¿Qué será que en todo está?


En aquellos años, Matehuala era un pueblo en el que se podía ir a cualquier parte caminando, porque todo estaba cerca. En las visitas frecuentes a los abuelos, caminar por la calle Hidalgo era parte del paseo obligado. Ahí estaba la Vulcanizadora Nava que pertenecía a mi tío Manuel que, cuando se daba la ocasión, siempre amable respondía al saludo que yo le enviaba desde el otro lado de la calle.

Una mañana, al pasar por ahí, encontré a mi tío que con sus empleados hacían un receso en el trabajo y en animada conversación se batían en un duelo de adivinanzas. Aún recuerdo con claridad al tío diciendo: «Esta no me la van a adivinar, ahí les va: "¿Qué será que en todo está?"». Pues dicho y hecho, ninguno daba pie con bola.

Con lo que no contaba el tío era que yo recién me había graduado con honores en las clases de catecismo que nos daba Vicenta, una de las tantas beatas del pueblo. Así que de metiche, me apresuré a contestar: "¡Dios! Porque Dios está en el Cielo en la Tierra y en todo lugar". Mi entusiasmo se desvaneció cuando el tío replicó: "No Arturito, a poco Dios está en el infierno. Piénsale, ahí te lo dejo de tarea".

¡Qué manera de moverme el tapete! Mi mente infantil le daba la razón al tío ¿cómo iba a ser que Dios conviviera con el diablo? Pero, entonces porque me dijeron que Dios estaba en todo lugar. El conflicto era grande, así que era momento de recurrir a la fuente del saber y fui a preguntarle a Vicenta, que sólo pudo decirme: "Dios está en el Cielo en la Tierra y en todo lugar, así lo dice el catecismo y no andes pensando otras cosas porque es pecado". ¡En la madre! ¡Me salió peor! Aparte de la duda, me quedé con la preocupación de que me podía llevar el "chamuco".

Durante unos días mi cabeza se hizo un lío: "Y si Dios está también en el infierno, entonces quien manda ahí", "y si no está en el infierno, entonces no es cierto que está en todo lugar", "y si no es Dios... ¿qué será lo que en todo está?". De plano ya no aguanté y me apersoné con mi tío Manuel y le dije: "¡Me doy!".  Siempre amable, y esa vez creo que hasta compadecido, sin esperar más me dio la respuesta con la que mi carga de dudas se vio incrementada. Las dudas teológicas siguieron ahí, ahora acompañadas de novedosas dudas lingüísticas.

"¡El nombre!", esa era la respuesta del tío Manuel, que reforzaba diciendo: "Todo tiene nombre, por eso está en todas partes".  ¿Sería posible que todas las cosas tuvieran nombre? El sentido común me decía que debería haber muchas cosas desconocidas y por lo tanto no nombradas, pero al pensar en algunas de ellas siempre aparecían los nombres "comodín" para indicar que aquello era: "una chingaderita", "un cachivache", "una chinchuleta" y tantas otras palabras que nos hemos inventado para eso.

Pensar en el nombre de las cosas, muchos años después me llevaría a otra cuestión: ¿por qué las cosas se llaman como se llaman? Y heme aquí, aún atrapado por esta pregunta de respuesta infinita.

Mi tío Manuel ya no está con nosotros y la Vulcanizadora Nava tampoco existe. Pero está muy vivo el recuerdo de aquel momento en que conocí aquella adivinanza que de alguna forma marcó mi vida: ¿Qué será que en todo está?


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