Populismo: última llamada


Pesa que los mismos problemas de siempre sigan irresueltos. Los políticos de este país han perdido –en su mayoría– la confianza de los ciudadanos. Ante esta realidad, en las pasadas elecciones los resultados, desde mi punto de vista, comunican un mensaje muy claro: la desesperación, la frustración y las injusticias son más grandes de lo que pensamos. Tiene una explicación que exista una preferencia tan abrumadora por el cambio más radical ofertado en la boleta electoral. Esto es una alarma clara de que hay cosas que marchan mal.

En primer lugar, no hemos conseguido como país que nuestras instituciones políticas y gubernamentales vuelvan a ser de la confianza de la gente: hay mucho egoísmo en el ejercicio de la función pública, y mucha más irresponsabilidad. Habrá buenos burócratas, pero también los hay muchos otros que se acercan a la autoridad únicamente para buscar la forma de beneficiarse; aún al margen de la ley. Esto inclinó el voto por una opción diferente. Podemos casi generalizar que a quienes hemos encomendado velar por el interés de todos, han traicionado el debido ejercicio de sus funciones.

Tenemos una culpa compartida con una serie de gobiernos que han reportado avances insuficientes, mientras se ventilan en los medios de comunicación escándalos relacionados con la impunidad de sus aliados y la corrupción de sus colaboradores cercanos. Vivimos en un país en el que, según el último estudio de Latinobarómetro, solamente 8% de los mexicanos piensa que se gobierna para el bien común. Los últimos resultados electorales son una clara consecuencia de esto. 

No creo que nos hemos equivocado de modelo económico, pero sí creo que pesa como un segundo factor, que hemos dejado crecer demasiado las externalidades que el sistema de forma natural produce. Es fácil advertir que existe un enojo generalizado con el estado actual de las cosas. Desde el punto de vista del ciudadano promedio, las reformas estructurales, que se han implementado para bien, permanecen como una abstracción incomprendida que no aportan nada a su vida. La administración actual tiene poco qué presumir.  Aunque en términos macro económicos vayamos encaminados a colocarnos como una de las diez economías más grandes del mundo, tenemos un claro desgarre del tejido social que no está medido por aquellas proyecciones de crecimiento. 

Si pensamos bien, tenemos la mesa puesta para el populismo. Hay un control exagerado y evidente de los medios de comunicación nacionales, que mantienen una estrecha dependencia con el poder político. A medida en que las fuentes de información se han democratizado, esto último se nota cada vez más. Existen varios casos de corrupción grave que no han sido atendidos; y, al menos uno, el de Odebrecht, es abierta y descaradamente evadido a pesar de que ha sido sancionado en toda América Latina, menos en Venezuela y en México. Han acontecido, a lo largo del sexenio, un sinnúmero de tragedias cuya verdad permanece oculta para la opinión popular. Sigue existiendo un alto índice de impunidad. El peso pierde valor frente al dólar, hay poca inversión productiva, las cosas suben de precio y los sueldos permanecen iguales o decrecen.

En las manos del nuevo gobierno una amplia mayoría de mexicanos han decidido poner su esperanza, sus frustraciones y sus preocupaciones. En este sexenio es crucial que haya un avance notorio en términos de justicia social, operado de forma responsable y prudente. Los partidos políticos y las instituciones de gobierno tienen una oportunidad dolorosa e indeseada, pero real, de someterse a un proceso de análisis, reflexión, depuración y renovación. De prolongar problemas sociales por un largo periodo, sigue el populismo. Si este último no funciona, a la falta de legitimidad de aquel último recurso político, sigue una crisis completa e indeseada que amenazará seriamente nuestra democracia. Tenemos que perseverar en dos cosas: resolver los temas pendientes desde siempre y lograr que nuestras instituciones vuelvan a generar confianza. La tarea ciudadana no acaba el día de la jornada electoral, trabajar, desde nuestras trincheras, en cualquiera de los dos anteriores propósitos, redituará, poco a poco, en acercarnos más al país que queremos.


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