. 

El tiempo no lo resuelve todo. ¿Pueden los vivos perdonar a los muertos? ¿Puede una madre perdonar la desaparición de su hijo? ¿Hay perdón sin arrepentimiento? ¿Sin aceptar la falta? ¿Sin responsabilizarse de los actos? ¿Puede la víctima dejar de serlo y perdonar a su agresor? ¿Se puede perdonar la injusticia? 

Queremos sanar la sociedad herida, reducir la escalada de sufrimiento, pero necesitamos recordar, contarnos una y otra vez las historias hasta que logremos reparar el dolor psíquico, social y espiritual de nuestro México, hasta que, cansados de recordar, hagamos un compromiso de cambiar las condiciones que provocan la violencia. 

Setenta y dos migrantes, sólo uno sobrevivió. Buscaban el sueño americano, terminaron en una pesadilla mexicana. Recordemos. 

Lucy Garza de Llaguno

Sábado 25 de agosto, 2018.

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