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Poner a Dios en juicio


Tanto en nuestra piedad como en nuestro agnosticismo, a veces sometemos a Dios a juicio y cada vez que hacemos eso, somos nosotros quienes terminamos siendo juzgados. Vemos eso en los relatos de los Evangelios del juicio de Jesús, particularmente en el Evangelio de Juan.

El Evangelio de Juan, como sabemos, pinta un retrato de Jesús desde el punto de vista de su divinidad, no su humanidad. Por lo tanto, en el Evangelio de Juan, Jesús no tiene debilidades humanas en absoluto. Él es Dios desde la primera línea hasta la última línea del Evangelio. Esto es cierto hasta en el más mínimo detalle. Por ejemplo, en el Evangelio de Juan al alimentar a las multitudes, Jesús pregunta a sus discípulos cuántos panes y pescados tienen. Juan anota entre corchetes: “Él ya sabía”. No hay lagunas en una pantalla de radar divino.

Vemos esto más claramente en cómo Juan escribe la pasión y la muerte de Jesús. A diferencia de los otros Evangelios, en los que se muestra a Jesús temeroso y abatido ante su amargo destino, en el Evangelio de Juan, durante todo su peregrinaje por la pasión, Jesús no tiene miedo, tiene control absoluto, sereno, cargando su propia cruz, y es la antítesis de una víctima. En su lugar, a lo largo de todo el relato, Jesús es alguien que actúa libremente, por amor, y tiene un poder total sobre la situación.

Juan lo enfatiza con mucho ahínco: cuando vienen a arrestarlo, Jesús se pone de pie y todos los que lo apresan caen al suelo, de modo que, en contraste con los otros Evangelios, no es él quien está postrado en el suelo, sino más bien son los soldados romanos y la policía del templo los que están postrados, y en esa postración simbólicamente le hacen reverencia. Y el simbolismo continúa: Jesús es condenado a muerte al mediodía, a la hora exacta en que los sacerdotes comenzaron a masacrar a los corderos pascuales. Después de su muerte, es sepultado con una cantidad asombrosa de mirra y áloe, como solo se le habría conferido a un rey, y se lo coloca en una tumba “virgen” (tal como nació de un útero virgen). Juan deja en claro que es Dios con el que estamos lidiando.

Con esto en mente, es decir, que Jesús siempre fue divino y estaba a cargo, podremos entender más claramente lo que Juan está tratando de enseñar en su relato de la muerte de Jesús. En lo que más se enfoca Juan es en el juicio de Jesús. La mayor parte de su historia de la pasión se centra en el juicio y en los personajes principales en ese juicio. Con todo, su relato tiene este giro irónico: aparentemente Jesús está en juicio; sin embargo, en realidad, él es el único que no está siendo juzgado. Pilato está siendo juzgado, las autoridades religiosas están siendo juzgadas, la gente está siendo juzgada y nosotros, hoy, al leer la historia, estamos siendo juzgados. Todos están en juicio, excepto Jesús.

Pilato está siendo juzgado por varios motivos: sabe que Jesús es inocente, sin embargo, le falta el valor para enfrentarse a la multitud y, por lo tanto, permite que el inconstante y voluble frenesí de una multitud se salga con la suya. Él es juzgado por su debilidad. No obstante, también está siendo juzgado por su agnosticismo, a saber, su creencia (aunque sincera) de que podría tratar a la verdad y a la fe como realidades de las que él mismo podría alejarse, que podría evaluarlas desde una posición neutral, no comprometida, y de que estos eran problemas de otras personas, nada que ver con él. Así que él es juzgado por esto. Nadie puede preguntar fríamente: “¿Qué es la verdad?”, como si esa respuesta no le afectara. El juicio de Jesús encuentra a Poncio Pilato y a aquellos de nosotros como él, culpables –culpables de agnosticismo, de falta de participación, de indiferencia, lo cual en conclusión es deshonestidad. Irónicamente, la debilidad de Pilato al no rescatar a Jesús termina convirtiéndolo quizás en el gobernador y juez más famoso de la historia. Con su nombre en los credos cristianos, millones y millones de personas pronuncian su nombre todos los días.

Sin embargo, Pilato no es el único a prueba aquí; también lo son las autoridades religiosas de la época. En su esfuerzo por proteger a Dios de lo que ellos consideraban irreverencia, heterodoxia y blasfemia, también son cómplices en “matar” a Dios. El fallo que se hizo contra ellos en el juicio de Jesús es el fallo exacto que se está haciendo, hasta el día de hoy, sobre muchos en autoridad religiosa y eclesial, es decir, su fervorosa proclividad por proteger a Dios a menudo ayuda a crucificar a Dios en este mundo.

Por último, no menos importante, los contemporáneos de Jesús también están siendo juzgados y, con ellos, nosotros también. En la exaltación del momento, atrapados en la energía sin sentido y febril de una multitud, ellos abandonan su esperanza mesiánica por el lema del día: “¡Crucifícalo!”. Qué poco diferente de tantos lemas políticos y religiosos que vociferamos en reuniones políticas y de la iglesia hoy. El juicio de Jesús es un juicio muy severo sobre la inconsciencia, la volatilidad y los peligros de la energía de la multitud.

El ingenio de la narración de Juan sobre la muerte de Jesús es que muestra lo que ocurre cada vez que, a través de nuestro desacertado fervor religioso o mediante nuestro frío agnosticismo, sometemos a Dios a juicio. Somos nosotros quienes terminamos siendo juzgados.

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