IrreverenteMonterrey
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Coloquemos un ladrillo hoy encima de otro que pusimos ayer

Se insultan públicamente, y comen juntos en privado

Y quienes nos la vivimos en el cerro, ¿qué código postal tenemos, eh?

De ´senderos luminosos´ y otra vez, de ´inteligencia´

Y el mejor librado del PRI resultó ser su candidato

Sopa de sapo es la del día

¿Para qué le dices al enemigo por dónde le vas a pegar?

Sácale a la vida miel, no hiel


No hay de otra: unámonos en torno a lo bello del momento

Lo que me toca tener, lo agradezco y disfruto plácidamente. A lo mejor por eso me pusieron el nombre que llevo. Mi Gaby se llama Gabriela por otras razones, pero no le hace, también ella agradece y goza todo lo que la vida le da. 

Anoche que salimos de "La Querencia" de Gustavo y Carmen, después de un inusitado e insólito segundo concierto al hilo, se nos vino encima la belleza de una Sierra Madre plateadamente iluminada por la Luna, y lo primero que hicimos fue darle gracias al Dios de Spinoza por hacernos parte de su creciente legión de súbditos, esos que lo encontramos a Él en las montañas, en las cumbres, los abismos, bosques, ríos, lagos, en las playas, más que en cualquier otro lugar de encierro. 

Entonces, en esta esquina, los que no perdemos la capacidad de asombro, los que todo agradecemos, de todo nos vanagloriamos, los que procuramos no criticar ni quejarnos y vemos la vida como un regalo, porque es la única que tenemos.

Los que tratamos de sacarle al momento miel, no hiel como los de la otra esquina, que son lamento, reclamo, juicios, descalificación, desprecio, clasismo, discriminación, censura, crítica y quejumbre personificados.

Si al mago sueco Ingmar Bergman lo hubiera alcanzado la vida antes que la muerte, seguro que habría filmado "Quejidos y lamentos", y de la mano de Enrique Javier, José Luis y Damián, la exhibiría en la Cineteca de San Pedro, para que la vieran todos los códigos postales del universo y dedicada a quienes hasta en el día viven de noche.

Eso, la vida está tan llena de luz que no hay margen para el drama. Por eso le sacamos la vuelta y nos le hacemos a un lado a quien de todo se queja, y por todo también se quiere morir. Quizá no haya una expresión más autodestructiva que esa, por el resabio que encierra contra la fortuna de estar vivos.

Imagínense, hay quién dice que se quiere morir –por favor, agarren aire– porque llegó tarde al cine, porque se le cerró la puerta o se le abrió, porque se le metieron en la fila, porque el mundo no cambia al tono de ellos, porque el calor y la lluvia le enchinaron el pelo, porque hay mole y se puso camisa blanca, porque se le cayó un botón o el zipper no le cierra, porque los de adelante hablan en la función, porque le rebotaron la tarjeta, porque se le acabó el saldo al celular, porque no sabe qué ponerse hoy y nada le queda, porque amaneció nublado, porque amaneció con Sol, porque hace frío o hace calor, porque se perdió por ir bobeando, porque le ganaron el estacionamiento, porque los bancos no abren los sábados y a ver ¿por qué sí en Canadá?, porque se dio un madrazo en el dedo chiquito, porque le duele la cabeza y a ver ¿por qué a ti no?, porque el mesero se tardó en traer la cuenta, porque "El Bronco" no se va, porque ese se ríe y ¿de qué? si ni hay razón, porque la méndiga canícula ya acabó y sigue el calorón, porque le dicen "no me entiendes" y ya van cien,  porque le calcularon bien la edad, porque le calcularon mal su estado civil, porque cerraron y estaba por llegar, porque le dieron sin pedirlo precio de la tercera edad, porque el bato la citó en la Alameda, porque se puso pa´que lo vieran y nadie lo peló, porque habla inglés y nadie le entendió, porque antes sabía y ya se le olvidó, porque los dos carriles se hicieron uno, porque se le corrió la media, aunque es verdad, ya ni medias usan las damas de hoy en día. 

No hay mejor antídoto para este mal –el de querer morirse por esos todos que son todos nadas– que pegársele a los regalos que la vida nos da.

Como los amaneceres y atardeceres sinfónicos que la canícula que se resiste a irse nos regala en estos días.

Como la montaña, que antes de subirla nos pide una oración para dejarnos subir y bajar con bien y a salvo. 

O los amigos que se acuerdan de uno porque es el día de los zurdos, aunque éste sea uno de los más absurdos festejos del calendario. 

O sentirse afortunado de estar en la tercera fila y a la izquierda para verle las manos al pianista ruso tocando la extasiante "Pictures at an exhibition", de Músorgski.

O abrazar al ser amado y ser por él bien abrazado, aunque hayan pasado tantas leguas de tiempo por los lados. O tomarle la mano y de la misma ser tomado, sin más motivo que un deseo atemperado.

Hay tantísima luz a nuestro alrededor, que uno debe percibirla incluso en la oscuridad. No hay de otra, tenemos qué desarrollar ahora –nunca es tarde– el gen de la luz para transmitirlo casi por ósmosis a nuestros descendientes y a aquéllos con quienes nos rosamos día a día, física y virtualmente.

CAJÓN DE SASTRE.

"Y tú, ¿en cuál esquina estás?", pregunta al aire mi Gaby, mordaz, irónica e irreverente como es ella. 

placido.garza@gmail.com

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