Resucitar del dolor


“Quien huye de la Cruz, escapa de la Resurrección”, Papa Francisco. 

¡Y yo que he huido del misterio de la Cruz tantas veces! Cuando visito las iglesias mexicanas de estilo barroco, desvío la mirada de la imagen de Cristo agonizante colgado sobre el altar. No. No me gusta enfrentarme a Sus ojos agotados, a Su cuerpo flagelado, a Su cabeza rendida, escondida entre Su cabello que cae lo mismo que la sangre de Sus heridas. ¿Es ése nuestro destino también? Sufrir, me refiero, para salvarnos. 

Conozco el final de la historia, pero aún la alegría de la Resurrección me deja sabor de culpa. ¿Es necesario ese dolor para salvarme? Durante las Cuaresmas de mi infancia, la tristeza que sentía al recordar la Pasión de Cristo se mezclaba con la alegría de la convivencia en la playa. Huí de la Cruz, pero la duda no es enemiga de la fe. Sé que existe un significado, una verdad oculta en el misterio de la Cruz, pero ¿cómo conectarme con ese significado?

Un maestro paseaba con su discípulo cuando encontraron una casita muy pobre en donde vivía una familia, narra un cuento de Lao-Tsé. Los hijos vestían ropa rasgada, todos estaban descalzos. Entonces, el maestro le pregunto al padre de familia que cómo sobrevivían en un lugar tan alejado de las posibilidades de trabajo. “Amigo mío”, contestó el padre, “tenemos una vaquita que da varios litros de leche al día, la intercambiamos por víveres en el pueblo o hacemos quesos y yogurt, con eso nos alimentamos”. Ya en el camino, el maestro le dice al discípulo: en la noche, ve por la vaquita y tírala por el precipicio. El discípulo obedeció sin comprender, pero pasado el tiempo, la culpa lo hizo regresar al lugar donde vivía la familia.  Se encontró con una casa de piedra, niños bien vestidos y alegres. ¿Qué pasó?, pregunta el discípulo al padre de familia. “Se nos murió la vaquita y tuvimos que hacer diferente”. 

La ciencia de la tanatología llamaría a esta vaquita una pérdida, que actúa como una de muchas pequeñas muertes durante la vida. En el tiempo, todos las tenemos, quedar sin trabajo, un divorcio, un amigo que adelanta su camino al cielo, los hijos que se independizan para formar sus familias, un bebé luchando por sobrevivir, o simplemente la pérdida de la juventud, de la salud, de la energía o de los sueños. Al principio, parece que dejamos ir la vida con ellas, duele, como esa vaquita que cae al precipicio. El sufrimiento puede estancarse, ya está; pero puede también iniciar un proceso de transformación haciendo duelo a la vida vieja y una adaptación, a la nueva. 

Ronald Rolheiser lo explica en su libro En Busca de Espiritualidad: lineamientos para una espiritualidad cristiana del siglo XXI (2003). Dice que existe una “necesidad de transformación que el sufrimiento reclama”. El dolor es entonces un detonador de cambio porque hay una muerte terminal que pone fin a la vida y a toda posibilidad, pero hay otra muerte, la de la Cruz, la Pascual que da fin a un tipo de vida, pero abre las posibilidades de otra, una más rica, más profunda. Si dejo ir lo que está muerto, la Cruz tiene significado de resurrección porque “el misterio pascual es el misterio de cómo nosotros, después de haber atravesado por alguna especie de muerte, recibimos una vida nueva y un espíritu nuevo” continua el teólogo.

La industria de la felicidad convierte cualquier producto en objeto de felicidad, nos entrena a vivir la alegría de tener o de experimentar, pero poco enseña de cómo enfrentar el sufrimiento. Esta mercadotecnia nos anima al bienestar y al placer, tal vez por eso huimos de la Cruz, porque una vida feliz es, claro, una vida sin sufrimiento. Y entonces llega la Cuaresma y la Pascua mostrando el dolor que transforma. Cuando aceptamos nuestros sentimientos, cuando nos damos permiso de experimentar las emociones dolorosas de las pérdidas, estamos abiertos a recibir las emociones positivas de la Pascua. Para resucitar del dolor, primero habría que enfrentarlo.

Twitter: @Lucy_dellaguno

lucy@humanae.mx


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