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Hace tiempo fui a casa de una buena amiga a conocer a su bebita de seis meses. Como madre primeriza, me contó con todo el entusiasmo del mundo sus nuevas experiencias, sus descubrimientos sobre la maternidad y cómo había cambiado su concepto de ser madre e hija. A pesar de su cansancio ligeramente notorio, su rostro mostraba una expresión de total relajación hasta que llegó a hacerme una pregunta retórica que le cambió el semblante. ´´¿De seguro estás pensando que cuándo vuelvo a trabajar, verdad? Me voy a tomar unos meses para ser mamá de tiempo completo y no me importa lo que piensen de mí´´.

Se quedó en silencio, viéndome, como esperando mi respuesta, y ante aquella frase un tanto inesperada, sólo alcancé a decirle: ´´Muy bien´´, mientras le sonreía y seguía acariciando el piecito de la pequeña. La verdad es que ni siquiera me había pasado por la mente si ella iba a volver a su trabajo o no, pero el hecho de que estuviera a la defensiva y el tono de su ´´no me importa lo que piensen de mí´´ hizo que fuera inevitable pensar que en realidad sí le importaba.

Entonces empecé a detectar todas las veces que nos justificamos, intentamos quedar bien con el de enfrente, o expresamos nuestro escudo ilusorio de ´me vale´ para mostrar una supuesta seguridad y validación interior sobre nuestras decisiones.

´´Ya sé que debes pensar que estoy loco, pero pienso que lo mío es emprender, aunque implique no tener dinero seguro´´, me dijo un compañero de la universidad. ´´Me voy a salir del trabajo para estar con mis hijos, aunque todas las de la oficina me van a decir que qué tonta por desaprovechar esta oportunidad´´, me contó una amiga periodista. ´´Tengo una relación libre con mi pareja y si piensas mal de mí, es tu problema´´, me dijo una compañera empresaria.

¿Por qué creería que una persona está loca, es tonta o está mal por una decisión que tomó sobre su vida? ¿Por qué nos tenemos que justificar ante lo que hacemos o pensamos? ¿De verdad hay alguien que nos está cuestionando tan abiertamente que tenemos que hacerle ver el por qué decidimos tal o cual postura?

Como parte del club del ´´qué dirán´´, del cual intento cancelar la membresía desde hace muchos años, para quienes escuchamos desde la infancia el mantra diario ´´¿pero qué van a pensar los demás?´´, he de expresar que vivir en paz con una decisión basada en los propios intereses, sin recurrir a la supuesta aprobación de los demás, es posible al fortalecer el músculo de aceptación personal.

De acuerdo a Carl Rogers, psicólogo que incorporó el concepto de aceptación incondicional, la clave está en aprobarnos de manera absoluta, lo que inevitablemente nos hace la piel más gruesa ante los supuestos juicios ajenos.

´´Cuando te das cuenta que toda opinión es una visión cargada de historia personal, empezarás a comprender que todo juicio es una confesión´´, dice una frase anónima, demostrando que el de enfrente opina desde su propia experiencia; aunque en realidad, como diría Un Curso de Milagros, su juicio es el juicio que aún tenemos nosotros mismos hacia eso que estamos haciendo.

Es en ese momento cuando tu propia voz toma fuerza y comprendes que sólo necesitas aceptarlo tú, con todos sus matices y aristas, eliminando poco a poco todas las capas de dudas y juicios propios, para que las voces de juicio exterior que crees escuchar afuera se silencien (o disminuyan su volumen) y ahora sí, es cuando verdaderamente dejan de importar.


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