Reza por mí un "sunicuijo"


Pasó hace ya muchos años, cuando mis ocupaciones eran otras. Después de visitar a unos clientes, regresé a mi oficina y la secretaria me tenía un recado: "Le acaba de hablar una muchacha, que si se puede comunicar con ella, que le urge, dijo que usted ya tiene su teléfono. No me dijo su apellido, pero se llama Suija". 

"¿Suija?, debe ser una broma", contesté, "no conozco a ninguna Suija y, es más, jamás había oído nombre tan feo". Olvidado el asunto, esa noche llegué a casa y me esperaba un reclamo: "Papá, ¿por qué no me llamaste?, te dejé el recado de que me urgía...". Hasta entonces me cayó el veinte de quién era esa misteriosa "su hija".

La anécdota viene a cuento porque tiene cierta similitud con una historia antigua de la que voy a darles santo y seña. 

Hurgando en Refranes, proverbios, dichos y dicharachos mexicanos, que Darío Rubio publicó en 1940, encontré uno que hubiera pasado por simpático, de no ser por la historia de muerte a la que está ligado. Dice así: «Ora que vas a la iglesia, reza por mí un sunicuijo». Nos cuenta Don Darío, que este decir se oía en los tiempos en que muchas vidas se perdieron en los paredones de fusilamiento. Cuando al sentenciado le llegaba su hora, a veces tenía la suerte de que, piadosamente, se le dejaba oír su última misa y era asistido espiritualmente por un sacerdote que lo acompañaba en sus últimos momentos.

Ya en el lugar de la ejecución, con prudencia, el clérigo se retiraba a un lugar seguro y desde ahí rezaba un credo, la última oración que escucharía el ajusticiado. A la usanza antigua, este rezo empezaba: «Creo en Dios Padre, Todopoderoso, creador del cielo y de la Tierra, y en Jesucristo, su único Hijo... ». Y ya no decía más. Ahí le paraba porque al llegar a "su único Hijo", sonaba la voz que daba la orden de ¡Fuego! Y el desdichado terminaba su vida al pie del paredón.

Para los familiares de los ajusticiados, que no tenían tiempo ni ganas para hacer un análisis léxico del credo, lo único que permanecía en su memoria era esa última frase que en sus oídos sonaba: "sunicuijo". De ahí quedó que esta palabra se convirtiera en nombre popular para esta oración y dio lugar al dicho mexicano recogido por Darío Rubio: «Ora que vas a la iglesia, reza por mí un sunicuijo». 

Es curioso que este detalle lingüístico no sólo se diera en México, también de Sudamérica tenemos noticias. En sus Tradiciones Peruanas, Ricardo Palma nos cuenta que en su país se oyeron expresiones como: «Te clavo tal puñalada que no llegas al sunicuijo», evidente forma de intimidar al oponente haciéndole ver su riesgo de enfrentar una muerte súbita. También, cuando alguien afrontaba la pena capital, por la misma circunstancia se oía decir: «Le llegó la del sunicuijo». Una clara alusión a que, el Credo, era la oración con la que se daba consuelo a los moribundos.

No sé si esto del "sunicuijo" influyó, pero al paso de los años, la Iglesia cambió el texto del Credo y, en donde antes decía "Su único Hijo", ahora se dice "Hijo único de Dios". Así, el "sunicuijo" ha quedado sepultado en el pantano de la memoria.

Volver arriba