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Por la boca, muere el pez


Sin duda, mucho de lo que somos se lo debemos al lenguaje. Montadas en palabras viajan las ideas y los sentimientos de una mente a otra. Hablando nos comprendemos y nos conocemos. Pero, hay veces que nos falla el freno de la lengua y hablamos de más, entonces, como bumerán, las palabras se nos regresan en forma de problemas. De este riesgo, la sabiduría popular nos advierte con refranes como: "en boca cerrada no entran moscas", "palabra que se suelta, no puede recogerse", "quien mucho habla, mucho yerra" y el otro famoso refrán "por la boca muere el pez".

Como este tema ya está muy cantado, voy a girarlo un poco para ver un ángulo que nos muestra que hay otras formas de morir por la boca. De nuestros padres, adoptamos la llamada lengua materna (para que vean las mujeres que no todo es discriminación). Aparte de palabras, también aprendemos a emitir ciertos sonidos (fonemas), y hay otros que no aprendemos. Por eso, cuando hablamos una lengua extranjera, por más bien que la estudiemos nunca la pronunciaremos como los hablantes nativos. Lo increíble es que esa incapacidad de pronunciar fonemas que no nos son naturales, le ha costado la vida a miles de seres humanos.

Para empezar, abramos la Biblia en el capítulo 12 de "El Libro de los Jueces". Ahí, se narra cómo es que perdieron la vida 42,000 hombres de la tribu de Efraín en manos de los galaaditas, por no poder pronunciar la palabra "Chibbolet" (en hebreo, "arroyo"). Textualmente dice:

"Y los galaaditas en tomaron los vados del Jordán a los de Efraín. Y aconteció que cuando los fugitivos de Efraín decían: ´Dejadme pasar´, los hombres de Galaad preguntaban: ´¿Eres tú efrateo?´ Y si respondía: ´No´, le decían: ´Ahora, pues, di Chibbolet´. Y él decía: ´sibbolet´ porque no podía pronunciarlo correctamente. Entonces le echaban mano y lo degollaban junto a los vados del Jordán. Y murieron entonces de los de Efraín cuarenta y dos mil".

No fue ésta, una anécdota aislada. La historia de "Sibbolet" se repitió en el año 1282.

Sicilia, isla mediterránea, era dominada por los franceses. En ese año, se produjo una revuelta popular conocida en la historia con el nombre de "Vísperas sicilianas", los isleños sublevados arremetieron contra los franceses y, cuando alguno decía no serlo, le hacían pronunciar la palabra "cicero" (garbanzo), y si pronunciaba "ciceró", con acento en la última sílaba, era señal indudable de su origen y entonces era pasado a cuchillo.

En tiempos más recientes, un hecho similar se vivió en Tokio durante el terremoto de 1923, al que siguió un gigantesco incendio que destruyó casi la tercera parte de la capital.

En una irracional reacción, los japoneses culparon a los coreanos de esta tragedia, matando a muchos de ellos. Si alguien negaba serlo, se le hacía pronunciar la frase jyugoen gojyussen (15 yen 50 sen; una cantidad de dinero) que los nativos de Corea no podían pronunciar y decían "chugo en kochussen". Así, de su boca salía su fatal sentencia. Aquel día... cerca de 6,000 coreanos fueron asesinados.

Sin duda, mucho de lo que somos se lo debemos a nuestra capacidad de hablar, pero, como ya vimos, esta misma cualidad conlleva riesgos mortales. Ante la humanidad inhumana, una mala pronunciación es otro argumento para darle validez al antiguo refrán "por la boca, muere el pez".


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