´Recuerda, no eres Dios´


· A los gobernantes les faltan "discordantes" 

· Y a los empresarios, también

· El poder no resiste el óxido del tiempo

Por Plácido Garza.

Hasta ahora no se sabe que tuvieran un nombre o título dentro de las cortes romanas. Su única tarea era susurrar al oído del emperador, tantas veces como fuera necesario: "recuerda, no eres Dios".

Así, su trabajo consistía en hacerle sentir al César, que su inmenso poder –aunque emanado de los dioses– no le quitaba para nada su mortalidad.

Eran los únicos que le decían al monarca las verdades; que le llevaban la contra, porque rodeado de ujieres, lacayos e incondicionales que todo le celebraban, hacía falta quién discrepara y entonces, para fines prácticos, esos romanos que susurraban al oído imperial, eran los "discordantes", los que rompen el ilusorio remanso ambiental cada vez que entran en acción.

En la Roma ancestral, el poder absoluto, además de corromper, elevaba a los emperadores de tal forma, que llegaban a creerse dioses. Por más "baños de pueblo" que se daban, eran inalcanzables para los humildes mortales que eran esquilmados por los primeros impuestos institucionales que registra la historia de la humanidad. Les llamaban "tributos", pero eran lo mismo.

Una de las prácticas del César era bajar desde palacio a la calle para mezclarse entre sus súbditos y que éstos lo sintieran "cerca", pero apenas volvía a los aposentos reales, sus ayas le sumergían en las termas romanas para despojarlo de cualquier mácula que se le hubiera pegado durante sus travesías por el mundo terrenal.

Lo que ocurre más de 2,000 años después, en seguida les platico:

Una propuesta con talento y talante, ésos que de repente hacen falta a los que rodean al gobernante en turno, nació de una idea. Su creador la desarrolló; la volvió método. La documentó, y fue capaz de "montar en rieles", la "locomotora" que su mente concibió.

Con esa idea vuelta propuesta, consultó a los más acreditados expertos en el tema. Todos, sin excepción, lo animaron a seguir adelante. Incluso algunos se ofrecieron como socios del proyecto.

Uno de esos especialistas, con más mundo en sus espaldas que los años que portaba, le hizo esta advertencia: "ten cuidado de escoger muy bien a quién le vas a presentar tu propuesta, porque si no se la muestras al funcionario indicado, alguien puede sentir que tu trabajo lo va a descobijar ante sus jefes, y hasta ahí vas a llegar".

Se trataba de un plan bien aterrizado. Muchos de los problemas y la mala imagen que aquejaban al gobernante en turno, podrían revertirse desde el momento mismo en que comenzaran los trabajos.

El tiempo pasaba y aunque las puertas que tocaba se le abrían, su propuesta no llegaba a las manos que él quería.

Mientras tanto, las percepciones negativas del gobernante iban en aumento. "Si tan solo lograra que le echara un vistazo, se engancharía a la primera", pensaba, administrando impaciente su impotencia.

Un muro infranqueable se tendía alrededor de aquel gobernante. "Cada vez que bajaba desde palacio a la calle para mezclarse entre sus súbditos", cuanto papel caía en sus manos éste iba a parar a las manos de sus segundos –o terceros o cuartos– quienes con ese nivel de criterio decidían la suerte de lo que la gente quería decirle... o proponerle.

Nueve meses pasaron ya desde el primer intento, y la idea vuelta proyecto, avalada por expertos internacionales en el tema, sigue en punto muerto, mientras que el cliente y usuario final sigue enfrascado en un berenjenal de problemas, que podrían encontrar la hebra de su solución en una propuesta como ésa.

Uno solo de los "discordantes" que susurraban al oído de los emperadores romanos, le sería de gran utilidad al gobernante de quien les platico.

Uno solo, que además de repetirle "tantas veces como fuera necesario" la frase de hace más de 2,000 años, le explicara que el poder no resiste el óxido del tiempo, tal como uno de los senadores romanos le respondió a Calígula, cuando éste le preguntó: "¿qué se siente, dime, qué se siente"?, mientras el tribuno del emperador agonizaba desangrado en la terma romana, después de cortarse las venas.  

Uno solo, que no le tenga miedo al  "balconeo" si le muestra a su jefe una solución, que por venir de un externo, no tiene la inefable "ceguera de taller" que a veces se padece desde adentro.

Entonces, lo que se ocupa es un "discordante" que le ayude al gobernante a pensar y actuar "fuera de la caja". A pensar y actuar en forma "disruptiva".

CAJÓN DE SASTRE:

"¿A poco esto nada más ocurre en el gobierno? ¿A poco en las empresas no existen jefes, gerentes o directores que se sienten amenazados en su chamba, cuando un consultor externo les propone una solución que ellos no han puesto en práctica? ¿Dónde están las cabezas de esas empresas y de esos gobiernos para evitar que sucedan estas cosas?", se pregunta mordaz e irónica mi Gaby.

Y citando a Bob Dylan, nuestro amado Nobel de Literatura, ella misma se responde: "the answer is blowing in the wind".

placido.garza@gmail.com

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