Radames, Julio, Raúl, Eduardo y Juan Manuel


Los cuatro primeros nombres en el título de esta columna están en el panteón de regiomontanos ilustres, los primeros tres por su destacada participación en

competencias ciclistas y el cuarto como médico afamado. Los cinco tienen algo en común. ¿Qué comparten los cinco? Una larga, cuidadosa y fiel relación con sus bicicletas.

Respecto de esta relación, hoy quiero destacar la faceta de vida diaria del Dr. Eduardo Aguirre Pequeño, que visitaba a sus pacientes y hacía cosas de vida diaria, como ir a comprar huevo a una granja que existía por allá de San Agustín, en bicicleta.

Hoy nos parece una cosa medio pasada de moda, pero no siempre fue así, basta ver el blog de Fermín Téllez para descubrir una larga historia de gente elegante, cool, en buena forma física, de todas las clases sociales haciendo cosas de vida diaria en el "infernal" calor de Monterrey (https://bit.ly/2KNJtuA). Hipsters regiomontanos del pasado reciente.

No obstante, una buena parte de amigos, colegas y especialistas en temas de ciudad me dirán que eso es una historia pasada de moda, que hoy nadie quiere andar en bicicleta, que lo que necesitamos son más puentes, más pasos a desnivel y más autopistas urbanas. Y ni que hablar de lo que "dicen" los gobiernos locales en sus presupuestos: cero pesos para peatones y ciclistas.

Datos para rebatirlos hay, basta con decir que en 1995 el 2.7% de los viajes se hacían caminando o en bicicleta, en 2016 ese porcentaje es del 12 por ciento.

Pero no creo que sirva de mucho, los ciclistas y peatones son invisibles para autoridades y conductores. No son sujetos de derechos y tampoco son objeto de protección.

Aquí en Monterrey no se puede aspirar a ser un "pueblo bicicletero", eso es una ofensa al progreso, un signo de atraso, andar a pie o en bicicleta es para gente

pobre, sin educación y sin aspiraciones. En el imaginario del regiomontano, lo que la gente pobre tiene que hacer es superarse, trabajar muy duro y comprarse un carro, exigir gasolinas baratas y más pasos a desnivel. Si no lo hacen es porque no quieren.

Pero lo peor es cuando, después de un accidente en donde muere un peatón o un ciclista, escucho expertos y funcionarios de alto nivel decir: es que no hay cultura, si saben que no hay espacios para andar en bicicleta para qué salen, lo hacen bajo su propio riesgo, cómo es posible que crucen ahí. El clímax del absurdo: quitarle la bicicleta a los ciclistas e imponerle pagos superiores al valor de la bicicleta para rescatarla cuando no se les provee de lo más básico para hacerlo; dicho de otro modo: no te proporciono lo más básico y si tú lo buscas, te castigo.

Todos esos enfoques son discriminatorios, clasistas e inhumanos. Funcionarios públicos y especialistas se olvidan que el 12% de los viajes se hacen caminando o en bicicleta (1.25 millones de viajes por día), de 1997 a 2016 han muerto cuando menos 172 ciclistas y que, además de las personas que se mueven en bicicleta por gusto, hay casi 60,000 hogares en donde la bicicleta es un medio de trabajo.

Cuando menos, 126,000 viajes todos los días de albañiles, carpinteros, plomeros, jardineros, vendedores de fruta, flores y verduras.

Pero, sobre todo, se olvidan de que se trata de personas y que sólo por esa condición merecen respeto, protección y seguridad. No son más ni son menos, son tan regiomontanos como tú y como yo.

Juan Manuel, el último en el título de esta columna, no está en el panteón de los regiomontanos ilustres, pero debería. Debería porque se rifaba la vida todos los días, utilizaba los espacios residuales de la Ecovía para ir al trabajo en bicicleta por una sencilla razón: Ecovía 40 minutos, en bicicleta 20 minutos. También porque comparte con Radames, otro que se la rifaba todos los días, un absurdo de lo que identificamos como "progreso": un auto lo mató.

Y si me apuran tantito tendríamos un panteón repleto, si no vayan y vean Bicicleta Blanca en https://bit.ly/2tetOkg.


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