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Pobreza, castidad y obediencia en una era secular


En una ocasión le preguntaron al cardenal Francis George qué pensaba del pacifismo radical de personas como Dorothy Day y Daniel Berrigan, figuras proféticas que creían en la no-violencia absoluta. ¿Cómo puede ser esto práctico?, le preguntaron, es completamente ingenuo creer que podemos vivir sin policía y sin soldados.

Ésta fue su respuesta, "el mundo necesita pacifistas de la misma manera que necesita votos célibes": éstos no son prácticos. Están fuera de lugar en este mundo. Sin embargo, apuntan al mundo escatológico, el mundo del cielo, un mundo dentro del cual no habrá armas de fuego, donde las exclusividades relacionales no existirán tal como existen ahora, donde la familia no se basará en la biología, la sangre o el matrimonio, donde ya no habrá pobres y donde todo les pertenecerá a todos.

Pensé en eso recientemente cuando estaba conduciendo un taller sobre la vida religiosa para un grupo de jóvenes que estaban discerniendo si entrar o no a la vida religiosa consagrada. Mi tarea no era tratar de persuadirlos para que se unieran a una comunidad religiosa, sino ayudarlos a comprender qué implicaría esa vida, si se unen a ella. Eso significaba, por supuesto, largas discusiones sobre los tres votos que las personas consideran en la vida religiosa: pobreza, castidad y obediencia (clásicamente denominados "consejos evangélicos").

¿Qué decir de la pobreza, la castidad y la obediencia en un mundo que, en su mayor parte, deposita su esperanza en la riqueza material, generalmente identifica la castidad con la frialdad y valora la libertad individual por encima de todo? 

Bueno, sin duda, la pobreza, la castidad y la obediencia se consideran radicalmente contraculturales; mas eso se debe principalmente a que en general no son muy bien entendidas (a veces incluso por quienes las viven). En su mayor parte, son vistas como una renuncia drástica, el sacrificio de una vida plena, la negación antinatural de la propia sexualidad y el abandono de la libertad y creatividad del adolescente. Sin embargo, eso es un malentendido.

La pobreza, la castidad y la obediencia no son una pérdida de riquezas, sexualidad y libertad. Éstas son más bien una modalidad genuina, rica, de riquezas, sexualidad y libertad.

El voto de pobreza no se trata principalmente de vivir con cosas más baratas, no tener un lavaplatos y hacer las tareas domésticas. Tampoco se trata de renunciar a los tipos de riquezas que pueden hacer el pleno florecimiento de la vida. Una vida de pobreza voluntaria es una manera vivida de decir que todas las posesiones materiales son regalos, que el mundo le pertenece a todos, que nadie posee un país y que las necesidades de nadie son primero. Es un voto en contra del consumismo y el tribalismo, y trae sus propias riquezas maravillosas en términos de significado y en la felicidad y la alegría de una vida compartida.

Del mismo modo, el voto de castidad: correctamente entendido, no es una pérdida de las alegrías de la sexualidad. Es una modalidad rica de sexualidad, dado que ser sexual significa más que tener relaciones sexuales. La sexualidad es un hermoso impulso dado por Dios en nuestro interior para muchas cosas: comunidad, amistad, unión, integridad, familia, juego, altruismo, disfrute, deleite, creatividad, consumación genital y a todo lo que nos lleva más allá de nuestra soledad y nos hace generativos. Y así las verdaderas alegrías que se encuentran en la comunidad, la amistad y el servicio a los demás no son un sustituto de segunda categoría para el sexo. Ellos traen su propio florecimiento sexual en términos de sacarnos de nuestra soledad.

Lo mismo es cierto sobre la obediencia. Bien entendida, no es una pérdida real de libertad. Más bien es una rica modalidad de libertad en sí misma, una practicada por Jesús (que repetidamente dice: "Yo no hago nada por mi cuenta. Sólo hago la voluntad del Padre".) La obediencia, como voto religioso, no es un sacrificio inmaduro de la propia libertad y la edad adulta. Es más bien una radical sumisión del ego humano (con todas sus heridas, deseos, lujurias, ambiciones privadas y envidias) a algo y Alguien más elevado que uno mismo, como se ve en los compromisos humanos y religiosos de personas, desde Jesús, a Teilhard de Chardin, a Dag Hammarskjold, a Simone Weil, a la Madre Teresa, a Jean Vanier, a Daniel Berrigan. En cada uno de éstos vemos a una persona que caminó por esta tierra en una libertad que sólo podemos envidiar y que claramente también es una libertad que se basa en una genuflexión de la voluntad individual hacia algo más elevado que ella misma.

Nuestros pensamientos y sentimientos están fuertemente influenciados por el software cultural dentro del cual nos encontramos. Por lo tanto, dado el cómo nuestra cultura entiende la riqueza, el sexo y la libertad hoy en día, éste puede ser el momento más difícil en muchos siglos para hacer los votos de pobreza, castidad y obediencia, y vivirlos. Las pequeñas comunidades religiosas no están llenas de solicitudes. Sin embargo, debido a que es más difícil que nunca, también es más importante que nunca que una cantidad de mujeres y hombres elijan, voluntariamente, vivir proféticamente estos votos.

Y su aparente sacrificio será ampliamente recompensado porque, paradójicamente, la pobreza aporta sus propias riquezas, la castidad trae consigo su propio florecimiento y la obediencia nos proporciona la más profunda de todas las libertades humanas.

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