Político multicolor


Hemos dejado parcialmente atrás el México de los caudillos. La modernidad se nota en las instituciones del país. La gente, aunque revela su desconfianza mayoritariamente en los partidos políticos, decide en gran parte seguir votando por las mismas opciones de siempre. Desde luego, que a esta nación de instituciones a la que aspiramos se le han colado algunas cabezas, que obtienen su propia fuerza en carisma y méritos personales; y no apoyándose en las organizaciones a las que pertenecen, las cuales poco o nada serían sin ellos.

La fuerza de Morena es inexplicable sin López Obrador. La partida de AMLO del PRD escindió a la izquierda nacional en dos. Andrés Manuel es el gran caudillo populista de este país. En la época de la Revolución, las fuerzas políticas nacionales se reconfiguraban constantemente dependiendo del líder al que apoyaran. Las fracciones revolucionarias no acogían el nombre de instituciones, sino de los apellidos de sus líderes; pero en la época actual, apostar a convertirse en una suerte de "institución personal" es jugar una carta arriesgada en el escenario público. 

Pocas son las personas que lo han logrado en el paradigma contemporáneo. Ante la falta de dirección que imperaba en el México de hace dos siglos, la gente se enfilaba detrás de los hombres ilustres, de los estudiados, de los valientes y de los arriesgados; para obtener de ellos esperanza, directrices de navegación, orientación moral y claridad en la definición de lo mejor y lo posible.   

Otro ejemplo de caudillo es el gobernador de Nuevo León con licencia –ahora candidato presidencial– Jaime Rodríguez Calderón. "El Bronco" sedujo a los nuevoleoneses con un discurso anti-instituciones. Mandar de vacaciones a las instituciones que garantizan nuestra estabilidad pública e investigar al gobierno actual eran las principales líneas discursivas de su campaña. Desde mucho antes, algunos medios de comunicación en la entidad le prepararon el terreno, posicionando en la opinión pública la falacia de que somos dirigidos por una "partidocracia" a la que le debemos todos nuestros pesares. 

Transitar de la incertidumbre del caudillismo a la certeza que producen nuestras instituciones le costó mucho al país. Más nos costó todavía madurar nuestra vida institucional a una en la que todas las visiones políticas pudieran expresarse profesionalmente y acceder a espacios de representación. Ya no tenemos clubes políticos de "carrancistas", "villistas" y "zapatistas"; a excepción del de Andrés Manuel, que poco tiene de institución si en ella él impera como un líder vitalicio y plenipotenciario. 

En el ámbito de lo local, siguiendo el ejemplo de nuestro gobernador, muchos políticos han cometido errores de atribución enormes al aceptar –contra toda lógica– adentrarse a la aventura de cambiar de camisa. El error de atribución es pensar que lo que han alcanzado se debe a sus propios méritos, exclusivamente. Quienes alguna vez se vieron en boca de todos, encabezando las preferencias electorales y con enormes posibilidades de éxito, se equivocan en pensar que su relevancia como personajes públicos se debe a su propia autoridad moral. Muchos de estos personajes, movidos por una combinación de factores, en la que desde luego participan la frustración, el derrotismo, la decepción y la soberbia, renuncian a su posibilidad de ser líderes en las instituciones a las que pertenecen, para convertirse en sotaneros de todas las encuestas locales.

Pienso que la ciudadanía castiga la falta de autenticidad. Es distinto ser el eterno embajador de un partido nuevo o joven, a ser un político multicolor que aprovecha el espacio de participación que sea, en el que le abran la puerta. Si la vida en la política es de por sí mucho más efímera que la vida misma, es triste que, ante esta realidad perenne, haya quienes –con notoria falta de juicio– decidan reducir deliberadamente sus posibilidades de éxito político, a llamaradas de petate. Es, sin duda, una apuesta arriesgada y poco fructífera, las más de las veces, optar por cambiar el color de la camisa. 

El México que queremos en el futuro es uno de instituciones. Un país donde la estabilidad no provenga de lo ecuánime del temperamento de quienes nos gobiernan si no del consenso democrático que provenga de los organismos que nos representen. Es un viejo dilema político, si el Estado estaría mejor con el gobierno de un "Superhombre" o con el gobierno de sus leyes. La disputa está por demás superada, hay más estragos de prudencia en la decisión que surge de la deliberación de un grupo de representantes, que la que toma un solo hombre. No hay líder perfecto. No necesitamos un líder totalitario-emperador. Lo que necesitamos es un líder coordinador de líderes, que administre el talento y las capacidades de todos los mexicanos. Ojalá seleccionemos esa opción de institucionalidad en estas próximas elecciones porque en ella está la puerta del futuro que necesitamos.


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