"¡Salvemos la familia!"


El evangelio de San Lucas y la primera carta de San Juan nos hablan del concepto "familia de Dios": Dios Padre, el Hijo de Dios, y los hombres hechos hijos de Dios por la fe. En el libro de Samuel del antiguo testamento se habla de la familia de Ana, podemos apreciar semejanzas, diferencias y un cierto paralelismo con la de María. A Ana y María, Dios les concede un hijo de un modo singular: el profeta Samuel a Ana, Jesús de Nazaret a María. Vemos cómo el concepto familia desde siempre está definido y claro, sin entrar en demasiados detalles y polémicas, Dios nos pide salvar no sólo el concepto sino la institución familiar, reflejo del amor y la unidad misma de Dios. "¡Salvemos la familia!".

1. La familia de Dios. La revelación nos habla de Dios como Padre, de Jesucristo como Hijo natural de Dios y de los cristianos como hijos adoptivos de Dios. Los rasgos más hermosos y plenos del padre y de la madre: su amor generoso, desinteresado, su capacidad de donación, su fecundidad, su dedicación a los hijos, su deseo ardiente de que crezcan sanos y sean felices, éstos y otros rasgos se hallan en Dios. Igualmente brillan en el Hijo de Dios el cariño y la obediencia filial, el agradecimiento, el querer y buscar lo que le agrada al Padre, la intimidad y la absoluta confianza con el Padre. El cristiano es hijo en el Hijo, y por ello, el Padre sólo reconoce como hijos aquellos que han encarnado los mismos rasgos filiales de Jesucristo, su Hijo. San Juan ante esta realidad de la familia divina exclama: "Miren qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos!". Y en el evangelio, Jesús, al ser encontrado en el templo después de tres largos días de búsqueda por parte de sus padres, les dice: "¿No sabíais que yo debía estar en las cosas de mi Padre?". Es importante contemplar la familia de Dios porque es el modelo de la familia humana. Que el modelo de unidad y amor de Dios nos lleve a gritar: "¡Salvemos la familia!".

2. La familia de Ana y María. ¡Dos familias de las que nos habla la Biblia! Una, la de Ana, pertenece al Antiguo Testamento, la otra, la de María al Nuevo. Ambas familias: Elcaná y Ana, José y María, eran justos a los ojos de Dios. Ana estaba casada y no podía tener hijos por ser estéril; María estaba prometida a José y era virgen. Ana pide a Yahvéh que le conceda un hijo, María le pide que se haga en todo su voluntad. Dios escucha la oración de Ana, haciendo fecundo su seno; Dios cumple su voluntad con María, haciéndola madre sin dejar de ser virgen. Samuel, hijo de Ana, ocupa un puesto relevante en la historia de la salvación; Jesús, hijo de María, es la plenitud de la revelación. Elcaná es el padre natural de Samuel, José es sólo el padre legal de Jesús. Samuel, a los tres años, fue llevado al santuario de Silo, ante Yahvéh y consagrado a él para toda la vida. Jesús fue consagrado a Yahvéh a los cuarenta días de su nacimiento, y vivió treinta años con sus padres en Nazaret. Samuel vivió al servicio de Yahvéh en el santuario; Jesús, a los doce años, se quedó en el templo sin saberlo sus padres, dejó estupefactos a los maestros por su inteligencia y sus respuestas, y a María y José les respondió con una pregunta enigmática: "¿Por qué me buscaban?, ¿No sabían que debía ocuparme de las cosas de mi Padre?". De la relación de Samuel con sus padres el libro sagrado no nos dice nada más; Jesús, sin embargo, vivió en Nazaret con sus padres hasta los treinta años, en actitud de obediencia filial. En los dos casos, se pone en evidencia un elemento común: Tanto en la familia de Ana como en la de María, Dios cuenta y se cuenta con Dios. Las condiciones culturales y sociológicas de la familia pueden cambiar enormemente, pero el que Dios cuente y el que se cuente con Dios constituye un aspecto esencial de toda familia, en cualquier condición cultural, política o sociológica, aspecto muy lastimado en nuestros días. "¡Salvemos la familia!".

3. Ser y hacer familia. Ante todo, ser familia. Construir día tras día, ladrillo tras ladrillo, el edificio familiar. La familia se construye con la colaboración de todos sus miembros, y cumpliendo cada uno sus propias funciones de padre, madre e hijos. Si las funciones o roles se trasponen o tergiversan, no se construye la familia. Por ejemplo, si los padres son los que obedecen los caprichos del hijo o de los hijos, o si los hijos sufren no pocas veces los caprichos de los padres: divorcio, infidelidades, ausencias, amantes, etc... El edificio de la familia no se acaba nunca de construir, es una tarea de toda la vida. Es una tarea que exige el sacrificio de unos y otros: esposos, padres, hijos, para hacerse mutuamente todos felices. "¡Salvemos la familia!".

4. ¡Salvemos la familia! Que la familia está siendo atacada por muchas partes, resulta algo obvio. Que hasta ahora la institución familiar, aunque muchos hayan caído en la batalla, ha resistido bien los ataques, también es verdad. La voz unánime de la Iglesia católica, desde siempre, pero más intensa a partir del siglo XX, de salvar la familia para salvar la sociedad y al hombre, es una voz profética y llena de sabiduría, que hay que escuchar. La Iglesia y todos los hombres rectos y justos, tienen que elevar su voz muy alto para gritar: "¡Salvemos la familia!". Hay que salvarla del lenguaje equívoco que por todas partes la acecha. Hay que salvarla de todos los virus que la destruyen: divorcio, infidelidad, mentalidad hedonista, individualismo egoísta. Hay que salvarla promoviendo el sentido de familia, valorando la riqueza humana y espiritual de la familia. Hay que salvarla formando a los jóvenes en el amor, en la responsabilidad, en la entrega y capacidad de donación. Hay que salvarla, ofreciendo diversos modelos de auténtica familia. Cada uno tiene su parte en esta gran tarea de salvar la familia. "¡Salvemos la familia!".

Santa María Inmaculada, de la Dulce Espera, Ruega por nosotros.


Volver arriba