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Como seres sociales, nos construimos a partir de la interacción con los demás; incluso permitimos que algunos contribuyan a formar cierta parte de nuestra identidad personal.

En el camino por reconocernos a través de otros, hemos aprendido a usar máscaras para interactuar mejor hasta que los vemos a ellos y descubrimos que es hora de dejar de luchar y que podemos quitarnos ese disfraz que nos permite sobrevivir. 

Aristóteles dijo que son una especie de virtud y lo más necesario para vivir, tanto que nadie elegiría vivir sin amigos, aun cuando tuviera todos los demás bienes; Cicerón menciona que solo es posible entre hombres buenos; Adam Smith describe la amistad como la muestra de generosidad ante el amor y gratitud; y C. S. Lewis dice que es el resultado de personas con gustos comunes. 

Por interés, por utilidad o por virtud es como se clasifica la amistad, según Aristóteles, y que se forma por razones no tan imprecisas como pensaríamos. 

¿O cómo sabes que tu amigo es tu amigo?

Es decir, ¿es posible para alguien identificar algún factor personal que determine cuándo alguien ha cruzado esa línea conceptual, algo así como el momento ¡Eureka! (o el ‘momento ajá’ para los creativos)? ¿O cuándo descubres que esa persona con la que sueles comer todos los días, o coincides en clase de yoga, o saludas todos los días en el parque, ha entrado a un nuevo nivel de acercamiento emocional?

Sin afán de intentar concentrar la autenticidad de la amistad en una especie de checklist, quizás el acercamiento no tiene un momento definido y la transición a la amistad verdadera se asemejaría 

al paso a la adultez, ese camino sutil en el que no existe un hecho exacto que determine que se ha cruzado al otro lado, hasta que simplemente te das cuenta de que lo estás.

Y lo que se podría entonces identificar es justo cuando ya estás allá, cuando los lazos se empiezan a fortalecer, cuando la conexión hace que sea inevitable procurarlo y acercarte cada vez más, o cuando estás listo para lo que la novela de El Principito llamaría ‘‘ser domesticado’’.

“Por favor, domestícame. Te sentarás al principio más bien lejos de mí, así, en la hierba. Yo te miraré de reojo y no dirás nada, cada día podrás sentarte un poco más cerca…”, le dijo el zorro al Principito cuando se conocieron.

¿Cómo saber que ya estás domesticado? “Cuando puede abrir el refrigerador de mi casa”, “cuando pueden pasar años y platicamos como si nos hubiéramos visto ayer”, “cuando puedo ser vulnerable con la confianza de no ser juzgado”, “cuando te conoce en tus malos ratos y te sigue procurando”, son algunas respuestas de domesticación que me regalaron algunos contactos en redes sociales al preguntarles, ¿cómo sabes que tu amigo es amigo?

Y es que en esta vida sentir una auténtica domesticación, como la que alcanzaron el Principito y el zorro, es de las mayores gratitudes que podemos experimentar y que nos hacen ser más humanos.  “No era más que un zorro, semejante a cien mil otros. Pero yo le hice mi amigo y ahora es el único en el mundo”.

Si quieres ver las respuestas que me regalaron niños, adolescentes y adultos sobre la amistad, entra a silenciodementa.com. 


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