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Le tengo que confesar, estimado lector, que casi aplaudo, aunque interiormente sí lo hice, cuando el cónclave de cardenales que seleccionó a Juan Pablo II comentó: "No queremos un papa joven; tiene que ser mayor de 65 años". Imagínese que las empresas y las universidades dijeran: queremos un director general, un rector que no sea joven, que tenga muchos conocimientos y sabiduría de cómo dirigir, hacer crecer y multiplicar nuestra organización. Por lo tanto, nuestro nuevo director-rector debe de ser mayor de 65 años.

Todos los muchachos y muchachas de mi edad, y aun mayores, recibimos en este mensaje del cónclave un extraordinario mensaje de aliento que nos ayuda a no pensar que ya nuestro camino terminó, a no pensar en la jubilación, en retirarnos a descansar, pero sí en la necesidad de buscar nuevas cimas que conquistar. Este mensaje se ratificó cuando seleccionaron al nuevo papa que sustituyó a Juan Pablo II, de 78 años; imagínese usted una persona varios años mayor que yo, que aceptó el reto de dirigir una de las organizaciones más grandes y más importantes de nuestro mundo.

¿Lo nombraron por viejo, porque querían deshacerse de él? Claro que no. Me imagino que lo nombraron porque pensaron que era la mejor persona para dirigir los destinos de la Iglesia Católica; me imagino que le tienen confianza, que lo aprecian, que saben que sabe, y que sabe hacer mucho con lo que sabe sin importar su edad.

Esto trajo a mi mente lo que pensaban los antiguos habitantes de nuestro país al darles el nombramiento de tlamatini a las personas adultas de su comunidad. Me encantó la descripción que Miguel León Portilla en su libro Los Antiguos Mexicanos sobre el tlamatini náhuatl: "El sabio: una luz, una tea, una gruesa tea que no ahúma. Él mismo es escritura y sabiduría. Es camino, guía veraz para otros. Conduce a las personas y a las cosas, es guía de los negocios humanos... Suya es la sabiduría transmitida, él es quien la enseña, sigue la verdad, no deja de amonestar. Hace sabios los rostros ajenos, hace a los otros tomar una cara, los hace desarrollarla. Les abre los oídos, los ilumina. Es maestro de guías, les da su camino... Cualquiera es confortado por él, es corregido, es enseñado. Gracias a él la gente humaniza su querer y recibe una estricta enseñanza. Conforta el corazón, conforta a la gente, ayuda, remedia, a todos cura".

Como ve, estimado lector, es una excelente descripción de un maestro y de un guía. Sin embargo, veo que esta filosofía relacionada con la gente mayor no es algo que sea parte de la cultura de las organizaciones mexicanas, incluidas también las universidades y nuestro sistema educativo en general. A los 60 años, a lo más a los 65 años, se considera que las personas ya no somos útiles, que ya no somos tan productivas, que no somos sabios, que no vale la pena aprender de nosotros, que es necesario buscar la manera de prejubilarnos o jubilarnos anticipadamente.

¿Es justo, es ético, es moral, es cristiano hacerlo así? Yo creo que no. He visto que ante el supuesto reto de la productividad, de la globalización, de las aperturas comerciales, el respeto a las personas se ha disminuido de una manera significativa. Intuyo que lo hacen pensando en sustituir a los empleados de mayor edad con jóvenes supuestamente más preparados, sobre todo en las nuevas técnicas administrativas, en los nuevos sistemas de información y comunicación, y que están dispuestos a trabajar casi día y noche por un sueldo menor al que tienen o tenían sus colegas de mayor edad.

Por eso el shampoo de cariño implicito a las personas mayores que nos mandó el concilio vaticano en la elección del papa Juan Pablo II, del papa Benedicto XVI y del actual papa Francisco, nos debe de hacer reflexionar a todos sobre la importancia de respetar, valorar a las personas adultas mayores que hacen o hicieron la diferencia en nuestras familias y en nuestra comunidad.

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