Samuel RodríguezMonterrey
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Rufino Tamayo o la mirada imposible


La presencia en nuestra ciudad de la exposición “El éxtasis del color” de Rufino Tamayo, me deja una convicción que en su tiempo también apreciaron los románticos alemanes: el arte no puede ser absorbido por la razón, mucho menos por la moral.

Estar ante la lucidez expresiva de un pintor como Tamayo provoca una relación profunda con las fuerzas  que pueblan la existencia. La obra del artista puede entenderse como una doble erupción: la primera, en la potencia con la que lanza el contenido de su obra en donde el color y la forma sólo pasan por la mirada del espectador; su viaje verdadero es hacia la nada. La segunda, en el interior de quien lo admira. Simultáneamente, su genio radica en que consigue generar una complicidad de ideas tan únicas como incontenibles, mientras crea un universo salvaje y preciso. 

Tamayo utiliza composiciones muy firmes, rigurosas, planeadas en la seguridad de las matemáticas; su obra, contrariamente a lo que parece en un primer momento, se fundamenta no en lo desmesurado, sino en la exactitud de la geometría, de la razón. Este soporte, sin embargo, no puede contener el ímpetu de aquello telúrico que habita por debajo y por encima de la realidad y que Tamayo representa haciendo uso de algunos elementos de la estética prehispánica e incluso prehistórica; su obra entonces se despliega en una poderosa tensión que es capaz de arrancar del espectador emociones que permanecían dormidas en su interior. Así, la obra se revela a través de una insurrección colorista que logra atrapar los conflictos profundos de la existencia en una estela de misterios que nos envuelve como una niebla milenaria, poderosa y fantasmal. Al mismo tiempo, el pintor se da a la tarea de lanzar una fina pregunta por el yo, que se intuye en sus lienzos como historia en movimiento, como máscara y revelación, dinámica y ebriedad. 

La pintura de Rufino Tamayo anula el tiempo, puebla un continuo presente en donde el arte alcanza a fugarse de sus captores, lo cual se observa en la utilización abrasiva del color y en el despliegue de figuras que se apuntalan en estéticas alucinantes que terminan por colocar en una encrucijada a los soportes compositivos, la parte matemática de la obra, los cuales se ven trascendidos por el vendaval del genio del artista. Al final, esto abre espacios privilegiados para la aparición de la libertad de creación, que se resiste fieramente a ser acotada por los dispositivos culturales que la circundan como la razón misma, la moral, la fe o las costumbres. 

El genio del pintor oaxaqueño ha hablado, su obra se incrusta en la memoria, hiriéndola; su pintura palpita en un lago de colores asombrosos, la mirada imposible del artista rueda poderosamente por la pendiente del mundo generando revoluciones en quien la observa. La libertad empieza entonces a sobrevolar verdaderamente los sueños del espectador.

samuelr77@gmail.com


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